Añoranza de España

A la hora señalada, en punto, compareció una guitarra en el escenario. Una guitarra enooooooorme. Detrás de ella venía un elfo calvo y que casi no se veía. A veces era posible adivinarlo al otro lado de la guitarra pero lo que resultaba imposible era verle la cara porque iba tapada por unas gaforras que parecían prismáticos. Narciso Yepes tocaba maravillosamente pero era más feo que un dolor y más pequeño que un microbio. Con su fealdad (y su guitarra) a cuestas se aupó en una silla arrastrando el mítico instrumento y tras un breve forcejeo emergió, no sé como, de detrás de la guitarra y se asomó a las cuerdas.

Y entonces empezó a tocar así.

http://www.youtube.com/watch?v=LEyqcYW-HjE

Ay, amigo.

Yo no sé si ustedes han experimentado alguna vez un arrebato místico pero eso fue lo que me pasó a mí aquella noche. Y era lógico. Estaba en París oyendo a Narciso Yepes en pleno Barrio Latino en una iglesia gótica alucinante y con una francesita al lado que me miraba con ojos tiernos. Como para no ponerse campanudo.

Las diez cuerdas enviaban contra la piedra casi milenaria de Saint Sèverin unas cosas invisibles -notas musicales, indudablemente- que rebotaban en las naves góticas e iban a estrellarse en mis oídos llenándolos de gracia. De pronto no había tiempo, no había nada, sólo sonoridad.

Y me dije. ‘¡Esto es Europa, David!’

No dejó Yepes de incluir en su repertorio el ‘romance anónimo’, una pieza tradicional con la que muchos años atrás había ilustrado musicalmente una película francesa, ‘Juegos prohibidos’, que recuerdo como muy pesada y, desde luego, marcada por esa melodía que Yepes y la peli hicieron legendaria en medio mundo (o en el mundo entero).


Los franceses sonreían encantados y ponían cara de pato feliz oyendo como las cuerdas, estimuladas por los dedos ágiles del genio español, desgranaban las ya entonces familiares notas que ellos sentían como propias sin ninguna dificultad. Y es que para ellos viene siendo tradición hacer suyo -francés- lo que les gusta. A partir de la Revolución -que a finales del XVIII cambió el mundo- Francia se convirtió en catalizador de tendencias y puerto de acogida para cualquiera con algo que decir en el terreno que fuera. Y París, muy concretamente, en una verdadera ‘ciudad abierta’, la primera ‘ciudad escaparate’ del mundo. Los USA y el Nueva-York del siglo XIX. A base de dar cancha a los tíos más raros del planeta, durante cien largos años estuvo saliendo de París una cultura ‘francesa’ muy libre, experimental, vanguardista y -en definitiva- universal hasta, por lo menos, los años cincuenta del siglo XX. Empaquetados con ella también salieron, proyectados al mundo con la etiqueta de ‘franceses’, los españoles Picasso y Buñuel, el italiano Modigliani, los norteamericanos Josephine Baker y Sidney Bechet (ambos negros, para más señas) los belgas Brel, Hergé y Simenon o el holandés Van Gogh.

Yepes formaba en ese dilatado escuadrón de artistas que los franceses sentían como propios y escuchándole aquella noche bajo las bóvedas de St Sèverin no se movía una mosca. Sus dedos iban y venían rápidos por el mástil de la guitarra sin pensar, con seguridad y sin perderse entre el bosque de cuerdas que sostenía. Resultado: una cascada de sonidos limpiamente encadenados -perfectos- durante una cantidad indeterminada de tiempo hasta que de pronto, pasado un buen rato, el concertista arremetió con un aire extraordinariamente familiar, una tonadilla cuyas notas podía oír cantar en mis orejas antes de que brotaran de las cuerdas porque ya la había oído antes aunque no pudiese identificar dónde ni de qué melodía se trataba. Lo que sí identifiqué -como todo dios en St Sèverin- fueron extraños movimientos entre el público, como si aquella melodía tan familiar fuese una contraseña y contuviese un mensaje secreto accesible sólo a unos pocos iniciados.

Cuando me di cuenta y miré, extrañado, a mi alrededor vi un parisino gigantón, de mostacho cano, hipando contra una columna gótica y a una señora menuda oculta tras la sombra de un confesionario para que no la viesen lagrimear. Cuando ya iba a concentrarme de nuevo en la música, un hombre de cierta edad se levantó de su banco delante de mí como si se le hubiera soltado un muelle y salió precipitadamente con el pañuelo en la cara armando un ruido de mil diablos al pisotear los reclinatorios. El tío iba llorando como una magdalena penitente. Parecía que que todo el mundo se hubiera puesto enfermo de repente. Otras personas se agitaban inquietas en los repulidos bancos de madera. Pero, eso sí, la mayoría del público no se meneaba. En realidad eran unos pocos, una decena, los atacados por el virus. Yo no entendía nada y aproveché la ligera conmoción para mirar a Hélène interrogante. Como ella seguia hierática y fija en el guitarrista, le di un golpecito en el brazo. Ella se volvió sorprendida y al verme la cara musitó.

    -¡Sssht…! Des espagnols, quoi!

Des espagnols? Yo parpadeé. Horror. ¡Des espagnols! Y yo sin enterarme. Pero era lógico: si se trataba de españoles, como aseguraba Hélène -variopintos, de todos los pelajes y clases sociales- no se les notaba, cosa rara. Y no sólo porque no emitiesen ruido ni utilizasen las habituales maneras ostentosas de personas encantadas de haberse conocido (tan propias de nuevos ricos como de españoles). Es que antes cada país tenía sus propias modas, prendas y convenciones en el vestir, por no hablar de los cortes de pelo. Tú en París, en el metro o paseando el sábado por la tarde -Campos Elíseos arriba y abajo- sabías quien era español y quien no. Sin que nadie abriese la boca, por supuesto, y sólo por la forma de andar.

Pero aquellas personas no respondían a los esquemas y arquetipos habituales. Eso sí: hasta que terminó el emotivo concierto. Entonces se significaron sin remisión con sus aplausos estruendosos, su sentimentalidad sin freno y sus gritos inconfundiblemente -esta vez sí- españoles.

    -¡Bravo! ¡Artista! ¡Artistazo!

Una señora, en el colmo del delirio, llegó a gritar -lo juro- ‘¡Torero!’

Los franceses aplaudían apacible y educadamente con una leve sonrisa, un tanto paternal, apenas esbozada entre los labios.

Al salir a la calle, claro, había alborozada tertulia en la plaza, junto a la puerta de St Sèverin. Grupos de personas se saludaban… en español la mayoría de ellas (a pesar de no ser españolas o de no tener, más bien, aspecto de tales).

Yo estaba bastante desconcertado.

Y es que aquellos parisinos que me rodeaban hablando español, un español raro que -hoy lo sé- era el habla común y coloquial en la España urbana de los años treinta, eran los exiliados de la guerra civil.

Rojos auténticos, los ‘otros’ españoles, esos seres siniestros de los que tanto había oído hablar en voz baja al otro lado de los Pirineos, quemadores de iglesias, blasfemos hedonistas, enemigos de España definitivamente aniquilados y que oficialmente no existían, borrados del mapa con insistencia, rascando rabiosamente con la goma hasta romper el papel. Borrados de la vida, de su tierra y de la Historia como si jamás hubieran existido. ¿No era eso lo que había ido a buscar a París? Llenar el hueco en blanco que, a base de tanto borrarlos, aquellos tipos habían dejado allí abajo. Pues allí estaban, delante de mis ojos. Mi viaje, apenas iniciado, había cumplido su objetivo. Había, en efecto, ‘otra’ España y yo la estaba viendo Gente que entonces encarrilaba la sesentena y que hoy ya no existe.

Muertos todos.

    Un día, tú ya libre
    de la mentira de ellos,
    me buscarás. Entonces
    ¿qué ha de decir un muerto?

Y Yepes lo sabía. Yepes sabía que iban a estar allí, babeando hambrientos al pie de su guitarra para sorber con avidez el más leve arpegio que sonara, siquiera lejanamente, a la España perdida para siempre. La más leve forma que los expresara y dejara constancia de que habían existido.

Por eso Yepes tocó ese aire, obra original -además- de un rojazo y que, no sé porqué, alli donde suena evoca a España siempre. Y eso que no tiene nada que ver con el flamenco, y que lo que Yepes tocó no fue más que una breve adaptación para guitarra sola del segundo movimiento, la celebérrima ‘Romanza’, del ‘Concertino para guitarra y orquesta’, de Salvador Bacarisse, lo cual que no fue poco para aquella gente exiliada sin compasión, dado que Bacarisse había sido uno de ellos, un ‘gato’ castizo, comunista y lírico de La Latina (Madrid), otro más que en 1939 se había visto obligado a abandonar de mala manera su España en beneficio de la salud.

Para intentar compensar la salvaje mutilación, la pérdida de aquella España soñada por ellos y que en los años treinta nunca tuvo la más mínima oportunidad, Bacarisse enraizó en París, que no es lo mismo pero que está cerca, es acogedor y puede dar el pego. Y allí, borracho de nostalgia, compuso en 1957 su ‘Concertino para guitarra y orquesta’, en La menor (op. 72), que incluye la melancólica ‘Romanza’, un soberbio diálogo entre la guitarra y la orquesta -la sección de cuerda, mayormente- que pone los pelos de punta a los que lo oyen (y a los guitarristas que deben enfrentarse a la pieza, no así a Yepes, supermán de la guitarra que podía con todo) y que se ha interpretado y utilizado casi tanto como el Aleluya de ‘El Mesías’ de Handel. Pero que, sobre todo, es otra alucinada expresión más de la dolorosa añoranza que la ausencia de España provocó en los españoles que no tuvieron otra que largarse -expresiones que se prodigaron, especialmente, entre los escritores- y que en 1957, Bacarisse -el músico rojo del exilio- dedicó a un músico español ‘de dentro’, y católico militante encima, fíjate tú, Narciso Yepes, que la estrenó emocionado -e, imagino, no sin problemas por andar con semejante compañía- en 1957 en Francia con una orquesta dirigida por Ataúlfo Argenta (otro que tampoco miraba con quién andaba).


               Salvador Bacarisse

De aquel estreno no hay grabación. Del solo de Yepes para la ‘Romanza’, tampoco. Aquí tenéis la canónica versión del genio con orquesta y con de tó. Una lección magistral -dicen los que saben- para cualquier guitarrista. Otros dicen que para cualquier español en general, debido a la relación estrictamente profesional y absolutamente desprejuiciada que mantuvieron, contra viento y marea, Yepes y Bacarisse.

En París, naturalmente.

¿Dónde si no?

Concertino para guitarra y orquesta (‘Añoranza de España’, según don David B), de Salvador Bacarisse
Orquesta Sinfonica R.T.V. E. dirigida por Odón Alonso
Narciso Yepes, guitarra solista
    1. Allegro
    2. Andante (Romanza)
    3. Scherzo: Allegretto y 4. Rondo: Allegro ben misurato

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3 respuestas a Añoranza de España

  1. Siana dijo:

    Qué noche, verdad? debió ser inolvidable. Me ha gustado mucho este capítulo y el concierto. Gracias por ambas cosas, Comandante.

  2. Antonio dijo:

    :):):)Alberich.

  3. ismael dijo:

    quiero psasrlo a m CARPETA NUEVA QUE ESTOY INTENTANDO CRESR

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