Hay otros mundos, pero están en éste.


En París hay mucho que ver. Aquí, Mademoiselle Venus de Milo, domiciliada en el Louvre. Una
peregrinación imprescindible (aunque no se trate de una Virgen).

Ivelinne-Sur-Seine era, definitivamente, OTRO París. La boca del metro vomitaba oleadas de mano de obra con destino a las instalaciones industriales que movían Francia. Estábamos en París, que duda cabe, pero era otro París. Duro, correoso, con calles sin aceras y salpicadas de charcos que cruzaban hombres y mujeres callados que caminaban reconcentrados, en silencio y, sobre todo, deprisa.

Eran el proletariado.

Proletariado industrial europeo: unos tipos privilegiados que comían tres veces al día, trabajaban sólo cuarenta horas semanales, tenían sindicatos, seguridad social y vacaciones ¡pagadas! Con su sudor, su profesionalidad y su esfuerzo, encima, hacían andar Francia, un país comme il faut. O sea, como dios manda (y no cualquier birria del tercer mundo). Eran los tiempos anteriores a la primera gran crisis mundial del petróleo.

-Hagan el favor de desnudarse ¿no es?

-¿Mande?

-¡Qué se quite la ropa!

-Ah. ¿Toda?

Se conoce que mi sino en Francia era andar en cueros delante de personas del sexo femenino que estaban vestidas. Y todo en situaciones de lo menos sugestivas.

-Sí. claro. Completamente -dijo la doctora Carpentier como si lo raro en esta vida fuera estar vestido.

Todo su equipo lo componían chicas. Médicas y enfermeras. Extraordinariamente jovencitas y extraordinariamente bellas, rubias, francesitas y decididamente paneuropeas. Dulces melenitas, tiernas coletas, delicados pendentifs en orejitas jugosas, como de juguete. Eran de anuncio, vamos. Un casting perfecto de la avanzadilla de la modernidad feminista europea y mundial (hoy, la más joven de ellas tiene sesenta. O así).

‘Aquí, es que hasta los médicos son chavalas-cañón’, me dije recordando al dr Retuerto, de mi ambulatorio de la SS, en Madrid, que tenía cara de capador de puercos y al respirar hacía un ruido como de locomotora. Cuando te ponía el fonendo y acercaba la cabeza a tu oído resultaba muy angustioso. En cambio, si una de aquellas angelicales criaturas me pusiera el fonendo en el pecho (o donde fuese, vamos, no soi nada maniático yo en materia de fonendoscopios, o sea) no me angustiaría nada. Al contrario, sería feliz como una perdiz. A mi lado, un tipo chaparro, con pelos en la napia y un pene como un sacacorchos ya se había quedado en cueros. Yo, en cambio, había empezado a desanudar uno de mis exquisitos botines de loneta para baloncesto.

-Señor, fuera conveniente que se apresurase o nos dará ¿no es?  la Navidad. Y eso que faltan seis meses.

Yo sonreí. ‘Japuta europea, asi te follen diezmil gorilas sicalípticos a la vez, capullona’. Eso no lo dije, pero lo pensé. Ya en cueros, alineado con la más demente representación del sexo masculino que dios haya puesto en la Tierra, aguardé acontecimientos. Un negro chaparro, de Sierra Leona, con un torax que parecía un atambor medieval y un pene como el badajo de las campanas de Nôtre Dame, sólo hacía que toser y disculparse.

-No tengo nada, yo se lo aseguro ¿no es pas? Es que es una contricacion nerviosa de los filamentos, ya se sabe. A mi abuelo también le pasaba eso ¿es que no es, verdad? Pero no es contagioso, yo digo…

Un polaco cabrón empezó a descojonarse -por lo de la contricacion nerviosa de los filamentos, mayormente, que es que fue muy fuerte- y fue expulsado ignominiosamente.

-¡Largo! Es increible eso, mi dios, oh la la la la la….

El polaco, en calzoncillos y con un crucifijo en el pecho rubio y velludo, salió aguantándose la risa -mal- y murmurando lo que imagino eran cachondadas en polaco.

-Oh la la la la, le polonais, quoi….

Para el francés, el polaco tiene que llamarse Marie Curie o Federico Chopin. O como que no. Y mira que hay polacos en París. Casi más que gallegos (que hay un porción: medio Chantada está allí). A las francesas, entretanto, se les estaba viniendo el encalabrinamiento y entre dos se llevaron el negro a rayos a ver si averiguaban que rayos le pasaba. A todo esto, la dra Carpentier se lanzó a pasarnos revista, a ver si terminaba con aquel circo, escoltada por una corte de cinco chiquitas que tomaban nota de cosas peregrinas.

Por ejemplo, un joven gallego unicejo de Lalín que empezó a empalmarse. Era un crío, como yo, o más joven aun, rubiejo (‘loiro’), el pelo cortado a cepillo y fuerte como un toro. Debía currar desde los doce años y los hombros y los pectorales tenían unas dimensiones fuera de lugar, como de figurante de ‘peplum’. El caso es que el pollo cada vez la tenía más en plan (la esa, digo) y nadie parecía darse cuenta del fenómeno, aunque no era cierto: las chicas lo observaban por el rabillo del ojo con inquietud. Hasta que los morutas empezaron a descojonarse.

Los morutas, en realidad, no eran morutas ni nada sino bien humorados estudiantes franceses, hijos, eso sí, de antiguos emigrantes argelinos y marroquíes. Fue entonces cuando la doctora Carpentier se dio cuenta de la situación y se puso como una hidra señalando al gallego que seguía allí plantado, inmóvil y colorado como un tomate con su virilidad en presenten armas. Una pelirroja que no se podía aguantar ya la risa, fue donde los morutas a pedirles, por favor, que se callaran o se iba a armar la de dios porqe su jefa -la doctora Carpentier- estaba empezando a perder los papeles, la compostura y la paciencia. Los chavales asintieron y se pusieron serios, pero entonces apareció una señora muy gruesa y como normanda -muy pelirroja- con un bote de alcohol en la mano y empezó a esparcir con un fru-fru alcohol sobre la notable virilidad del gallego, que con el fresco enseguida dio muestras de remitir. Pero, claro, los que estallaron en carcajadas entonces fueron los miembros de otro grupo de estudiantes franceses, tres o cuatro ‘copains’ (‘compañeros’, ‘coleguitas’, ‘amiguetes’ o cosa similar) muy finos, muy puestos, con cazadoras guais, collares ‘hippies’ y tupé a medio camino entre Johnnie Halliday y Adriano Celentano, y que estaban en una esquina, en cueros como todos, pero nada corridos los muy capullos sino, al contrario, como muy divertidos y orgullosos de mostrar sus credenciales al equipo médico. Todo fuese por el ‘boulot, hein’.

-¿Y no nos vas a meter el dedo en el culo? -le decía uno rubito, muy gracioso, a la pelirroja, que ya no se aguantaba la risa y negaba con la cabeza sin mirarles- Pues ya es lástima ¿qué no lo es? -añadía el rubio. Y ponía cara de vicio.

Otro de los graciosos meneaba la cadera ostentosamente agitando el colgajo. Y señalaba para el grupo de francesitos oriundos. Oriundos del Mogreb, o sea.

-Es una pena porque aquí, a los árabes, seguro que les encantaba que usted les metiese ese dedito ‘si mignon’ (‘tan mono’) en su culazo musulmán ¿Ah que sí, tú, Mohamed?

Los miembros del otro grupo de estudiantes, muy serios, levantaron las manos en dirección a ellos haciendo con el índice hacia arriba el internacional y bien conocido gesto de la peineta mientras les dedicaban una lindeza.

-Va, Mohamed ¿vas a enfadarte? De buen rollito, tío, que esto es  curro para todos. Terreno nutral ¿no es que lo es lo que esto es?

Los ‘árabes’ sonrieron cómplices.

-Ok, Yann Pol Marí de St Yann: pero ya te pillaré yo por banda, bonito mío y te meteré el cepillo ese de gilipollas ‘salaud’ que llevas en en la cabeza por el puto culo tuyo. Seguro que te hace cosquillas y te gusta

La  doctora Carpentier levantó el auricular del teléfono de su mesa de trabajo.

-¡Cáááállenesé! ¡Todos! ¡Ahora!- chilló furiosa enviando una mirada asesina a todos los presentes.

Y se puso a dar voces por el auricular.

-¡Están todos sanos como lechugas, mi dios! -chillaba mientras sus ayudantes miraban para el techo y nosotros, disimuladamente, nos mirábamos el armamento unos a otros- ¡Yo se lo aseguro! Aquí el único enfermo soy yo, qué necesito ir al psiquiatra. Este condenado trabajo terminará conmigo ¿no es verdaderamente? ¡Y ustedes, vístanse inmediatamente! ¿A que coño están esperando?

Al otro lado del auricular, Monsieur Capàn, jefe de personal de ‘Les Blachisseries d’Yvelinnes Sur Seine’, asentía satisfecho. Y no era para menos.

Por su parte, la siempre delicada campaña de verano estaba resuelta.

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3 respuestas a Hay otros mundos, pero están en éste.

  1. Lenka dijo:

    Jajajajajajajaaaaa!!!! Pobre Doctora Carpentier!!! Pudiera parecer tremendamente agradecido un curro en el que tu deber sea ponerte morada a contemplar e incluso auscultar cuerpos encuerados de hombres, pero claro, qué puede haber más estresante que una panda de tíos en pelotas haciendo el ganso?? Son ustedes como niños, Maese. Menos mal que estaba usted para mantener la compostura como un caballero. Total, con certificado de sano sanote. Le dieron una copia?? Para Helenita, digo, aunque seguro que ella ya le tenía calculada la salud desde el primer vistazo que le echó encima. 😉

  2. Siana dijo:

    He pasado por aquí Comandante. Prometo leerle como es debido en cuanto aterrice, que a juzgar por lo que pone Lenka este capitulo también promete mucho! besotes

  3. Siana dijo:

    Maadre, pero a qué clase de trabajo se dirigía? Que me he perdido. Menudo cachondeo en filas!! (menos usted, no es?). Eso a la inversa ya le digo yo que no pasaría. Aventuro que la señorita Carpentier tal vez estaría acostumbrada a esto."contricacion nerviosa de los filamentos"Aquí no hay emoticonos llorando de risa, pero vamos, imagíneme asín. Lo dicho por Lenka: la Helenita ya debió calcular su salud a primera vista. Cuándo llegará ese plato de pasta…..Oye, y qué grande es la Venus de Milo, no es?

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