El clan de los españoles


L´extraordinaire Louis Ocanna,
l’ aigle foudroyé


Habían pasado pocos años desde el mayo mítico aquel. Entonces los estudiantes pusieron a De Gaulle -nada menos- contra las cuerdas (con la alianza cómplice, encima, de la aristocracia obrera, los currantes de la Renault, que llegaron a ir a la ‘grève’ -huelga- en solidaridad con los señoritos estudiantes). Total, que les etudiants, así en genérico, gozaban todavía de un prestigio sin duda exagerado entre la internacional currita (sector Ivelynnes, París-Gabacholandia).

-Ah, les etudiants, qu´ils sont si braves….

Les etudiants (algunos) iban a Ivelynnes a hacer la campaña de verano cuando el turismo multiplica las necesidades de lavado y secado de literie y de linge de table desde la Tour Eiffel a Nôtre Dame. O sea, de ropa de cama y mesa. Los estudiantes que caían por allí eran gente bienhumorada y gamberra cuya presencia coyuntural en el infierno suponía un aliciente para los condenados, una ruptura con la rutina y un soplo abracadabrante de aire fresco en la triste monotonía de la producción industrial de limpieza.

-Ah, les etudiants, qu´ils sont diaboliques….

A los gallegos, especialmente, les llamaban poderosamente la atención aquellos estudiantes tan raros. Los gallegos, al fin y al cabo, eran españoles y, se pusieran como se pusieran, un estudiante representaba para ellos la encarnación en el universo real de un personaje de Perez Lugín, es decir, un señorito entre calavera y romántico que hacía barbaridades y que en el colmo de la gracia se metía a tuno. ‘Mocita dame el clavel…’

-A ver, los estudiantes, si le enseñáis algo util a la Belle Monique….

-Sí, a hacer felaciones…

Jamás un estudiante español, ni siquiera el más perdulario, hubiera respondido en público y a voces con semejantre bestialidad. Ni, mucho menos, con semajante ‘voquiblo’, un latinajo cultista y agabachado. Pero estábamos en Francia y las dos filas que atendíamos a la Belle Monique, tanto los que metíamos manteles por un extremo de la jodida secadora como los que la recogían y la doblaban por el otro, empezamos a agitar la cadera y a menear los riñones con cara de vicio.

-Ah, Monique… Ah, ma belle, que je t´adore…. Ah, oui, oui….

Un circo. Toda la planta  se echó a reir. Los negros, en el otro extremo, se aupaban sobre los carros para vernos y hasta los de la sala de lavadoras se asomaron a ver que pasaba.

A veces parecía que íbamos allí a alegrar la vida a los curritos. Huelga decir que me lo pasaba como un enano y aprendía a mil por hora. Y nada bueno, además.

-A ver si me guardan la compostura los señores estudiantes, háganme el favor…

El contramaestre gallego dijo esto en un tono que no admitía discusión, así que los ‘copains’ se callaron. Y yo también, a ver que remedio.

La verdad es que en sólo dos días nos habíamos convertido en una piña sin fisuras ni diferencias. Eso sí, ‘les arabs’ no perdían ocasión de tocarle las narices al rubito a cuenta de su tupé -’el mocho’ lo llamaban (‘serpillière’). El rubito me las tocaba a mí por Ocaña. ‘Ocanna’.

-Va, tú, español, que no hemos venido aquí a torear. Mira Ocanna como corre.

Y yo.

-Tanto que los franceses ni lo ven. Sólo le hace sombra un belga…

Esta precisa alusión mía a la condición belga de Eddy Mercx tocaba particularmente los cojoncillos a los gabachines, como un pellizquito de monja cabrona en el escroto (sobre todo porque ‘les arabs’ se descojonaban escandalosa, ostentosa y exageradamente, sin el más mínimo recato: Luis Ocaña, al fin y al cabo, el héroe de la clase obrera, era hijo de emigrantes, como ellos), así que el Hallyday y sus colegas me dejaban en paz.

Cuando se montaban estas broncas, los demás curritos se morían de envidia. Ya era bastante envidiable nuestra condición de estudiantes (con el otoño huiríamos de aquella cueva de esclavos y seguiríamos preparándonos para encorbatados) sino que encima estábamos todo el día de coña (un día los soputas del halliday y sus colegas me encerraron en el meódromo, los muy capullos). Me ‘salvaron’ los gallegos.

-Gracias -me expliqué yo en español- Qué cabrones los tíos esos…

-¿Y qué haces con ellos? Tú serás lo que seas, pero sobre todo eres español. Mañana ven a comer con nosotros. Vamos a hacer una greve (grève, ‘huelga’ en francés).

Estábamos en Francia, pero me saltó el reflejo condicionado del perro de Paulov y el corazón se me subió a la boca.

-Glub ¿Una huelga?

En España, la sola mención de la palabra ‘huelga’ podía acarrear graves problemas y el menor de todos era la pérdida del trabajo.

-Estamos en Francia, hombre…

-Ah, claro.

Ellos rieron paternales. Yo les gustaba. Era español, estudiante en Francia y no le hacía ascos a meterme en aquel agujero. Un tío con un par bien puesto.

-Mañana en el comedor te pasas a nuestra mesa y hablamos…

No era una invitación. Era una orden. Y comprendí que si en la historia de los USA faltaban un Al Carvallo o un Lucky Betanciños se debía a que en su día la emigración española se había focalizado más hacia La Boca que hacia Ellis Island, que si no, se habrían enterado los gringos.

Marlon Brando nunca hubiera encarnado a Vito Corleone sino a Sito Miñanco. O padriño das Rias Baixas.

En Ivelynnes, o padriño era Fuco Denantes, una especie de patriarca que gozaba del respeto de toda la fábrica y de la entregada devoción de los españoles, que cada mediodía se sentaban a su alrededor en el comedor proletario de la gigantesca blanchisserie para tratar los aspectos más nimios de la vida en la factoría. Incluso los españoles no gallegos.

-Hay que ser comprensivo -pontificaba gordo y generoso Fuco Denantes- No todos los españoles pueden nacer en Santa Marta de Ortigueira…

Aquella fijación por Santa Marta era objeto de muchas habladurías ya que don Fuco ‘O Gordo’ había nacido en una pequeña parroquia de la zona de Foz y era feligrés, por tanto, del obispo de Mondoñedo.

-Eso es porque los de Santa Marta confirman en Santiago….

A mí, aquello de confirmar, fuese en Santiago o en cualquier otro lugar,  no me decía gran cosa…

-Pero ¿tú estás sin confirmar? ¿Se puede saber qué clase de gallego eres tú?

Intenté protestar.

-Perdón, yo no…

-Pero cala, neno, cala…… -y al ver que yo seguía dispuesto a protestar, mi contertulio cambió de tono- A partir de ahora eres gallego por cojones, neno.

Don Fuco me llamó por mi nombre.

-A ver, David, ponte aquí, cerca de mí. Hacedle sitio, Carracedo.

-Sí, señor.

Carracedo, que era del valle del Tera, entre Orense y Zamora, muy moreno, con grandes entradas en la frente y un mostacho de guías tristes a lo José María Íñigo, se levantó y me indicó un hueco junto a don Fuco donde sentarme.

-Venga, rapaz….

Los gallegos eran bien conocidos en la blanchisserie. Gallegos eran la mitad de los oficinistas de arriba, todos los jefes de planta -el contramestre, entre otros- y la mitad de los encargados de máquinas y mantenimiento (antiguos maquinistas de la armada española). Los gabachos, que no entendían de matices, los llamaban ‘el clan de los españoles’. Eso, algunos. Otros, menos delicados, hablaban de una ‘mafia de toguegos’. El caso es que nada de lo que sucedía en la factoría se les pasaba por alto.

-Estamos muy orgullosos de que haya un español entre los estudiantes -exclamó, solemne don Fuco. Y señaló al puñado de rostros duros, torvos y trabajados a ostia limpia por la puta vida que se arremolinaba en torno a él- Eres uno de nosotros. No vayas a defraudarnos ¿eh, rapaz? Y si alguno de esos maricones de franceses, o uno de esos puñeteiros mouros, te molesta o hace hace alguna otra cosa rara, ven y díselo a don Fuco.

-Sí, señor.

La concuerrencia asintió cabal, dando a entender que suscribían punto por punto lo expresado por el gordo, así como que tanto yo como mi discreción y mi natural modestia les agradaban en grado sumo.

Por mi parte, no sabía si sonreir o permanecer serio.

-Ve -exclamó don Fuco- Vuelve a tu sitio entre los estudiantes, neno. Y recuerda: cualquier cosa que suceda o que necesites, a don Fuco. Sin  falta.

Todavía no me daba cuenta cabalmente, pero me acababa de converrtir en un espía -y en un protegido- de la ‘mafia de los toguegos’.

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2 respuestas a El clan de los españoles

  1. Lenka dijo:

    CO-ÑO! Así que entró usted en la familia! Don Fuco… impone y todo! O padriño das Rias Baixas… juas. Ríete tú de un calabrés. Menudo peligro.

  2. Siana dijo:

    Me encanta!!, la verdad es que un día normal con la Belle Monique, algo que bien pudiera ser recordado como tortuoso, o gris, se ha convertido en algo emocionante y divertido. Así que de la mafia de la lavandería, eh, Comandante?? el elegido. El protegido de Don Fucco :)!Espero que no lleve ningún bate de béisbol el tal Don Fuco a las comidas esa de las ya la forma parte. Gracias por el episodio. Siga escribiendo!!

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