Todas las servilletas, sábanas y manteles de París

Todas las servilletas, sábanas y manteles de París estaban allí.

Todas: no exagero (y si no eran todas, eran muchas. Pero muchas).

Limpias, empapadas, hechas un gurruño y amontonadas en vagonetas de tres o cuatro metros cúbicos cada una.

Las vagonetas hacían cola junto a máquinas secadoras-plachadoras industriales esparcidas bajo el techo de una nave diáfana y grande, muy grande, más que un polideportivo.

    -¡Ostras! -pensé- He llegado al infierno.

Hacía un calor de sauna y el ruido era insoportable.

La nave, claro, no estaba climatizada y en el calendario cursaba julio. Primeros de julio. Una época excelente para encontrarse en cualquier lugar de París, menos en aquél. Las máquinas secadoras -y las lavadoras de la nave contigua- despedían un calor de mil diablos que en invierno, seguramente, sería acogedor y hasta agradable, pero que ahora resultaba destructor para cualquier organismo vivo.

El contramaestre al mando -el jefe de sala, vamos- era un gallego con muy buena planta, de rasgos finos y tripa plana, que no sonreía nunca… abajo, en la nave, claro. Me juego el sueldo de un mes a que arriba, entre los encorbatados de las oficinas y -no digamos- entre los miembros de la dirección, se deshacía en sonrisas.

    -Vengan por aquí, hagan el favor- murmuró desabrido el fulano.

Y le seguimos todos -el negro tosedor, el polaco ganso, el gallego viril, yo, ‘les arabs’, ‘les etudiants’, todos-  algo cómplices ya entre nosotros después de habernos visto en pelota y de haber hecho perder los papeles a la pobre doctora Carpentier. Pero lo que más nos unía era la certeza de haber mostrado lo mejor de nosotros a sus chicas.

    -Ah, que ella era bonita ¿no es? la pelirroja ¿que es lo que tú piensas?

El senegalés se estaba revelando como un romántico. Otro miembro del grupo, en cambio, prefería una rubita que, mientras nos desnudábamos, sólo hacía que poner cafés

    -Ah, pero no, la rubianca del fondo tenía buenas peras… oh, oh, ella era ¿no es? particularmente especial, yo pienso.

Pero los francesitos estudiantes tenían clara su elección.

    -Especial, aquí el ‘mec’ (chulo, tío, menda, colega) éste de la España (se referían al de Lalín). ¡Qué prodigio en verdad! ¿no lo es ello, pienso yo?- aseguraba el ‘Choni’ Halliday. Sus compañeros lo jaleaban.

    -Prodigioso, prodigioso, prodigioso -y ensayaban un precario español- ¡Macho, buen gallo toreador!

    -¡Oooooléééé togóóóó!

El de Lalín, todo corrido, los miraba como si estuvieran locos (y algo estaban). Como el pobre no entendía nada, me sentí obligado a tranquilizarlo.

   -Dicen que estás hecho un toro y que eres un machote. Por como te has empalmao arriba. A los demás se nos ha quedado hecha un chicle…

El contramaestre, muy severo, ordenó callar. Hablaba un francés perfecto (tanto que de su condición de español -y aun más, gallego, que es una forma bien especial de ejercer la españolez en el extranjero- me enteré después).

   -Hagan el favor, señores. Esto no es el patio de un colegio.

Atendían las máquinas secadoras curritos distribuidos en grupos que parecían establecidos con extraños criterios, digamos, antropológicos (tan malos como cualquier otro criterio y, al fin y al cabo, algún criterio había que seguir). Así, las ‘madamas’ francesas todas juntas, por un lado. ‘Les arabs’, por otro. Por otro, ‘les espagnols’ (gallegos, salvo uno de Jaén, que aseguraba ser tambien gallego). Y, así sucesivamente, los negros, ‘les polonais’ (‘polonais’ y polonaises’, para ser exactos, ya que los polacos eran el único grupo que mezclaba tíos y tías: buenas son las polacas, que decían fascinados los gallegos. Y no porque estuviesen buenas -que lo estaban- sino porque eran de armas tomar y les recordaban a las mujeres de su tierra, acostumbradas a lidiar con todo ellas solitas desde los tiempos de Cristo, o antes, mientras los hombres ganaban el sustento, ya fuese segando en Castilla, en la emigración americana o currando en la mar). Luego estaban ‘les portugais’, que había unos cuantos, hacían rancho aparte y a mí se me antojaban gallegos sin redimir por la Patria Hispana. Y también ‘les portugaises’, o sea, las portuguesas, que hacían rancho aparte de sus hombres. Y, por último, estábamos nosotros, ‘les etudiants’, todo tíos, que éramos la guinda que culminaba aquel exótico cóctel.


Según recorríamos la nave, el gallego iba distribuyendo la nueva hornada de mano de obra siguiendo exactamente el mismo criterio antropológico, aunque sin mencionarlo, que ordenaba la fuerza de trabajo que allí había.

    -A ver, usted y usted, ahí. Y usted, usted, usted y usted, allá.

Así, poco a poco, los negros del grupo de recién llegados fueron asignados a secadoras atendidas por negros; el de Lalín, a las de los gallegos; y los morutas, a las de los ‘arabs’. Al final, según aquel extraño sistema (surgido, hoy no me cabe ninguna duda, de la retorcida y atormentada cabeza del contramaestre) sólo quedamos los estudiantes, tanto los oriundos como los hijos de antiguos emigrantes, y yo, que era una cosa inclasificable pero sin duda alguna ‘etudiant’, según el ojo clínico de Ferreira, que así se llamaba el contramaestre. El gallego debió notar nuestra extrañeza al vernos juntos formando un grupo tan heterogéneo -a nuestro juicio- y también al ver como nos mirábamos de reojo, estudiándonos con desconfianza, y se sintió obligado a aclarar.

    -He pensado que ustedes trabajarán juntos con nuestra Belle Monique…

Caras de alegre y sorprendida expectación entre el mocerío.

    -Oh la la la la la, Monique. Yo estoi yo bien seguro de que nos entenderemos con ella totalmente ¿no lo es, no o qué? -exclamó el francesito rubito- Sobre todo yo ¿no es ello bien seguro, eh?

Monsieur Ferreira sonrió.

    -Por aquí, señores

Le seguimos un trecho hasta una esquina de la nave, luminosa,  tranquila y presidida por una gran cristalera. Ferreira se acodó junto a una secadora parada, nueva, de color verde, impoluta, y le palmeó la chapa.

    -Les presento a la nuestra Belle Monique, cinco toneladas, no sé cuantos kilowatios y una capacidad de rotor combinable.

La cara del rubito descarado era un poema. Sin duda, iluso, había imaginado alguna otra cosa. Ferreira prosiguió.

-Se calienta en sólo diez minutos y tiene hasta cinco velocidades de rotor -Monsieur Ferreira sonrió como habría sonreido Al Capone antes de darte matarile- y de ritmo de trabajo, por tanto.

Encendió la máquina, un piloto verde se iluminó y los rodillos se pusieron pesadamente en marcha.

    -Es virgen -y nos guiño un ojo- se instaló la semana pasada y estaba esperando a unos caballeros como ustedes.
 
    -Ya sabía que estábamos en un burdel -comentó el rubito- pero los clientes no somos precisamente nosotros… ¿eh, patron? (jefe, señor, encargado, dueño, amo y, en general, todo aquel que manda algo).

Ferreira miró para otro lado y pasó por alto la observación. El copain-líder, el rubito, parecía idiota, pero no lo era en absoluto. Estaba hasta los cojones de Ferreira, de su sonrisa impoluta como su camisa, de su vientre plano como su cerebro y, sobre todo, de los chistecitos que hacía. Y se le notaba en la cara. Hasta los ‘otros’ estudiantes, los ‘arabs’, empezaron a mirarlo de otra manera.

Así fue como empezó mi primer día de currante. Un gran día. En menos de dos horas había aprendido más que en todo el bachillerato.

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7 respuestas a Todas las servilletas, sábanas y manteles de París

  1. Siana dijo:

    Bueno, bueno. Las otras caras de Paris. Mucho mejor así, conocerlo todo. Eso sí es un bautismo laboral. Con ese grupete de etudients cachondos tan variopintos, seguro que hubo buena fraternidad. La belle Monique….qué cara se le debió quedar al rubito! El jefe Ferreira era un poco capullo, no es? Cómo va a recibir esa cenita de pasta después de este día, Bowman…seguimos a la espera.Por cierto: Me sucede como a Remolina. Sepa gracias a usted, y a las fotos hermosas que Lenka tiene en su blog en “disparando”, viajaré a Paris este año entrante. Caiga quien caiga.

  2. Trinidad dijo:

    "En menos de dos horas había aprendido más que en todo el bachillerato". ¡Qué razón lleva! ¿Y esa cena para cuándo? Estamos ansiosas por saber qué ocurrirá. Yo también tengo unas ganas locas de ir a París. Esperemos que del año que viene no pase, como Siana.

  3. Lenka dijo:

    Ventajas de poseer una mente retorcida: estaba tan segura de que la Belle Monique era algún tipo de trasto mecánico como lo estuve en su día de que la Bella Helena mandaría a hacer puñetas al gabacho. Es lo que tiene París: que convierte la vida en una novela, ello no es??Calculo que, pese al jefe chusquero y los calores, se echó usted sus buenas risas en compañía de semejante tropa. Cuéntenos. Cuéntenos de ese otro París de sábanas blancas y etnias operarias, que seguro que tiene su miga. No va a ser todo laturifél. Y por dioooooos, que llegue ya esa cena!!! Se da usted cuenta? Esto le pasa porque sus fans semos mujeres. Que andamos todas esperando el momento erótico-festivo. En vilo nos tiene, señor mío (porque lo sabe, no me diga que no). Entretanto no se piense ni por un momento que no la estamos gozando con todas sus historias parisinas. Oivá, Sianeta, celebro que mis pequeños disparos hayan contribuido a tu decisión de patear París. Ya verá como las fotos se quedan muy cortas comparadas con la realidad. Que a París hay que oírla y olerla también. Te va a encantar, seguro. Y es que, con fotos o sin ellas, cualquiera no se muere de ganas de ir leyendo al Bowman!!!!

  4. Ambrosio dijo:

    Bueno, en fin y ejem. Lo adelanto, querido y fidelísimo público, q aquella noche no pasó nada. Bueno, algo pasó pero nada sentimental. Bueno, sí. Sentimental fue lo q pasó, pero en otro sentido distinto al que, por lo que voy viendo, espera la clá Héléne me llevó a un concierto, tocaba un español celebérrimo entonces y q hoy, ya fallecido, está en la historia de la música. Era un acontecimiento y, claro, aquello estaba lleno de españoles… y, bueno, pacencia, carambas que estoy en ello. Para q la cosa sentimental con Hélène cuajase hizo falta un poco de tiempo. No mucho, porq no le había, pero sí unos días. Hélène, que era romántica y novelera, los necesitó para armar un argumento afectivo serio y sólido: Hélène hacía las cosas bien. Todas las cosas. Debo aclarar, por si aun no lo está, q la iniciativa fue siempre suya y q en sabiduría, oficio y recorrido me sacaba varios cuerpos. Cuando yo iba, donde quiera que fuese, ella volvía, pero es que ya había ido y vuelto varias veces. Aun así, con todo lo lista que era (que lo era, y mucho) su franqueza afectiva le perdía. En este mundo traidor, la franqueza hay que dosificarla. Y en el terreno de la sentimentalidad y de los afectos, especialmente.Muchas (pero muchas: no se imaginan cuantas) gracias por su atención.Seguiremos informando.

  5. Lenka dijo:

    Toca, por lo visto, armarse de paciencia. Y, mientras llega la parte romántica, bebernos sus anécdotas con la misma satisfacción que hasta ahora. No se preocupe, Maese, que sus fans le serán fieles hable usted de pezones de fresa o de adoquines. Ops, la franqueza emocional. Qué cosa más peliaguda y traicionera. Traicionera, sí, porque ni queriendo puede disimularse muchas veces. Una puede pasarse años ensayando delante del espejo, negar la evidencia y soltar el discurso más convincente. Como se meta la emoción por el medio, jodido lo tenemos. Hay ojos que no mienten. Se empeñan en contradecir a la lengua. Para que luego digan que los hombres no se enteran de nada porque son tontos. Demasiado poco tontos son algunos. Y demasiado poco mentirosas algunas de nosotras cuando más nos conviene. Servidora se pasó media vida haciéndose la misteriosa pa que al final le cantaran los ojos más que el faro de Alejandría. Traidores!

  6. Siana dijo:

    No se preocupe comandante que sus seguidoras disfrutamos con todos los episodios parisinos. Hombre lo de la Hélène despierta nuestra curiosidad, y si lo que ocurrió fue sentimental y romántico pues mejor todavía. Ella normalment debió ser una mujer muy interesante, ello es. Estoy con Lenka, la franqueza emocional se puede controlar hasta cierto punto en que estalla por el lado más traidor (o el menos, de hecho), como los ojos, mismamente. A ver si nos cuenta lo del concierto. Tenemos paciencia pero ….cuéntelo, cuéntelo! cuándo lo contará? jejejeje. 😉

  7. jack dijo:

    Oh, por favor. Desarrólleme eso de la franqueza emocional.

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