Ni ciclista ni genocida


    -Narciso Yepes ¿tú conoces?

Y yo, en español.

    -El ilustre calvo

Hélène me miró desconcertada.

    -¿Qué es lo qué es eso qué es lo que tú has dicho, no es?

Yo, lo único que pasa es que no sabía decir ‘calvo’ en gabacho.

    -Pues es ese ilustre caballero -aclaré- que toca una guitarra demencial y no tiene nada de cabello sobre la cabeza suya ¿no es?- y pasé la mano por mi cabezón hirsuto.


El Ilustre Calvo, de joven. Como se puede apreciar, ya era ilustre y calvo.
Eso sí, aun conservaba una guitarra como la de todo el mundo.


Hélène sonrió y todas las pecas bailaron.

    -Ah L´illustre chauve! -aclaró- Pues esta noche toca en St Sèverin.

    -¿Aquí? ¿En París?

La chica abrió dos ojazos como faros.

    -Pero ¿cómo? ¿Es que es ello que no conoces St Sèverin, no es? ¡Claro, hombre!

Cada día se aprende algo nuevo y aquella noche me enteré de que St Sèverin es una de las más bellas iglesias de París. Perdida en pleno Quartier Latin, es contemporánea de Nôtre Dame. Además fue la segunda casa de Yepes, el guitarrista de las diez cuerdas, el insigne calvo, el delegado de dios en la tierra: ‘Narciso, cuando suena la música extremada por vuestra sabia mano domeñada…’ Y es que Fray Luis parece haber escrito lo de Salinas para Narciso Yepes


¿Dónde habrá ido a parar este armatoste, mítico para tantos
aficionados, ahora que Yepes ya no puede tocarlo?

Cuando Yepes pillaba la guitarrona esa que tenía, con un mástil que parecía una de las chimeneas del ‘Titanic’ (única forma de sostener nada menos que diez cuerdas diez, que yo no sé aun como se aclaraba el hombre con tanta cuerda), el tiempo realmente se suspendía, era como si se hiciese una tregua en la danza de las esferas, en la marcha de la Historia y en el continuo deshilvanarse de la Vida.

Yepes era Yepes.

    -¿Y quieres que vayamos al concierto?

Hélène me guiñó un ojo enigmática.

    -Quiero ir yo y, de hecho, voy a ir -y me enseñó unas entradas rojas con el grabado de una fachada gótica, o sea, la fachada de St Sèverin- Y tú, si quieres, puedes venir también…

¡Coño! Oír a Yepes en París…. Y bajo el ábside gótico de St Sèverin, donde tantos éxitos cosechó el murciano calvorota derramando su arte generoso entre los más exquisitos, incondicionales y heterogéneos ‘parisiens’, cual Curro (Romero, The Legend) ante la parroquia de La Maestranza una tarde de azahares abrileños en Sevilla, La Bella. ¡Oooooleeee!

    -¡Sí! ¡Sí quiero!

    -Las saqué esta mañana en La Sorbona

La Sorbona era la leche macabea. En La Sorbona lo mismo pillabas piso a dos patadas de La Bastille que un curro demencial (pero pagado), una conferencia de don Agustín García Calvo o una retrospectiva de Warhol. O entradas para un excepcional concierto de Yepes. Si unías La Sorbonne y el Pariscope (tout Paris dans ta pôche) tenías París a tus pies.


El Pariscope en 2009: inmutable como la Seine, Nôtre Dame y la Concordia

El Pariscope era una cosa así como mágica para un carpetovetónico de los tiempos de Franco (que Dios tenga en santa gloria). Todo París en el bolsillo, como rezaba el acertado ‘slogan’ de la publicación. Años después, entronizada en España al fin Nuestra Señora de la Santa Democracia (con la consiguiente y consecuente explosión de actividades),  el Pariscope sería el modelo -tanto de contenido como de continente- para la ‘Guía del Ocio’ (o ‘guías del ocio’, más bien). Y es que antes de eso, Madrid, Barcelona y España toda eran un perfecto erial férreamente tutelado por Santa Censura (un angel guardián con muy mala leche) y en la que el único acontecimiento cultural capaz de mover la quieta vida nacional eran las ediciones anuales de la ‘Antología de la Zarzuela’ que montaba don José Tamayo (quién tuvo el honor de dirigirme con ocasión de mi debut en las tablas).

Total, que después de devorar los delicados tallarines de Hélène remojados con un vinacho infame (para mi gusto) nos fuimos ambos a patita rumbo a St Sévérin cruzando el Marais (el viejo barrio judío donde, a pesar de las salvajadas nazis de treinta años atrás, aun podía verse -y puede, si los ‘modelnos’, el diseño y la pijez rampante no han acabado con lo que dejaron los nazis- verse, decía, a los ‘salomones’ circular vestidos de negro con sus batones, sus trencitas, sus ‘kipas’ (sholom) y sus gorracos de ala ancha, sea invierno sea verano). Y es que tal vez sea París la ciudad del mundo (fuera de Jerusalén) con más musulmanes y judíos por metro cuadrado, así como la ciudad donde unos y otros conviven con más naturalidad (a ver, que remedio) subsumidos en un caldo cosmopolita del que sólo constituyen un ingrediente más. Me basta cerrar los ojos para volver a ver detrás de Nôtre Dame las esterillas de los musulmanes extendidas sobre el cesped y a sus ocupantes murmurar con el culo en pompa sus jaculatorias a la sombra del viejo templo consagrado a la Santa Madre del dios cristiano mientras a su alrededor circulan salomones con trencitas, militares sin graduación, niños, turistas, marinería, señoritas, hare krisnas canturreando su salmodia ‘hare krisna, hare krisna, hare rama, hare rama, hare hare hare…’ y, en fin, personal de todo pelaje que no los mira porque forman parte del paisaje y que, por lo mismo, tampoco se mira a si mismo, no sé si me explico..

Sobre el Marais supe todo por extenso en su momento porque Héléne, de hecho, era judía (aunque yo no lo supiese hasta mucho más tarde) lo cual que viniendo yo de España como venía y siendo un paleto atroz como era (y como sigo siendo, por otra parte, tampoco voi a ponerme estupendo) me alucinó mucho y me hizo sentir pecador total, completo e irredento (que es lo que deseaba sentirme, vamos, para qué mentir).

Mientras cruzábamos el Marais (el ‘magué’) yo le hablaba de España a Hélène, de los jardines del Albaicín y también de Yvelinnes-Sur-Seine, que es lo que a a ella le interesaba.

    -Ah, yo pienso -helas- que la tuya experiencia con el actual proletariado industrial europeo es ella extraordinaria ¿no lo es?

Pues no, pero ¿por qué iba a desengañar a la primera chavala que en esta vida me miraba con ojos tiernos?

    -Oh, sí, tremenda -mentí impertérrito.

    -¿Es qué no son ellos concienciados con la su clase?

Esto no lo entendí bien pero yo asentí por si acaso.

    -Sí, sí, tremendo, no te lo imaginas.

Hélène sonrió y deduje que había acertado asintiendo.

    -¿Sabes que tú eres un si joli mignon petit español? (o sea, un ‘mec’ encantador)

Yo sonreía constantemente. No quería ser menos que ella.

    -Y tú, una bonita ‘môme’ no menos encantadora

St Sèverin lucía luminosa y engalanda en mitad del Quartier Latin como un buque dispuesto a hacerse a la mar y hacia ella peregrinaba lo más granado de París. Eso incluye algun ‘sij’ de la India con turbante, a tres japonenes (trabajadores, probablemente, de alguna multinacional o, quizá, funcionarios de la UNESCO) y a un grupo de gringos jóvenes en viaje ‘iniciático’ por Europa. En el interior, escandalosamente gótico y sobrio, no se oía ni una mosca, sólo el crujir de los bancos de madera.

Era todo tan distinto a la banlieu industrial y a la agobiante blanchisserie que había conocido durante el día que varias veces me asaltó la idea de que había soñado mi estancia en Ivelynnes. Ferreira, los ‘halydais’, la dra Carpentier, la revisión médica, el de Lalín en ‘presenten armas’, el calor insoportable, el persistente olor a sudor, la nave llena de secadoras, el ruido atroz y constante, la ‘Belle Monique’ y los grupos ‘antropológicos’ de trabajadores constituían imágenes de una supuesta realidad lejana, árida, salvaje y extraordinariamente exótica que contrastaba con la exquisita delicadeza de la atmósfera en la que ahora, de golpe, me encontraba inmerso: incienso, perfumes caros, suave roce de ropa buena, murmullos, la sonrisa fresca, húmeda y carnal de Hélène, Paris La Nuit, la ligereza de la piedra, aéreas cúpulas ojivales y bajo ellas, uno de los mejores instrumentistas del mundo.

    
-¿Y cómo se te ha ocurrido? -le pregunté a Hélène.

Ella se encogió de hombros.  

    
-Pues nada… Para un español que destaca -se paró un momento, bailaron las pecas y prosiguió- y que no es ciclista ni genocida…


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5 respuestas a Ni ciclista ni genocida

  1. Siana dijo:

    Cómo cambia la perspectiva, Bowman! Quién se lo iba a decir, tras esa mañana un peu compliqué, aunque memorable gracias a Carpentier y los integrales. Así que estaba allí Narciso Yepes, en Paris. Extraordinario! Qué deliciosa noche. Me pregunto si sonó esta maravilla:http://www.youtube.com/watch?v=RLHR8zaEsA8Hélène no sólo era charmant. Era muy lista. Pedazo frase final. La Sorbona, Pariscope…la ciudad de las muchas culturas (ríase de Toledo). Y seguimos descubriendo más Paris a través de sus magníficos relatos! Muchas gracias, comandante.

  2. Lenka dijo:

    Joooodó con la frase lapidaria de la Helena!!! Lista además de guapa. No me extraña que le gustara, Maese. La cena no sería gran cosa, pero el resto de la velada promete. Qué tal ese conciertazo? Cuéntenos!!!

  3. Trinidad dijo:

    Es la primera vez que veo una guitarra de diez cuerdas O_O Otro artista a quien escuchar y que desconocía totalmente. Gracias por esos retazos de París, bowman. Me rio y disfruto leyéndote.

  4. Rogorn dijo:

    Sería guapa y lista, pero un poquillo racistilla y condescendiente también. De una manera muy francesa, modosa y hasta encantadora, pero a su modo está mirando desde el ático y diciendo que creía que Africa empieza en los Pirineos.Menos mal que llegó el mec carpetovetonic a desasnarla un poco.

  5. Udeis dijo:

    Mamma mia!!! Una guitarra de 10 cuerdas… no la había visto en mi vida…Ciao Bow, me gusta ese baile de pecas cuando sonríe la chica.Yo, en cambio, más que con la frase final, me quedo con el último párrafo antes de la pregunta. Llegas a reunir en un par de frases lo que querías describirnos en el capítulo anterior. Bravo, sigue así!!

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