Marcel, Paris, la nuit


  -¿Quieres cenar algo? -grité- Monsieur LeComte nos ha dejado raciones de emergencia en la nevera…

Helene salió de la ducha envuelta en un albornoz blanco restallante.

  -No, David. Gracias.

El albornoz -vistoso, lujoso, esponjoso, como ella- lucía ribetes azules en los bordes: en las mangas, en el cuello, en los bolsillos, en las solapas. También lucía el colorido emblema de un hotel -el Caribien, de Les Sables d´Olonne- bordado en el pecho.

  -Espero una visita…

  -Ah….

Mi corazón juvenil y loco se resintió celosín. ‘Habrá que ver la visitita’. Total, que me pongo a batir huevos para hacer una tortilla y tranquilizar también la mosca. Los batía con ira, como si me hubieran hecho algo, cuando -din-don- llaman a la puerta. ‘Avón llama’. Pues no: era la visita. Un maromo.

  -¡Ha venido Marcel!

Helene estaba coladita. En la cocina, yo batía huevos como si batiera los de Marcel.

  -Ah….

Entonces, oh sorpresa, la sonrisa cortés del Marcel de los huevos se desliza en la cocina a saludarme conciliadora. Y a estudiarme, ya de paso.

  -Hola, soy Marcel. Encantado.

Me reí por dentro: si yo estaba jodido, no veas él.

  -Tú eres el joven hombre español ¿no? que vivirá aquí con Helene….

Él si que estaba con la mosca. Esto otro que sigue, de hecho, no lo dijo, pero quedó implícito en el aire. ‘Y como me toques la Helene, nene, te arranco los esos y me hago un monedero con el forro. Lo entendiste ¿no, gilipollas?’ Yo puse sonrisa de ajo y le estreché la mano.

  -Sí, David es mi prenombre. Y ésta, mi mano.

Rubio, fuerte, treintón, francesito, ojos claros y voz potente, me da la mano y se me pone a hablar (mal) de Ocaña, Luis Ocaña, el ciclista español que estaba zurrando la badana a Eddy Merckx por las carreteras de Francia con ocasión del Tour, la celebérrima carrera ciclista de fondo. ‘Ocanna’ -que no Ocaña- para el gabachois (la ñ para el gabachois es como el alfabeto cirílico: un ‘non sense’).

  -Ese pobre tipo, Ocanna, él es español, yo pienso ¿no es?

Para responder hice un ruido. Él, erre que erre.

    -Él no ha de poder con Eddy. Es que es Eddy que es ¿no es?

Y yo, pues como que me encogí de hombros. No entendía una mierda (de lo que decía, de lo que pretendía ni, sobre todo, de qué coño iba, mareándome como me estaba mareando metido en mi cocina teniendo como tenía a Helene a tiro, aunque bien podía maliciarme que ya se la había tirado. Varias veces, además).

  -No sé.

  -Pues es importante ¿no es? para la España que Ocanna pueda con Eddy. Nosotros ¿no es? le decimos Eddy…

Ya me estaba tocando las narices el rubito.

  -Yo, ni montar en bici sé ¿no es? Con qué…  ya  te puedes ir a joder a otro lado, mamonazo, me cago en tu alma inmortal.

Esto que está en cursiva y en un cuerpo más pequeño no se lo dije, pero -dios lo sabe- lo pensé. Helene -entretanto- superperfumada, repeinada, pintada y adorable, hizo el milagro de entrar también en la cocina (donde ya estábamos Marcel y yo) y se colgó del hombro del listillo aquél. Lo hizo adoptando un aire interesante que le exigió doblar la rodilla y extender después pierna, tobillo y pie (con dedos y todo) sin chocar con nada. Una prueba irrefutable de la prodigiosa capacidad de aquella cocina, aparentemente minúscula, que desafiaría muchas veces más las leyes de la física.

  -¿Él no es adorable? -me dice la môme (*) poniéndolo a Marcel una mano en el pecho tarzanesco (así, como quien no quiere la cosa). Y prosigue- Él juega rugby, es de creer, con el Châtillon R, un gran equipo de la ‘banlieu’ ¿No es?

A mí me parecía formidable. La ‘banlieu’, el Chatillon R, el rugby y Tarzán.

  -Ciertamente encantador. Yo lo pienso talmente, a que sí. A ver…

A todo esto, la tortilla ya estaba hecha y la volqué en el plato bajo la mirada suficiente y engolada de Marcel, hermoso como el Príncipe de la película Blancanieves.


-Ella, pues, me parece una tortilla triste y solitaria ¿no es, David? -salta el cretino. Y prosigue- Pues nosotros nos vamos a cenar a los Campos Elíseos…

Yo sonreí amable. ‘Por mí, como si te vas a que King-Kong te dé por saco, gilipollas’, pensé, siempre cercano y entrañable. La verdad es que si él parecía el ‘Príncipe’ de Blancanieves, yo me sentía el conejito de‘Bambi’ -pom, pom, pom- solitario y gracioso.


(*) Môme, argot (literalmente, ‘momia’). Lo que los argentinos llaman ‘una mina’ y nosotros, ‘una chavala’ o ‘una tía’. En masculino, lo que en USA llaman ‘a guy’  y nosotros, ‘un tío’.

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5 respuestas a Marcel, Paris, la nuit

  1. Siana dijo:

    Ay ay…..Hélène, Principe Encantador y Comandante Tambor . L’amour, ah, el amor….http://www.youtube.com/watch?v=dfpz9uEH-fQ&feature=fvwDisculpe usted el atrevimiento. Ejem. Estooooo…el ménage à trois no es un invento francés? (ups)Vaya, nos vuelve a tener in albis hasta la próxima!!!!!!! jope. Lenka, tú me comprendes verdad?

  2. Lenka dijo:

    Yo te comprendo a la perfección, Sianeta querida. Pues sí, el ménage à trois… París… pero no veo yo a Don Bowman muy por la labor de confraternizar con el musculitos… Ay, Maese, qué chungo que es el amor!! Siempre con algún/a cretino/a en medio/a. Espero que en el próximo episodio utilice la sartén de la tortilla como arma arrojadiza. Y a disfrutar!De todos modos, si la susodicha Hélène no es tontorrona de remate, sabrá apreciar los encantos de Tambor. Fijo. Esperamos impacientes!!

  3. Ambrosio dijo:

    Bueno, se intentará satisfacer a este simpático y cariñoso público (pocas personas, pero las mejores sin duda)Vistos los hechos desde hoy, aun no m los explico bien. Yo tenía todas las de perder: emigrante, en el piso con ella (es decir, ella veía mi intimidad), un crío a sus ojos (tenía dieciocho años cumplidos y ella veintiséis), virgen (es decir, a la hora de la verdad no me enteraba de nada) y con un contrincante de película: bello, deportista, compatriota de ella, experimentado, adulto (Marcel tenía treinta y dos años)Pero la suerte se puso de mi parte. Yo entonces no sabía que la mujer es un ser raro y voluble. Tampoco m daba cuenta, pero por alguna razón que hoy ya no puedo averiguar, el sentimiento de Helene estaba por mi (no su razón). Marcel, encima, cometió algún error (sobre el que hoy sólo puedo conjeturar).El caso es q Helene acabó a mi lado (y entregada, las cosas claras) ¿Cómo sucedió ese milagro (Alá es misericordioso)? Pues es lo q iré contando proximamente.Sólo puedo decir que París m cambió y Helene no fue lo único que influyó en ello, pero tb es cierto que no fue poco. Suena raro eso para una persona a la que en el curso de un buen puñado de años de vida sólo traté durante algo más de un mes (intensa e intimamente, eso sí). Pero………………Visto desde la perspectiva de un viejo sólo puedo decir que fui afortunado y q sólo aquella experiencia bastaría para justificarme ante el Máximo Tribunal. Q ya está bien.

  4. Lenka dijo:

    Ah, Maese, pero es que ese viejo mito de que la mujer siempre se pone del lado del caballo ganador, siempre anda fijándose en el éxito, en el tío arrogante y triunfador aunque tenga poco seso, tiene mucho de mito. Las habrá, pero también las habemos que tenemos debilidad por el chico desvalido (o que nos lo parece, que luego habría que ver si lo es). Emigrante, joven, virgen… eso puede ser todo un aliciente para el lado erótico-maternal de una mujer. Raras y volubles, en efecto. Si, además, el Marcel andaba metiendo la pata (y tiene toda la pinta de haber sido bastante fatuo, el pobrecico), digamos que se le alinearon los planetas, Don Bowman. A veces pasa y no queda otra que disfrutar de la historia (de tontos sería no hacerlo)Esperamos impacientes!!!

  5. Siana dijo:

    Lenka ya lo ha dicho: hay mucho de mito en eso de posicionarse con el en teoría triunfador típico de anuncios de colonia…en cambio ese lado erótico-maternal que se despierta en las mujeres no es un ningún mito. Si es un poco inteligente Helena, y a la vista de los hechos lo era, sabría con quién tenía que quedarse. Entre tambor y el príncipe encantador, no hay color! El musculitos era previsible, tal vez muy posesivo, y usted era el aire fresco, el joven principiante, eso unido a todas las demás virtudes. Esa experiencia que le cambió a usted es algo que muchos desearíamos haber tenido o buscamos en algún momento de la vida. Y Paris –y Hélène- se lo dio. Fue afortunado. Y ella también lo fue!!!Le digo lo mismo que Lenka: esperamos impacientes la continuación, pero alargue esta parte de su vida con muuuchos episodios si lo desea. Nosotras, encantadas! Gracias, Comandante.

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