Salomón, Anouk Aimée y las mademoiselles, oh, la, la, la, la, la, la….

Me habéis hecho pensar, nenas, y darme cuenta de que las ausencias, en realidad, son más que la Binoche.

Y es que un mero recuento -de memoria y no exhaustivo- arroja un buen saldo de ‘chavalas-tipo’ no mencionadas en el post anterior. Chavalas francesas, se entiende, claro. Este saldo, de hecho, confirma que si bien ‘la francesita’ no existe en realidad, como ya se señalaba en la entrada anterior, el mito sí.

Basta evocar, aparte la Binoche, a Nathalie Baye, a Sylvie Vartan (otra variante del modelo Jane Birkin/Françoise Hardy), a la internacional Jacqueline Bisset (inglesa, de madre francesa, perfectamente bilingüe y tan francesa, a la postre, como la que más), a Julie Delpy, a Jeanne Moreau, a Marion Cotillard (reciente y exitosa Edith Piaf), a Fanny Ardant o a la tan de actualidad Charlotte Gainsbourg, o sea, a la chica de la Birkin, que apunta excelentes maneras (de casta, como dicen, le vendrán, ya veremos en qué acaba).


O esta señorita que ahora no sé yo como se llama.

Pero no se vayan, chicas, no, no, que hay más.

Aun queda una mujer aparte, mucho más que francesa porque es exquisitamente europea y, más todavía: continental, sofisticada, elegante y natural, la envidia de USA y de los anglosajones en general, como reconoció el llorado Robert Altman al darle ‘El Papel’ en la divertida, genial y descacharrante ‘Pret a porter’. Me refiero a La Mujer. Me refiero, claro, a Anouk Aimée.

Y como para muestra basta un botón, aquí la tenéis con Marcello en ‘La Dolce Vita’ cuando la horterez era horterez con todas las letras, Europa era Europa y los Estados Unidos, un sitio lleno de paletos al otro lado del charco.

A Anouk Aimée sólo le hizo sombra una italiana, la Vitti. ¡Jesús, que hembras! La verdad es que mujeres para el cine sólo han salido de Europa. Salvo Bette Davis y Meryl Streep, cada vez que los americanos han tenido una tía con interés -¡zas!- se la han cargado. ¿Que fue de Angie Dickinson, Debra Winger, Barbara Hershey, Ellen Barkin, Kathleen Turner y tantas otras bellas ‘a la contra’ que no basaban su fuerza ante la cámara en la contundencia de los detalles físicos?

Como decía Buñuel (que se fue a México después de dictar una lección, ‘The young one’), en el cine yanqui mandan paletos enriquecidos. La verdad es que es difícil imaginar al tío Luis (Buñuel) transando con Louis (B. Mayer), Jack (Warner) o Zanuck, a quienes lo que les ponía eran personas contundentes como Raquel Welch, Jayne Mansfield o Marilyn (q luego demostraron tener algo más que canalillo, sí, pero que no fue eso lo que las aupó, como hay dios).

Hija de actores, Anouk Aimée alcanzó la inmortalidad con películas míticas como ‘Ocho y medio’ y ‘La dolce vita’, ambas de Federico (Fellini), en las que tenía a Marcello de partenaire, encima. O como la ‘Lola’, de Jacques Demy. O como ‘Montparnasse 19’, de Jacques Becquer, una de las películas europeas más célebradas de todos los tiempos y donde fue nada menos que la Jeanne Hébuterne de un Amadeo Modigliani metido en las hechuras formidables del malogrado Gerard Phillipe (pero que monisssimo que era Gerard Phillipe, aaaaaissssss). Pero ‘LA’ película de Anouk Aimée es, por encima de todas, ‘Un hombre y una mujer’ que no es -paradójicamente- la mejor de todas, ni de lejos, pero que en su día fue un cañonazo mundial. Esta película tenía una musiquilla cursiloncia y pegadiza -dabadababa- y sirvió de referencia para un neologismo crítico, el ’leluchismo’. Se refiere el palabro al estilo vacuo, preciosista y vanamente ‘bello’ creado por Claude Lelouch, el director, y que es característico de su cine. En los sesenta, donde todo era ‘engagé’ (o sea, enganchado, comprometido) las carameladas de Lelouch fueron anatemizadas cruelmente por la crítica….. y acogidas con entusiasmo por el público de medio mundo, incluso por lo más fino y puesto de los USA, que tenía a Lelouch por el colmo de la ‘intelligentia’.

Visto lo visto, bien podemos meter hoy a don Claude en el saco de los santos padres fundadores del cine actual, dado el éxito que ha obtenido su propuesta sublime y esteticista en el complejo universo audiovisual de este comienzo de siglo. Conspicuos impresentables como Adrian Lynne, Brian de Palma, el tan mentado (por mí) Escorsese o Alan Parker bien pueden proclamarse herederos del método y las intenciones de aquel heroico francés que tanto hizo por la imagen pija. Particularmente, la propuesta Lelouch (ouch) se me antoja ligeramente blandibluff y dado como han ido las cosas, sorprende que propuestas icónicas mucho más ‘machorras’, como las de Fellini o Buñuel, hayan sentado cátedra entre los creadores de imágenes con más sólidez y alcance que las de Lelouch. Debe ser lo de siempre: al final, todo mu bonito y mu estético pero sin chicha, ná que rascar. Aprovecho la ocasión para sugerir al pueblo un vistazo a ‘La Dolce Vita’, cuya estética -sólidamente asentada en las sensaciones del propio Fellini como reportero de cotilleos en las noches romanas- sigue sorprendentemente vigente y ha servido a mucho moderno para construirse un infundado prestigio como innovador, valiente y rompedor.

En cualquier caso, gracias a Claude Lelouch y sus fifilichadas optó Anouk Aimée al oscar en el 66 y terminó por convertirse en la propuesta de estilo femenino más natural, delicada y elegante de la segunda mitad del siglo XX (a mi juicio, claro). Anouk Aimée era (bueno, ‘es’, porque sigue haciendo pelis) señora sin ser distante, divina sin ser altiva y cómplice sin dejar de ser señora.

Nadie ha sonreído como Anouk Aimée, y si no que se lo pregunten a don Alfonso Sánchez, que dios tenga en santa gloria. Don Alfonso fue un crítico madrileño que nos enseñó cine a dos generaciones, por lo menos, y que estaba perdidamente enamorado de Anouk Aimée (que era treinta años más joven que él, por lo menos). Un amor incondicional, absoluto y platónico, de imposible correspondencia y que se sublimaba en entrega y en amor también, y también puro, al Cinematógrafo.


Estilazo se ponga como se ponga. A mí me recuerda a alguien aquí, también con estilo y clase para dar y tomar, pero no sé bien quién.

La pasión de don Alfonso por la diva francesa no era ningún secreto y en los cenáculos cinéfilos de toda Europa se conocía y aceptaba con naturalidad aquel arrobo del viejo caballero español, hasta el punto de que cuando coincidieron ambos -la Aimée y su Quijote- en algún festival, la organización procuró siempre favorecer el encuentro y poner a don Alfonso -conocido por su educación y probidad de bien- cerca de la estrella. Si educada y cortés era la adoración del caballero, al mismo nivel estuvo siempre la agradecida correspondencia de la diosa, que aceptaba con educada distancia los galanteos entregados del buen don Alfonso sin dar pie a nada más.

José Luis Garci, que antes de perderse fue crítico sagaz y buen degustador de cine, realizó hace mil millones de años un corto encantador dedicado a Alfonso Sánchez y en el que hubo un apartado para esta pasión confesa. Las imágenes rescatadas de noticiarios y televisiones en las que aparecen juntos Anouk Aimée y Alfonso Sánchez son de lo más didáctico en materia de relaciones entre sexos y alguien debiera rescatarlas para enseñar al personal ciertas cosas sobre la discreción, la intimidad y el ‘cada uno es cada uno y cada quien es cada cual’.


‘Un soir, un train’, a finales de los sesenta, con Yves Montand de vuelta de Hollywood y de Marilyn M.

La sinceridad y la franqueza no son siempre lo mejor, como ya han dejado bien claro estos tiempos de informalidad e indeducación: ambas, sinceridad y franqueza, pueden resultar, sin duda, más letales que un hacha. Es cierto también que las formas por sí mismas no son nada, pero no lo es menos que no se ha inventado nada mejor, especialmente a la hora de transmitir, vehicular, encauzar y conducir ciertos sentimientos y sensaciones particularmente volcánicos. Y es que quien carece de sentimientos y sensaciones resulta un problema siempre: sin códigos formales, además, puede resultar letal. Como un hacha, ya te digo.

En fin, que viva Anouk Aimée y la sabiduría exquisita de las francesas. Puede que al natural no resulten tan ‘charmants’ y superferolíticas como los modelos femeninos que presenta su cine, pero ya dijo Salomón que lo mejor que le puede pasar a un español es que una francesa se enamore de él. ¿Y quién soy yo, pobre de mí, para desmentir a Salomón?


En manos de Federico, ahí es ná.

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5 respuestas a Salomón, Anouk Aimée y las mademoiselles, oh, la, la, la, la, la, la….

  1. Siana dijo:

    Oh, recuerdo la escena de Anita Ekberg en la Fontana! Esa película siempre me ha gustado mucho. Esos peinados….con esas pedazo gafas y la sombra de ojos y el eyeline perfectamente puestos y esas pedazo pestañas. Yo es que miro fotos de mi madre y parece una actriz de esas épocasl. Creo que también influía la ropa (en mi opinión maravillosa) que se llevaba. Estilizaba mucho. Y el blanco y el negro…Aunque no cabe duda de que ahí la materia prima es la diosa madre tierra y su distribución genética tan bien repartida. Mammmmma míaa!! Me recuerda un poco a Audrey Hepburn la Anouk. Jodo, un día nos podríamos vestir a lo francés con trajes de los -60 a ver qué pasaba.

  2. Lenka dijo:

    Ojalá me atreviera, Siana, pobre de mí, provinciana de ciudad pequeña, a salir un día a la calle con tales galas. En serio te lo digo, la tía más normalucha del mundo mundial ha de sentirse por narices una semidiosa (como mínimo) con un vestido negro de aquellos, un moño bien plantao, el eyeliner ese y unos tacones. Pero, como bien dices, la madre naturaleza es implacable, te lo da o no te lo da. Miedo me daría yo subida a esos zapatos. Qué pintas! Al ver la foto de las gafas yo he pensado lo mismito: Audrey. Aunque con más enjundia. Audrey siempre me pareció elegante y dulce, pero no es mi tipo, al menos entre mujeres lozanas y curvilíneas. Confieso que entre tanta fascinación por las francesas (y creo que todos la sentimos y comprendemos) yo me quedaría con las italianas. En bruto. En físico. Haría un engendro con la pinta de las italianas y el no sé qué de las gabachas. Un mix. Esto dicho en genérico, claro, porque luego cada caso es un mundo. Algunas de las unas nada que envidiar a algunas de las otras, y viceversa. Don Bowman, siga usted, que por supuestísimo que faltan muchas, no sólo faltaba la Binoche. Legión saldrán, si se pone. Fijo.

  3. jack dijo:

    Qué Odri, qué odri. En esa foto te recuerda a la maniquí abascal (grande de españa) en los 70, que callaíta y quieta tiña clase pa repartir. Y pómulos, que es lo que algunas tienen donde las demás tenemos mofletes. Y ángulos en cada curva (y viceversa). No por ná el Allen la sacó en Bananas y se cuidó muy mucho de que no abriera la bocaza. "Quiet, Nati", la dijo. O "quieres hacer el favor de callarte, por favor?". La Aimée en esa foto sería la versión cuatroojos y sin ese charme de vacío cerebral de la viuda del duque de feria. Que no?Mira, me ha costao un congo pero encontré un fotograma: http://www.notodo.com/secciones/blog/imagen/5390_1.jpg

  4. Siana dijo:

    Anda, pues sí Jack! se parece a la Abascal.Lenka: eso que dices de las italianas, razón llevas! Silvana Mangano en Arroz amargo, por ejemplo, tiene tela marinera también. Comandante, cuando nos explique más cosetes de la Hélène…algún día podría dedicar algún capítulo a los equivalentes masculinos de estos mitos…(lo dejo caer, así como quien no quiere la cosa).

  5. Lenka dijo:

    Mu cierto, prima. Pastás que son. Aunque a mí en esa foto de verdad que me recuerda a la Audrey, no porque se parezca, sino por la pose y la mirada lánguida. De algún fotograma me suena, qué sé yo. Bravo ahí, Siana. El equivalente en caballeros. Que también daría pa mucho y eso que le agradeceríamos las fans de Maese.

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