Ni Victor Hugo ni mi abuelo.

Quien nunca haya leído alguna de las novelas y relatos cortos del comisario Maigret (léase ‘megré) tendrá más difícil respirar el Paris provinciano, libre y confiado del tercer cuarto del siglo XX. También se perderá una grata (y emocionante) experiencia literaria. ‘Los Maigret’ -como llamamos los fans a estas historias- fueron escritos por el belga Simenon a lo largo de cuarenta y dos años (y menudos años: los que caben entre 1931 y 1972).


Simenon y Jean Gabin en el set de rodaje de ‘Maigret tend un piège’ (1958)

En los ‘Maigret’ posteriores a la II GM, el cielo de París se despeja (frente al París cubierto, frío y desapacible de los veinte primeros títulos de la serie). Sí, de pronto deja de llover en París, los bulevares se llenan de gente dichosa y hasta sale el sol. Es el París que amó Gerswin. I love Paris in the springtime…. Se trata de una imaginería nacida con la entrada de los aliados en el 44. Y también de un estado mental ‘encantado’ que murió con Les Halles, con el viejo Louvre y con la primera crisis del petróleo en los 70. Un mundo luminoso, próspero y optimista que yo llevaba en la cabeza y que no me defraudó. Mortal afortunado, llegué a conocerlo antes de su desaparición definitiva.

Por aquel entonces, Merckx -el Caníbal- sufría por las carreteras de Francia la única humillación que recibiría en su vida (de manos de un español, un emigrante, Luis Ocaña u ‘Ocanna’). Simenon, por su parte, acababa de publicar el que terminaría siendo último Maigret –’Maigret et Monsieur Charles’, Presses de la Cité (París)- y yo me dirigía por el boulevard Richard Lenoir en busca, no de la casa de Jules Maigret y señora (que vivían por allí, según la leyenda), sino de la del profesor de Latín de La Sorbona Monsieur Jules LeComte.

Principiaba julio, hacía un calor bochornoso, en poco más de una semana festejaríamos el 14 juillet y por las ventanas abiertas de las casas surgía un rumor bullicioso y feliz. Era como vivir talmente en el interior de una novela del comisario (L´amie de Mme Maigret, 1950. Maigret en meublé, 1951. Une confidence de Maigret, 1959. O el relato corto, ambientado en la place des Vosges, L´amoureux de Mme Maigret, y que aparece en Les nouvelles enquetes de Maigret, 1944).

Pensando en todas estas cosas -y en que me encontraba en el interior de un relato de Jules Maigret- me llegué hasta la casa de Monsieur LeComte, un viejo y hermoso edificio decimonónico magníficamente conservado (al revés de tantas casas del centro de París de entonces) con la escalera primorosamente pintada y los escalones de madera barnizados como un barco de cuento. Naturalmente, no había ascensor y yo pensaba dos cosas. Una, que por aquella escalera no sólo habían bajado decenas de ataúdes sino que también habían subido millones de amantes a hacer unos hijos que ya hacía tiempo que se habían muerto de viejos. Sí, aquella casa y aquellas maderas -más nuevas y menos desgastadas, pero no menos cuidadas que ahora-  ya estaban allí cuando Toro Sentado y Caballo Loco aniquilaron el Séptimo de Caballería de George A. Custer en las Black Hills de Dakota en 1868. Por alllí habían subido las botas de los SS durante la ocupación, los zapatos de las madames volviendo a casa aterradas tras los zambombazos del ‘Gran Berta’ y las alpargatas llenas de tierra y orín de los currantes que al otro lado de la ciudad construyeron la Tour de Monsieur Eiffel. Así que subía pisando con respeto y pensando otra cosa: que en España haría tiempo ya que aquella casa habría sido reducida a escombros por un ignorante de apellido sonoro y misa dominical con el único objeto de levantar en su lugar una mierda de hormigón y cristal.

En el cuarto piso, la luz natural entraba por un lucernario que habia en el tejado y la escalera adquiría un aire extraordinariamente alegre. En el descansillo, tanto en el suelo como colgadas de las paredes, había decenas de macetas con flores amarillas, azules y rojas, así como enredaderas locas que trepaban por entre ganchos hábilmente dispuestos para crear una rara sensación de pequeño jardín colgante y aéreo

Cubriendo la puerta izquierda, grapado directamente en la madera, había un gran poster con el retrato decimonónico de un caballero barbado. No sin ironía, me pregunté si no sería aquél el señor LeComte, mi futuro casero. Pero no. En un borde blanco, escrito con rotulador rojo y como respondiendo a mi malintencionada pregunta, ponía (en francés, claro) ‘no, señora, no es Victor Hugo ni mi abuelo’. Bueno, ya sabía quien no era. Y me acerqué a llamar. Entonces vi que  en un lateral, junto al copyright del cartel y la mancheta de la imprenta, ponía ‘portrait de Friedrich Engels (1820-1895)’. Y llamé.


Portrait de Friedrich Engels (1820-1895)

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2 respuestas a Ni Victor Hugo ni mi abuelo.

  1. Siana dijo:

    Y qué paso después, qué paso??

  2. Lenka dijo:

    Anda que no es usted nadie dejando intrigada a la audiencia!!!!

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