La clase obrera va al paraíso


Yo había oído hablar de ella. En su momento fue una peli impactante, ganó numerosos premios y se vio en todo el mundo. Salvo en España, claro.

El descenso (en clave irónica y no poco cínica) al infierno de la producción en cadena (cincuenta años después del de Chaplin en ‘Tiempos modernos’) me aguardaba en les Grands Agustins.

Fue Hélène la que me recibió con tan delirante propuesta -ir a ver ‘La clase obrera va al paraíso’ en les Grands Agustins- después de uno de los días más largos y complejos de mi vida. Tanto es así que la dura jornada no había acabado con la proclama mitinera que ustedes ya conocen. No, señor. Para rematar tan intenso día faltaba la guinda, que me dejó para nada. Así que llegué a casa con la boca seca y un ataque de ansiedad. Y es que al salir por la tarde de la blanchisserie, ya enfilando la calle embarrada que llevaba a la boca del metro, me había abordado un gallego que yo no había visto en mi vída.

-¿Tienes fuego?- me saludó, jovial, en español (y con un acentazo que no era de Cádiz).

Yo asentí.

-¿Gallego? -comenté sonriendo amablemente, un poco por hacer amigos.

‘Clack’, hizo el mechero. El fulano tendría treinta y tantos tacos y mirándole la frente se podía profetizar que no llegaría a cumplir los cincuenta sin haberse quedado calvo. Cuando le hube encendido el pito, va y me espeta, así, entre los dos ojos.

-Tú eres Bowman ¿no? David Bowman, l´etudiant espagnol…

Yo no contesté y él sonrió lo mismo que habría sonreído una arista de metal.

-Te recuerdo del otro día, cuando entraste. Vives en Richard Lenoir ¿verdad? -y aspiró una larga bocanada de su ‘gauloises’- En la oficina, es que se queda uno con todas las caras. Y con todos los nombres…


Y se despidió envuelto en volutas azules palmeándome chulesco y cariñoso la mejilla, el muy capullo, gesto como de señorito hacia sus siervos más fieles (y más amados) o como de rey hacia los que se reconocen sus vasallos.

Me quedé de piedra allí, en la boca del metro, y, eso sí, con la jeta capulla del capullo grabada con buril justo detrás de la frente, que es la parte del cerebro donde anidan las obsesiones, las neurastenias y las gilipolleces.

-Parece que hayas visto un fantasma ¿no es ello pues y talmente así?

Hélène sonreía de una manera que se te quitaban todos los males. Me la habría comido allí mismo.

-¿Tú lo crees ello realmente, es o no es o qué?

Hélène no creía nada, salvo que llegábamos tarde al cine. La película, rara y agridulce, no me gustó. La traición a su clase de Lulú, orgulloso de su alienación y de su productividad, lejos de hacerme reir, me deprimió. Yo no estaba nada orgulloso de ser fuerza de trabajo pero tampoco tenía fe en los sindicatos (visto lo visto en Yvelinnes, como para creer en nada: días después me enteré, encima, de que los enlaces sindicales de la blanchiserie estaban controlados por el gallego y su cuadrilla: eran los portugueses que habían ido a la mesa de don Fuco a mediodía y después, por la tarde, habían hablado antes que yo en la nave).


-La única salvación del proletario es dejar de serlo -clamé ufano al salir- Marx debía ser un gilipollas.

Iba sobrado y, la verdad, no estaba para muchas parábolas poéticas. Y Hélène, que no en vano era economista -o algo así- y estaba estudiando a fondo la economía europea para jugar a profeta, me dio la razón (en parte) y me aseguró que, muy probablemente, así iba a ser (con matices).

-Al obrero europeo le quedan días -comentó cruzando la Plaza de los Vosgos- Es una especie llamada a extinguirse.

Yo parpadeé. Las pequeñas verjas la Plaza de los Vosgos estaban cerradas y ella prosiguió con los ojos abiertos como lunas errantes en la órbita de Júpiter.

-Sí: el obrero europeo se va a pasar con armas y bagajes a la clase media.

‘Hay que ver que tonterías dice esta chica’, pensaba yo para mí

-En el siglo XXI, sólo habrá pobres de la Tierra y esclavos sin pan en el Tercer Mundo…

Recuerdo que aquella noche, bajo el cielo sucio de París, Hélène tenía previstas también la crisis de la energía barata, la aparición de la contaminación, la inmigración intercontinental, la conversión ‘de facto’ del bloque soviético y China en monumentales capitalismos de estado, la colonización de la Luna, los primeros viajes tripulados a Marte y también la superpoblación y la pesadilla de Malthus hechas realidad.

Lo que no previó jamás Hélène en sus extrañas prospecciones a veinte, treinta y cuarenta años fue la desaparición de los bloques, el despegue económico de India, China, África, Australia, Oriente Medio y Sudamérica, la aparición de los integrismos, la subida del nivel del mar, la proletarización de la clase media ni la globalización (o sea, la internacionalización del capital y no la del proletariado). Y es lógico. Tampoco previó la generalización de la informática, su alianza con la telefonía ni el acceso de los ordenadores al trono absoluto de los mass media (como se decía entonces). Ni el asesinato de Lennon, ya que estamos, por un fan (trastornado) ni la increíble longevidad de los Rolling Stones.

A mí me sorprendían las visiones de la chica, que detrás de aquella cara pícara y llena de pecas soñaba un mundo alucinado en el que la segunda mitad del siglo XX se contemplaría como un lejano pleistoceno.

-Dentro de cuarenta años, la mujer europea se habrá liberado, las creencias religiosas serán un curioso fenómeno cultural del pasado y los pantalones campana, motivo de chanza.

A mí tampoco me gustaban los pantalones campana (ni los Bee Gees, que ya existían, aunque parezca imposible). Aun así, las premoniciones de Hélène se me antojaban ridículas.

-Sí, y un negro será presidente de los Estados Unidos, nuestros hijos escucharán arrobados a los Beatles y el Vaticano se transformará en Parque de Atracciones….

Hélène se echó a reír

-Y París, en Disneylandia….

Y venga de reír.

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3 respuestas a La clase obrera va al paraíso

  1. Siana dijo:

    ¡Visionaria Hélène! menos mal que la tiene a ella para compensar esas mañanas tan intensas en la usina, comandante.

  2. Lenka dijo:

    Bella, inteligente y profética, su Helena!! Desde luego, todo un hallazgo.

  3. Trinidad dijo:

    Eso es adelantarse al futuro y lo demás es cuento. Que no se le escape Hélène al infante español. 😀

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