¡Huelga!


Volví a la mesa de los estudiantes, que me recibieron en reverente silencio. Toda la ‘usina’ (de usine, ‘fábrica’ en francés) me había visto conferenciar ‘tete a tete’ con don Fuco, así que acababa de ganarme mis primeros galones. Unos galones, eso sí, imaginarios y que los demás me adjudicaban sin más motivo ni fundamento que su convicción de que los tenía.

Mi sitio junto a don Fuco lo había ocupado nada menos que el contramaestre, que apareció por el comedor justo al levantarme yo. Todo el comedor estaba pendiente de lo que sucedía en aquella mesa, la mesa de los ‘toguegos’, donde ahora el contramaestre y don Fuco cambiaban impresiones con pasión. No hablaban del tiempo, evidentemente, y el Haliday se permitió un comentario ambiguo.

-Me parece (a mon avis) que ello va a llover… ¿no es?

Pues fiesta, no parecía que fuese a haber, no. El contramestre negaba con la cabeza y con la mano trazaba líneas imaginarias sobre el mantel. Don Fuco -O Gordo- no asentía pero tampoco negaba. Se limitaba a escuchar con mucha atención los comentarios del encargado. En determinado momento señaló a uno de la mesa, que se levantó ‘con el aire faruche’ (‘avec l´air farouche’, o sea, con cara de pocos amigos, vamos) y fue hasta la mesa de los portugueses, en el otro lado del comedor. Tras un rato de conferencia con ellos, volvió seguido de dos, serios, flacos y altivos, que se acomodaron junto al contramaestre y don Fuco. En nuestra mesa, Haliday, el rubio, soltó otra de sus apreciaciones.

-No sólo va a llover: va a ser una tormenta con rayos y truenos…

Uno de los moros le dio un codazo mirándome de refilón. Yo volví la cabeza para otro lado. Mis compañeros creían que cuanto hablásemos ya podía ser conocido por don Fuco y su gente. Aun no habíamos bajado de nuevo al curro y ya empezaba a no gustarme todo aquello. Aunque si alguien me hubiera preguntado a que me refería con ‘todo aquello’, tampoco habría sabido contestar. Tal vez a un desagradable agujero en estómago que me producía vértigo.

Por primera vez en mi vida sentía que de verdad había dejado atrás la infancia. Me encontraba en un mundo impío, adulto y muy duro. Un mundo en el que los errores salían caros. Allá, en la mesa de don Fuco, el contramestre se levantó muy rígido, casi tieso, y salió rápidamente del comedor. Parecía transfigurado. Los dos portugueses siguieron cuchicheando con don Fuco. A veces se les oía alguna palabra inconfundible. ‘Meniño’. ‘Fronteira’. ‘Fonte’. No hablaban francés sino gallego y portugués. Sabido es que el gallego que se habla en el curso bajo del Miño, al sur de las provincias de Orense y Pontevedra, es intercambiable con el portugués. En consecuencia, a ambos lados de la frontera los paisanos reviven cada dia el viejo galaico-portugués originario.

De pronto callaron los tres contertulios. Los portugueses se levantaron muy serios, casi gravemente. Algo había pasado. A una imperiosa señal de don Fuco, que de pronto tenía cara y pose de profeta bíblico, tres gallegos se levantaron mecánicamente y recorrieron el comedor de mesa en mesa dejando un mensaje.

-Grève (huelga)

Todo el mundo parecía al cabo de la calle del motivo, menos yo. Se dilucidaba algo antiguo, algún agravio o petición desatendida por la dirección, según pude averiguar escuchando los retazos de conversación que se sucedían a mi alrededor, pero me comí la curiosidad. Por muy distintas razones, no quería preguntar nada a nadie, ni a mis compañeros estudiantes ni a mis compatriotas españoles.

Tal como se habían puesto las cosas, cuanto menos abriera la boca, mejor.

Así que bajamos de nuevo a la nave a seguir la diaria rutina de la jornada. Por no saber, no sabía ni cuando sería la huelga, si esa misma tarde o dentro de seis mil años. De momento me aguardaban más carros con más trapos húmedos que nunca. Se conoce que se acercaba el 14 Juillet, la popular fiesta nacional francesa que tanto se celebra allí, y había que tener buena provisión de literie y robe de table.

El protocolo a seguir con la inmensa colada era simple y cualquier recién llegado tardaba treinta segundos en aprenderlo. Tú cogías un gurruño mojado, lo desplegabas y lo extendías cuidadosa, amorosa y rápidamente sobre una cinta sin fin que lo transportaba al interior de la máquina secadora. Allí, transformado ya en mantel, servilleta, cobertor, sábana, colcha o lo que fuese, pasaba por unos rodillos recalentados y pocos segundos después emergía por el otro lado perfectamente seco y plano (y casi, casi tieso como un bacalao). Otro operario lo recibía y lo doblaba -también cuidadosa, amorosa y rápidamente- y lo depositaba -cuidadosa, amorosa y rápidamente, como no- en un vagón vacío. Y en eso consistía el curro. En abastecer de literie y de linge de table limpia y planchada a todo París. Cuidadosa, amorosa y rápidamente. Un trabajo apasionante que no terminaba jamás.

-Pero qué sucios pueden llegar a ser los turistas. Y, sobre todo, cuántos pueden llegar a ser -me decía yo abrumado por el derroche de tela mojada que no acababa jamás.

Un monótono y creciente murmullo interrumpió el hilo de mis íntimas consideraciones.

-Grève!! Grève!! Grève!!

Mis colegas estudiantes -gentilmente, como lo hacían todo siempre- me ayudaron a volver a la realidad

-¡Eh, tú! ¡¡Eh, español, joder!! Para, que empieza la fiesta….

-Grève!! Grève!! Grève!! -murmuraban por lo bajo los curritos de toda la nave, parados ante sus máquinas.

Encaramado a una vagoneta vacía, volcada para la ocasión, uno de los gallegos agitaba los brazos y hablaba señalando vagamente en dirección a las oficinas, allá en las alturas (como Dios) y a las máquinas, allí abajo (igual que el infierno). No se le entendía muy bien, pero hablaba con mucha convicción (y con un tremendo acentazo español: como sería su destartalada fonética que hasta yo la notaba). Eso, por lo que respecta al continente. En cuanto al contenido del discurso, mucho ‘compañeros’, mucho ‘camaradas’, mucho ‘esto no podía aplazarse más porque un hombre no puede trabajar así’. En fin, que la cosa era grave.

Pero nadie asentía ni le jaleaba (ni nada) hasta que uno de los portugueses rompió a aplaudir. Y tras él, todos los demás (sin demasiado entusiasmo) hasta contagiar a la nave entera, salvo a los negros, eso sí, porque ‘les noirs’ pasaban de todo: no es que no aplaudieran (que no apalaudían un carajo) es que ni siquiera hacían ademán. Los estudiantes aplaudimos claramente, aunque sólo lo necesario para que nadie pudiera acusarnos de no haber apoyado la huelga… ni, por supuesto, de haberla apoyado.

Entonces uno de los portugueses se encaramó al carricoche, patas arriba en mitad de la nave, y se puso a hablar con ardor y convicción. Bla, bla, bla. Mucha faramalla liberadora, mucha esperanza de los oprimidos y mucho rataplán. Pero el personal, como en misa. Mortalmente aburrido.

En una esquina, no lejos de mí, Fuco Denantes asistía callado al lío, apoyado contra una pared como un contrafuerte grueso, ausente y meditabundo que ayudara a sostener la nave. Cuando acabó el portugués, sin moverse de donde estaba,  hizo una discreta seña a la cuadrilla de gallegos… y me miró a mí. ¡A mí! Yo, que me dí cuenta, por poco me caigo de culo al suelo. Los gallegos se pusieron a aplaudir en mi dirección y comprendí que ahora, de pronto, me tocaba hablar, me gustase o no. Así que del instituto de bachillerato pasaba a mitinero proletario en un plis plas: O Gordo Denantes lo había decidido y no me quedaba otra. No podía negarme. O sí, pero no me sentía héroe. Repentinamente, el agujero vertiginoso del estómago se había abierto todavía más y de pronto era una maloliente sima, oscura y amenazante, dentro de mí.  Los gallegos me rodeaban sonriendo y aplaudiendo y, en fin, empujándome apaciblemente hacia la vagoneta volcada y hacia la perdición. Los que más aplaudían, viendo mis desamparo y absoluto azoramiento, eran el cabrón del Haliday y mis demás copains estudiantes. Si me condujeran al cadalso no hubieran aplaudido más ellos ni habría estado yo más acojonado. Y cadalso era la vagoneta tumbada, a la que me encaramé usando unos cajones vacíos hasta verme por encima de todas las cabezas de mis hermanos proletarios. Al fondo, como fuera de todo, don Fuco observaba atentamente cada uno de mis gestos y movimientos.

-¡Bravo, neno! -aplaudían los gallegos.

Y abrí la boca… para volver a cerrarla inmediatamente con una sonrisa enigmática. Pensaba a toda velocidad tratando de encontrar un hilo sensato cuando me dí cuenta de que no eran tan importantes las palabras como el tono, el ademán y la actitud. Y entonces, melodramático, alcé una mano y dije sólo ‘¡camaradas!’

Los gallegos se rompieron las manos de aplaudir. El Halliday, apalancado junto a la ‘Belle Monique’, y los demás compañeros estudiantes se meaban de la risa. Yo eché mano al recuerdo de aquella tarde en la Cinemateque cuando, pocos días atrás, recién llegado de las Españas, asistí a una proyección de ‘Sacco y Vanzetti’.

-¡Nico y Bart habrían estado orgullosos de vosotros! ¡Nico y Bart, camaradas! ¡¡Nico y Bart!! -clamé emocionado. Y saqué un pañuelo sucio del bolsillo para  enjugarme unas lágrimas inexistentes y sonarme unos mocos perfectamente virtuales. Y proseguí- ¡Y sin duda lo están, camaradas,  porque desde el cielo rojo y proletario, ellos, hoy, os contemplan.

Aplausos. Don Fuco, impasible, no me quitaba ojo.

-¡Esto es una vergüenza! -clamé tontamente- ¡Camaradas! ¡Nuestra dignidad no puede soportarlo!

Nadie se movió.

-¡Camaradas! -repetí- ¡Nuestra dignidad…..!

Entonces tuve una ocurrencia, una inspiración mientras sentía sobre mi cabeza el aleteo del espiritu.

-¡Hagamos cantar nuestros corazones! ¡¡Hagamos que cante nuestra alma oprimida!! (elle va chanter, la nôtre âme opprimée!)

Por alguna misteriosa razón, tan poética (y ridícula) soflama hecha  con el alma inflamada prendió con fuerza en el corazón seco del obrero puteado y la sala entera se encendió.

-Grève!! Grève!! Grève!!

Los portugueses me alzaron en hombros y los negros, felices, se apuntaron a la fiesta.

-Elle va chanter, la nôtre âme  opprimée!!!! -chillaba todo el mundo como loco.


Entre todos iniciaron entonces una procesión entre las máquinas llevándome en andas como si fuera la Macarena. Por encima de la gente pude ver al Halliday tapándose el rostro con las manos y meneando la cabeza negativamente rodeado de los etudiants, todos con cara de alucinación, desconcierto y espanto.

Y comprendí que mi actitud fatalista de dejarme llevar por los acontecimientos, dado -por otra parte- que era difícil oponerse a los designios del señor Fuco, me había llevado -con la inapreciable ayuda de mi torpeza- al centro mismo del terreno, al punto de mira de todo dios, al único sitio del mundo donde era imprescindible NO estar.

En efecto, entre quienes me contemplaban distinguí la mirada pétrea, solitaria y sosa, fría como la de un pingüino, del contramaestre gallego.

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2 respuestas a ¡Huelga!

  1. Siana dijo:

    Oh, esto se pone emocionante!! desde luego cada día con usted en Paris, así sea en esta usina, es una aventura, Comandante. Pero…¿no se habrá metido en un lío al hacer ese discurso inspirado? por la cara del contramaetre diría que sí…Seguimos ansiosos por el próximo capítulo!!

  2. Lenka dijo:

    Peroperoperoperopero… la que ha liado, Maese!!! Que nos acaba de llegar al París de la Francia y ya está usted metido en líos, y huelgas, y follones rojunos de esos!!! Qué barbaridad, qué desmadre, qué juventud la suya!!! En un pis pas nos anda el tío seduciendo francesas, asistiendo a conciertos míticos, paseándose en cueros delante de unas enfermeras, afiliado a un clan mafioso galego y agitando a las masas!!!! Pero qué carrerón!!!!!!Pues nada, aquí nos quedamos esperando la próxima entrega. Espero que no fuera muy gordo el lío en el que le metió Don Fuco! (Me va usté a perdonar, pero he llorao de la risa leyendo su inflamado discurso. Que lo sepa. Usté las pasaría canutas, pero yo miescojonao. Lo confieso)

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