La murga del currelante

Me fuí a currar dando saltos bajo el cielo blanco del alba, exactamente el mismo cielo que Storaro había sabido meter en el celuloide de ‘El último tango en París’. Tan eufórico me sentía que hasta el metro me pareció un encanto. El metro de París iba aquella mañana lleno de negros.

De personas de color, o sea.

Las personas de color eran para mí un exotismo (aparte Louis Armstrong y don Antonio Machin, que eran como de la familia y no contaban como negros). Hasta entonces sólo había visto personas de ésas de color (negro) en el cine. En las películas de Tarzán, mayormente. Bueno, y en las de Sammy Davis Jr (que era un amiguete calavera de Sinatra y Dino Martin), en las del detective Shaft (un negro que sacudía unas galletas q te cagas) y en las tradicionales de las plantaciones del ‘hondo sur’ estadounidense, ya sabes, ‘Lo que el viento se llevó’, ‘El árbol de la vida’, y todo eso (aun no habían puesto en la tele la serie del ‘Kunta Kinte’). En esas los negros aparecían doblados como cubanos, lo cual que chocaba lo indecible (no que los dueños de las plantaciones tuvieran las voces de Antolín García y José Luis Pecker, sino que sus esclavos hablaran como cubanos. Aun más: como cubanos idiotas (sí ¿qué rayos hacía el manisero dando tumbos por Carolina del Norte?). Bueno, y también había un negro en las pelis de Sidney Poitier, que era algo así como ‘El Negro’, sobre todo desde que interpretó ‘En el calor de la noche’ con Rod Steiger, una peli que a mi madre le encantaba. Había un chiste idiota en la época que decía así. ‘Anoche fui al cine’. ‘¿Y que viste?’ ‘Una del Sidney Poitier’. ‘¿Y de qué iba?’ ‘De un negro…’ Vamos, que al Sidney Poitier siempre le ocurrían cosas a causa de su negrez, con lo que te quedaban encantado de no ser negro (el mensaje implícito en aquellas pelis era que si eras negro tenías que estar todo el santo día justificando tu existencia -ahora me llaman sr Tibbs y tal- que es lo que hacen los negros hermosos y buenos como Sidney Poitier y eso no molaba nada). Así que los negros del metro de París eran mis primeros negros de verdad y sin tonterías. Y me molaron cantidad.

Los negros de París sonreían siempre, llevaban gorros y pañuelos de colores y se movían cadenciosamente, como si bailaran. Además hablaban el ‘parisino’ de una manera particularmente arrastrada y llena de apócopes. El ‘parisino’ es una variante del francés como chulesca, gangosa y desganada que pone del hígado al resto de los francoparlantes. El ‘parisino’ està lleno de latiguillos intraducibles -’n´est-ce pas?’ o sea, ‘¿no es?’ o ‘¿no es ello pues que lo es?’- y en Francia, sobre todo, ha contribuido a la mala fama del habitante de París, mala fama -creo yo- que no debe poco a los complejos (raros, y provincianos) de los demás franceses.

La verdad es que no se puede decir de los parisinos que se caractericen por su simpatía pero a mí, en cualquier caso, me iba razonablemente bien con ellos (aunque no entendiese una mierda de lo que decían: me costó bastante entrar en su media lengua de perdonavidas, sobre todo cuando se dirigían a mi de improviso).

-M´sié… (o sea, ‘monsieur’, ‘señor’ o ‘caballero’)

-¿Mande…?

En cuanto a los negros, pues eran mayoritariamente de origen senegalés o congoleño (de la orilla occidental del curso bajo del río Congo). En aquella época, muchos ya eran franceses de nacimiento y no se distinguian de los franceses que venían de generaciones de ‘grandeur’, con tatarabuelos que habían estado en Rusia con Napoleón y en La Bastilla con Robespierre. Bueno, se distinguían porque eran negros, claro, pero quiero decir que por actitud, comportamiento, habla, etc, eran completamente franceses, no sé si me explico. Esto de los hijos de la inmigración no europea es algo que Francia nunca ha llevado demasiado bien, no sé muy bien por qué, lo cual que se nota -y no poco- en el actual desconcierto que se respira en las ‘banlieues’ de las grandes ciudades.

Yo no creo, contra lo que se dice, que los franceses sean particularmente racistas. Clasistas, en todo caso, aunque no más que los españoles (que lo somos bastante). ‘A ver, tú, échame una mano con esto, joder’. O bien. ‘Buenas días, don Hipólito. Perdone que me dirija a usted pero si usted pudiera echarme una mano un momentito yo lo quedaría agradecido de por vida’. Pero tampoco sería ésta la razón que hace que una parte de la actual población francesa se sienta excluída. Hay, creo yo, otro problema (que me va pareciendo común a todas las sociedades con economías avanzadas). Ciertamente, está muy relacionado con el clasismo, pero no sólo.

Me refiero a la formación. O, más bien, a la falta de determinado tipo de formación: la que se da espontáneamente, casi por ósmosis, en ciertos estratos sociales y que se obtiene frecuentándolos (o, casi mejor, naciendo en su seno). Esta formación consiste en prácticas de atención y trato, en prácticas de equipamiento personal y en prácticas, también, de cierta clase de iniciativa, así como en una introducción básica a la gestión de los sentimientos propios y ajenos y en nociones elementales sobre la razón, funcionamiento y sentido exacto del concepto dinero. También abarca algo de razonamiento abstracto y de comportamiento en ceremonias (y, en general, en entornos sociales gobernados por relaciones muy formalizadas) sin resultar envarado (al contrario, pareciendo muy suelto pero sin pasarse, o sea, no jodamos). Por último, esta formación o preparación incluye gobierno del cabello y de la imagen personal, normas estrictas sobre el saber estar en todo tiempo y lugar, sentimiento de las jerarquías, clasificación de las personas y, sobre todo, modos de detectar las oportunidades que salen al paso (y de cercenar las de los demás, a falta de la posibilidad de cercenarles las pelotas). Las economías avanzadas exigen una mano de obra tremendamente especializada.

Y lo malo es que ciertas sutilezas no se enseñan. Se traen de casa (o no hay nada que hacer) ya que se afinan, simplemente, y ejercitan cuidadosamente desde niño a base de la convivencia natural y frecuente con los matices de Mozart, con el jabugo cortado y servido adecuadamente, con el personal subalterno así como con el de servicio, con los colegios bien, con ciertas personas de relevancia y status o con los pintores paisajistas holandeses.

Puede que seas un excelente ingeniero, hijo, pero como además no sepas elegir una colonia, gorjear banalidades con intención (que es más difícil de lo que parece), ver el momento de dejar de gorjearlas para cambiar de registro (en ocasiones, varias veces en pocos minutos), gestionar una ERE (sin pestañear), dar la mano como dios manda a quien dios manda (y que, normalmente, no va señalizado), pisar moqueta sin aspavientos, ser ambicioso (pero no avaricioso), mentir sin que se note y, en fin, usar con convicción, precisión y oportunidad la jerga de la casta, vas de culo y cuesta abajo. Es más, la ingeniería no te va a valer para absolutamente nada.

Es curioso, pero la sensibilidad para discernir sin emoción los matices de la pincelada en los paisajistas holandeses es la misma que hace falta para elegir una colonia sin implicarse y, en general, para detectar una oportunidad sin dar la nota o para discernir dentro de una plantilla entre el grano y la paja y saber así a quien se echa (a la puta calle) y a quien no. La clase media tradicional de tenderos y funcionarios provincianos no tiene ni idea de todo esto, aunque ha oído campanas y se esfuerza, pero claro, en fin, se queda en hortera. De las nuevas clases medias, mejor ni hablamos.

Hace treinta años, en el metro de París, no pensaba estas cosas. Las pienso ahora, recordando aquel paisaje de mano de obra sin cualificar procedente de medio mundo y cuyos hijos ya forman parte hoy de una nación, de una sociedad y de una economía que cada vez manufactura menos cosas pero que dirige en todo el mundo esa manufactura, así como la comercialización del producto resultante. Para ello precisa de una casta con las mencionadas habilidades. Una exquisita casta sacerdotal con sutiles señas de identidad que permitan a sus miembros reconocerse, primero como iniciados en el secreto oculto y, segundo, como poseedores de los saberes que no se enseñan en ninguna parte pero que sólo se aprenden en determinados sitios (y que no guardan la más mínima relación con la  competencia técnica: estamos hablando de lo que hay que tener).

Y es que si hay otros mundos, no hay que ir a las estrellas a buscarlos. Están en éste. Como que dos y dos son cuatro.

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4 respuestas a La murga del currelante

  1. Rogorn dijo:

    Mondieu, M\’sieu d\’Bowmann, ¿es usted currelante o patrono? Los EREs los haces o te los hacen? ¿Que EREs tu?

  2. Siana dijo:

    Hace reflexiones muy interesantes. Sobre el tema del racismo siempre me dio la impresión, por los amigos de mí tía la parisina, que la peña estaba más integrada. El grupete de amigos que la medio parisina se llevaba a Teruel cada año -le hablo de hace muuucho tiempo- venia Frédéric, natural de Angola. No era lo extraño, era lo normal. Me pregunto si asistía también usted a clases de francés. Es que me imagino, poniéndome en su lugar, que a lo mejor era complicado, siendo tan joven, trabajando y la peña hablando en francés parisino.Ya queda menos pa la noche jejejeje…

  3. Lenka dijo:

    Hay que ver lo que le cunde a usted un viaje en metro equis años después!!! Es curioso lo que nos cuenta. Hace siglos mi augusta madre andaba paseando por París a la espera de un avión que la llevara a no sé dónde para reencontrarse con su querido esposo. La buena mujer, que nunca había salido de la Asturias provinciana, se quedó de pasta boniato viendo negros, hindúes y demases por todas partes, perfectamente integrados al menos en apariencia. Se pasmó porque venía de un mundo donde, efectivamente, no había más negros que Kunta Kinte, el Poitier y poco más. Todos ellos en la tele. Exceptuando a uno que lleva por Gigia toda la vida, que fue compañero de curro de mi madre y que no sé yo si en algún momento llegaría a ser el único negro de Asturias, tanto así que nos lleva haciendo de Baltasar desde que tengo memoria y por eso mismo lo conoce to dios. Nuestro negro, vamos. Un auténtico Baltasar negro y no pintao. Nivelazo. Y hoy día, uno más entre tantos. Total, que pasmá se quedó mi madre, positivamente pasmá. Creo que tiene usted mucha razón diferenciando (o poniendo de la manita quizá) lo del racismo y el clasismo. A todos nos entra la sospecha de que pocos querrían a su hija casada con Mohamed el frutero, pero no tantos le harían ascos a Nourdine el empresario forrao, ni al jeque de no sé dónde. Una de mis primas se ríe mucho por lo bajinis cuando ve las caras de pasmo de alguna gente al presentarles a su negrísimo marido, y las posteriores caras de alivio mal disimulao cuando les amplía la información: "es inglés, de Manchester". Ahí la cosa cambia y creo que les parece menos negro porque aunque tiene ascendencia jamaicana y senegalesa también la tiene gabacha, y cuernos, ha nacido en un país civilizado. El yunaitet kindom. Ande va a parar. Cuéntenos de su día de curro. Le trataron bien? Y cómo fue la noche???? En ascuas que nos tiene, caramba!!!

  4. koora dijo:

    Fueron una de las imágenes que más impactarón cuando fuí a París. Subir al metro que nos llevaba a un barrio periférico y casi todos los que iban en él eran negros. Te sentías realmente más blanca que nunca. Conocí hace años en Torremolinos a un senegalés llamado Amador que vendía cositas por el paseo marítimo. Nos contó que era exiliado político pero antes de venir a España había estado en Francia en la que no se sentía muy agusto. Se movía y era tan elástico como una palmera, parecía más etíope que del Senegal. Me regaló un palito de esos con los que ellos se limpian sus dientes tan blancos y yo le regalé -Cartas a un joven poeta- de Rilke. Tomamos algo parecido al "té" en su apartamento lleno de recuerdos de su tierra…Volví al siguiente verano pero Amador ya no estaba. Me pregunto qué habrá sido de él.Bowman es un placer leerte y gracias por estampar tus vivencias y reflexiones tan enriquecedoras.Saluditos 😉

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