La sonrisa del catedrático de latín

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Monsieur LeComte, profesor de latín en La Sorbona, tenía la sonrisa pintada en la cara. Vamos, que sonreía constantemente.

-¿David? -inquirió nada más abrir la puerta y descubrirme allí, entre geranios y gladiolos.

Yo me pregunté si se beneficiaba de alguna bula y nunca tenía que asistir a funerales. Y es que era imposible que nadie fuese admitido en ningún funeral con la expresión de dicha que la naturaleza había entregado a Monsieur LeComte. Intenté sonreír como él pero me salió una mueca.

-Sí, señor. El mismo que viste y calza

El profesor LeComte (literalmente, ‘ElConde’) lucía melena cenicienta, barba espléndida y una cabeza cúbica en lo alto de una estructura longitudinal de uno noventa y aire adolescente. Y eso que Monsieur LeComte rondaba fácilmente la sesentena y casi podía ser mi abuelo. Más que profesor de latín parecía profeta bíblico. O ‘motard’, algo así como un ‘hell angel french version’, no sé si me explico.

-Jules Lecomte. Encantado -y me franqueó el paso señalando el pequeño recibidor mientras me tendía la mano y mostraba los dientes enmarcados por el mostachón y la barbaza- Pero, vamos, pase usted, hombre de dios, no se me quede ahí parado. Adelante, adelante, joven hombre, adelante, hágame usted el placer…. ¡Ah, la España…!

Esto era una cosa que me tocaba bastante las narices. En los cuatro días que llevaba en París, todo bicho viviente me identificaba sin remedio como español cada vez que abría la boca. El problema era que tal circunstancia me sacaba automáticamente del anonimato para proyectar sobre mí -o, mejor, contra mí- la colección de estereotipos acumulada por mi interlocutor sobre lo que pueda ser un español. Y aun más -alucina, vecina- sobre lo que pueda ser un británico, que ya es lo último: más de una vez, el comentario fastidiado, antipático y decididamente grosero que merecía mi primera frase en cualquier conversación era ‘ah, español, es lástima, hubiera jurado que era usted inglés’. La verdad es que el mundo medio del parisino medio era bastante medio también. Por decirlo suavemente.

Afortunadamente, el sr Lecomte estaba por encima de la media, y no sólo en estatura: no había veraneado jamás en España ni había cruzado nunca los Pirineos ni tenía la más mínima intención de hacerlo mientras viviera Franco. Tampoco tenía opinión sobre la gente en función de su parla o su pasaporte. Era fiel en eso a las enseñanzas de su gurú espiritual (incluido lo de veranear en España, imagino) y cuyo retrato acababa de ver yo grapado en la puerta con objeto, supongo, de que nadie se llamara a engaño a la hora de relacionarse con él. Con el sr LeComte, digo.

-¿Cuánto lleva usted en París, mi joven amigo? ¿Es la primera vez que viene a Francia? Habla usted francés realmente bien ¿no lo sabe?

Lecomte me indicó un cuarto que había a la izquierda, nada más entrar en el pequeño apartamento de poco más de cincuenta metros, y nos sentamos. El tipo era realmente amable, sonrisa aparte. Yo le dije ‘cuatro días’ y se volvió a mirarme como habría mirado a la mujer barbuda o a un cordero de dos cabezas.

-¿Es eso cierto, no es?

Yo estaba muy emocionado: había oído hablar mucho (y mal), tal vez demasiado, de los comunistas -rigurosamente prohibidos en España- pero era la primera vez en toda mi vida que me encontraba con uno de verdad delante y, aun más, que hablaba con él, incluso. La verdad es que parecía una persona bastante normal (mejor, incluso, que algunos de los numerosos y furibundos anticomunistas meapilas que había tenido ocasión de tratar allá abajo, en la católica España Imperial de la época, Salvaguarda de Occidente y Tierra Predilecta de María). ‘Mi’ comunista, encima, era tan cachondo que ostentaba en la puerta de su casa una imagen del amigo y compañero fiel de Marx, nada menos, lo mismo que en España se ostentaba en la puerta de la calle el Sagrado Corazón de Jesús o, como en todas partes, la condición profesional de uno: abogado, fontanero o registrador de la propiedad. Por si tanta novedad fuera poco, mi parla francesa -decididamente lamentable- se le antojaba el summum a nada menos que todo un catedrático de La Sorbona. Vamos, que motivos para la emoción tenía de sobra.

-Verdaderamente increíble, mi dios. Oh la la la la… Habla usted divinamente ¿no lo es?

Bueno, lo que había dicho era ‘incroyable’, y no ‘increíble’, lo cual es ligeramente distinto, y me explico: cuando un parisino dice ‘incroyable’ (sobre todo si va seguido de un interminable ‘oh la la la la…’ como era el caso) quiere decir eso, es decir, lo mismo que si hubiese visto a un niño meter el mar en un vaso, a un faquir levitar o a la virgen aparecerse real y verdaderamente a la Bernadette Soubirous en Lourdes.

-C´est Incroyable, oh la la la la…n´est pas?

Yo le dije que era muy amable pero que sabía que aun tenía un tremendo acentazo. El negó con la cabeza muy serio.

-Todo el mundo tiene algún acento de algún tipo, mon vieux (si me llamaba así, ‘mon vieux’, significaba que ya me consideraba su amigo). Solamente los imbéciles -y hay muchos, se lo aseguro- creen hablar una lengua ideal e inexistente. El hablante, por el mero hecho de serlo, construye y destruye -a la vez- el lenguaje ¿comprende usted? A diario, además.

Yo comprendía y asentía boquiabierto. Pero es que de pronto se puso a hablar en español, el gachó.

-Usted y yo estamos hablando formas ‘degeneradas’ de latín –’por decirlo de alguna forma’, añadió en francés- tanto si hablamos francés como este pobre español mío o cualquier otra lengua románica. Es decir, latín con un fuerte acento. Extraordinariamente fuerte, realmente.

Y volvió al francés.

-¿Me entiende usted?

Yo asentí con la cabeza, alucinado, y él se levantó.

-Bueno, vamos a lo nuestro, no quisiera aburrirle en exceso, veamos, ¿no es? Éste de aquí es su cuarto -y abarcó la estancia entera con gesto magnífico del brazo, como si fuera el Palacio de Versalles enterito- ¿Le agrada a usted? En el de al lado tendrá como compañera de piso a la señorita Helene, francesa, de Lyon, muy simpática. Creo que prepara una tesis absurda sobre el futuro de la economía europea…

Huelga decir que LeComte no creía en el futuro de la economía europea ni, en puridad, en el futuro de nada con semejante apellido, ‘europeo’. El cuarto, luminoso, de unos veinte metros, con balcón a la calle, sofá cama, una mesa y tres sillas junto al balcón, tenía también una pequeña pero nutrida biblioteca con cien o doscientos libros, así a ojo. En la pared colgaban dos cartelones primorosamente enmarcados y que anunciaban selectas exposiciones de pintura, una de Picasso en el MOMA, en Nueva York, y otra en el Petit Trianon sobre Paul Klee, un artista que venero desde aquel verano pues el cartel era precioso. En fin, poca cosa, pero todo cucón, limpio y dispuesto con esmero, cariño y gusto.

-Oh sí -dije- Es delicioso.

Salimos de nuevo al recibidor, me señaló la puerta de la habitación que sería de Helene, la chavala de La Sorbona, contigua a la mía, y enfrente, la cocina y el baño, que realmente no era ‘cuarto’ de baño sino, más bien, ‘armario’ y que contenía taza de water, plato -escueto- de ducha y ventanuco cuco a un bonito y amplio panorama de tejados parisinos sobre el que muchas mañanas vería alzarse majestuoso el sol con fondo sonoro de despertadores.

-Muy bien, muchas gracias. Estaré muy a gusto, ya lo creo.

El sacó las llaves, yo alargué la mano y el retiró las llaves.

-No hemos hablado de la forma de pago…

Yo me reí azorado.

-Oh, ah, sí. Usted perdone. Aquí está.

Y saqué del bolsillo un sobre mugriento lleno de billetes no menos mugrientos con la efigie de Voltaire y que sumaban dos mensualidades, las dos que harían de mí el dueño y señor del cuarto que me había mostrado, así como usufructuario del baño y de la cocina (compartidos con la chavala de La Sorbona) hasta el 31 de agosto. LeComte tomó el sobre, contó los billetes y me dio las llaves.

-Yo me marcho ya. Puede usted instalarse ahora, si quiere, joven hombre.

-Gracias, sí. En una hora. Primero voy a por mis cosas y vuelvo.

Así que corrí a casa de Raúl a por mi macuto y tras despedirme del buen mexicano y de su impúdica chica agradeciéndoles su generosísima y paciente hospitalidad de aquellos días inciertos, regresé más contento que unas pascuas al Bd Richard Lenoir donde llegué ya de noche y donde, oh sorpresa, había alguien en el baño.

-¡Hola…! -grité nada más cerrar la puerta de la calle y oír el agua de la ducha y el ruido característico del calentador.

-Bon jour, David -respondió una alegre voz femenina desde dentro- se muá, Helene. Yo tomo mi ducha.

Es así como empecé a saber que los parisinos no se duchan por la mañana, como en España, sino por la noche, vaya usted a saber porqué.

Y para qué.

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4 respuestas a La sonrisa del catedrático de latín

  1. Siana dijo:

    ¿Me deja usted que tome prestada esta frase? (bueno, que la tome prestada de tan ilustre y alegre comunista):"El hablante, por el mero hecho de serlo, construye y destruye -a la vez- el lenguaje ¿comprende usted? A diario, además".Creo que es fantástica. Qué persona tan singular e interesante es Monsieur Jules LeComte!!"En el de al lado tendrá como compañera de piso a la señorita Helene, francesa, de Lyon, muy simpática".Oh, mon dieu! Ahora hay que esperar otro poquito más. Leñes. Menuda vista de Paris, por cierto. Comandante sus historias parisinas crean más enganche que las teleadicciones. Gracias mil por compartirlas!!

  2. Lenka dijo:

    Servidora también se quita el sombrero ante la certera sentencia de Monsieur LeComte. Nunca lo hubiera pensado así, pero me parece una gran verdad. Así que ya le tenemos a usted bien cerquita de la vecinita Helene… la cosa promete!!! No tarde mucho en relatarnos el siguiente episodio!!! Por cierto, qué cosas, me acaba de descubrir que tengo "algo" de francesa, y yo sin saberlo (jodó, qué ilusión). Y es que yo también me ducho por la noche. De siempre. Por qué y para qué? No sé su amiga Helene, a mí me ayuda a dormir. Qué cosas. Preciooooosa foto!!!!

  3. Ambrosio dijo:

    Sobre la (certera) afirmación del profesor LeComte que tanto parece entusiasmarlas -y que resumo: \’Todo el mundo tiene algún acento de algún tipo (…al hablar…) Solamente los imbéciles (…) creen hablar una lengua ideal e inexistente. El hablante, por el mero hecho de serlo, construye y destruye -a la vez- el lenguaje (…) A diario, además\’- haré dos apreciaciones. 1) La conversación tuvo lugar hace bastantes años. El mundo y yo éramos otros. Nunca anoté la frase ni el contexto pero juro por lo más sagrado que en estos términos están grabados en mi memoria. Y conste que sé (por experiencia) que la memoria es traidora y veleidosa, tiene vida propia y NADIE controla enteramente la suya (y menos que nadie, los que aseguran controlarla, se permiten corregir a los demás y, encima, presumen de objetividad: esos son de una peligrosidad rayana en el delito). La sinceridad y la franqueza, por tanto, no pueden constituir por si mismas una virtud ni justificar el interés de un relato. ‘Es que es muy sincero’. Con sinceridad y franqueza se han colado falsedades inmensas y, lo que es peor, relatos tremendamente inútiles y aburridos. La única virtud posible es la que el relato pueda tener por si mismo, al margen de su objetividad, su verdad, su fidelidad a cualquier hecho o sucedido y, en especial, al margen de la sinceridad del narrador. En fin, que no se trata de que un cuento sea cierto. Se trata de que lo parezca. Un buen relato nunca es falso: un buen relato establece su propia verdad y ejemplos hay a patadas. La (¿falsa?) historia de amor entre Jack y Rose a bordo del ‘Titanic’ o el magnífico relato mítico elaborado por los golpistas del 36 y que evoca a Franco volando en el ‘Dragon Rapide’ entre Tenerife y Marruecos para ponerse al frente del movimiento cívico que salvaría a España. Historias tan buena como falsas. O el cuento expuesto en el ‘Cantar del Cid’, extraordinariamente elaborado, con un Rodrigo Díaz traicionado por la pérfida nobleza astur-leonesa. Hay hoy escritores, y pienso en uno concreto que conocemos bien, que aseguran que lo importante es lo que se cuenta -el material narrativo- y no como se cuenta -la técnica- dándose la extraordinaria paradoja de que ellos mismos desmienten semejante aserto con su propio trabajo. Las diferencias (abismales, a veces) entre los trabajos de unos escritores y otros -todos ellos con materiales apasionantes en las manos- me da la razón. Y no me hagan poner ejemplos porque sería injusto, sería feo y no está bien señalar con el dedo. Bueno, voi a poner uno: ‘Los Pilares de la Tierra’ (es tan masivo el entusiasmo q despierta esa novela que mi opinión en contra se me antoja tan marginal, boba e irrelevante como una gota de agua destilada en un cubo de fregar, pero es la mía y la voi a dar aquí). El libro se me cayó de las manos cuando descubrí que los honestos maestros canteros medievales, los míticos ‘constructores de catedrales’, expresaban sentimientos y manifestaban comportamientos de profesional londinense de clase media del último cuarto del siglo XX. Sólo les faltaba, de hecho, veranear en Benidorm. Todo el universo referente a su oficio está magníficamente evocado pero cuando se divierten, sueñan y aman parecen vecinos de una ‘urba’ de adosados, no sé si me explico. Peor aun, no ‘parecen’: SON como sueñan que son los vecinos de las ‘urbas’ de adosados (y perdón por la maldad). Y eso será muy comercial, pero es muy poco serio. Un buen relato es complicado. Por eso el Cantar del Cid (con sus cantares de bodas, del destierro y no sé q más) es inmortal (con todas sus fantasías a cuestas, que no tiene pocas). Porque es perfecto (y valiente y porque después de no sé cuantos cientos de años sigue sorprendiendo y conmoviendo: aquello de ‘tira y calla y no marees que así nos ganamos el pan’. O lo de ‘hombre sin manos tú eres ¿cómo te atreves a hablar?’. O las increíbles descripciones, casi decimonónicas, de los valles del Jalón y del Arbujuelo tal y como aun hoy pueden divisarse desde el cerro de Medinaceli, con la nacional dos en medio). Otro relato perfecto (y cada día más) es ‘La sombra del águila’, de Pérez Reverte, por citar algo actual y no ponerme superferolítico con el venerable clásico de la literatura española. 2) Es cierto que cada hablante (todos y cada uno), por el mero hecho de serlo, construye y destruye a diario el lenguaje. PERO (y los peros son importantes) hay hablantes que lo construyen MUCHO y lo destruyen muy POCO y que, sobre todo, hacen ambas cosas CUIDADOSA Y PREMEDITADAMENTE, con conocimiento de causa y puntillosidad extrema, mientras hay otros (en el extremo opuesto) que no sólo construyen el lenguaje común muy POCO (y en proporciones despreciables) sino que cada vez que abren la bocaza perpetran auténticos crímenes contra las leyes que permiten el entendimiento entre todos. Y su mayúscula ignorancia no es un eximente. Desfalcos, atropellos, asesinatos, genocidios, robos, en fin, graves siempre pero que la vanidad y la prepotencia agravan más aun incorporando a la barbarie lingüística un crimen nefando cada vez más extendido. La desvergüenza del sinvergüenza que de nada se avergüenza. Vamos, que el crimen lingüístico se está agravando con la llegada al mismo de los miembros eméritos de la ONG ‘Capullos Sin Complejos’ (y sin fronteras) en la que forman todos aquellos que como máximo eximente y \’prueba\’ (¡prueba!) de honorable bonhomía exhiben una \’conciencia bien tranquila\’. En fin: absolutos ignorantes que ignoran que ignoran, por ejemplo, su carencia de conciencia, las leyes que rigen la lengua y los apellidos de sus respectivos padres.

  4. Siana dijo:

    Recuerdo cuando dijo eso, cenando el verano pasado. Que lo importante era la historia, y la técnica obviamente también pero puede quedar en segundo plano cuando la historia ha atrapado al espectador. Es posible que citara el ejemplo de “La isla del tesoro” en aquel momento para justificar lo que acababa de decir? Ya no lo recuerdo bien. Podríamos recurrir a las crónicas que hicimos. De todos modos, como bien has señalado, él mismo es muestra de perfección formal en cuanto técnica. Es impecable. Y sin denostar la historia, todo lo contrario. Es interesante lo que mencionas de los Pilares, lo de la manera de hablar de los maestros canteros y la credibilidad. Yo no he conseguido acabar esa novela. Bueno, de hecho, no he podido ni comenzarla, la tengo en la estantería aburrida de la espera ya. Y me siento un poco mal no haber sido capaz puesto que todos los lectores que desfilan por mi trabajo, y los demás que la han leído, me han dicho que es buena. Salvo una o dos personas. En cuanto a Monsieur LeComte y su genial frase, lo que me gusta es el sentimiento de libertad que expresan esas palabras. Cuando hablas un idioma que es no es familiar, esas palabras son un bálsamo, n\’est-ce pas? A mí me enternece oír hablar con acentos, cualquier acento. Me gusta cómo suenan. He tenido que ver ciertos menosprecios por esa razón y lejos de animarte a lanzarte con un idioma, lo que haces es retirarte y lo peor, tenerle miedo. La perfección formal es deseable, cómo no, pero lo es más el deseo de aprender y sobretodo de comunicarse. Y siempre tendremos referentes que han enriquecido –construido- el lenguaje (Machado, mismamente; o Cervantes, Mercè Rodoreda, Rosalia de Castro…). Unas apreciaciones muy buenas, por cierto, Comandante.

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