Cataplic, cataploc

Los primeros días en París, mientras encontraba acomodo y un ‘boulot’ (leáse ‘biló’, o sea, un curro), me metí en el chiscón del amigo de un conocido que tenía un vecino que una vez lo había acogido cuando estuvo en España. El propio, que se llamaba Raúl (Raoul le decían los franceses) era mexicano y vivía con una rubia de aire distante que se llamaba Chloé y que estaba como el turrón.

Bien buena, o sea.

Raúl -flaco él, fibroso y de negra melena enmarañada- se paseaba por su casa en calzones y con una cinta en el pelo como un apache. Chloé también, sólo que sin cinta y con una braguita delicada y sugestiva en vez de calzones. La braguita, dicho sea de paso, no se parecía en nada a los antiafrodisíacos-anticatarrales y antisicalípticos que se expendían entonces en las mercerías españolas.

Nunca en mi vida había visto cosa igual (me refiero a la braguita) y menos en uso. Yo, claro, no miraba pero es que en treinta metros cuadrados diáfanos se veía todo. Chloé saltaba de la cama  -cataplic, cataploc- y se metía en el baño. Yo, claro, sólo veía dos pechos cantarines caídos hacia arriba que iban y venían -cataplic, cataploc- alegres y felices. 

Chloé era muy blanca y sonrosada, y sus teticas de niña -cataplic, cataploc- culminaban en dos brillantes fresones de La Granja que real y verdaderamente iban diciendo ‘cómeme, cómeme’. Y Raúl debía comérselos. Por la noche, cuando se apagaba la luz, una sucesión de ruidos extraordinarios culminaba en una letanía de ronroneos de gata transfigurada mientras temblaban las estructuras de la casa y Raúl  arremetía cual verraco berrendo.

Yo sólo pensaba en lo engañado que había vivido hasta entonces. De no haber ido a París, nunca habría sospechado que aquellas cosas pasasen. No que la gente follase y que tuviera pechos -cataplic, cataploc- sino que ambas cosas -y todo lo relacionado con la reproducción, de paso- pudiera ser tan sugestivo.

Pensaba todo esto a lo largo del día, cuando me iba para la Sorbona a ver las bolsas de trabajo y de ‘appartaments a louer pour etudiants’ y me admiraba de la actividad que había en París, de los turistas abarrotando el Pont St Michel y de Jean Yanne y su aparatoso equipo de rodaje, que básicamente consistía en 100 figurantes chinos vestidos con trajes Mao. Y es que en el centro de París se rodaban los exteriores de una película llamada ‘Los chinos’ (según claqueta) y que posteriormente se estrenaría como ‘Les chinois à Paris’, o sea, ‘Los chinos en París’).


      
Los figurantes ostentaban en la mano el Libro Rojo y se exhibían con él entre los turistas, que los fotografiaban encantados. París era una locura. La cámara -que iba y venía montada sobre una ‘dolly’ por los jardines de detrás de Nôtre Dame, entre La Cité y Saint Louis- mostraba en una pequeña placa los títulos de las películas en las que había intervenido. Entre esos títulos destacaba nada menos que ‘Morte a Venezia’ -así, en italiano- y yo imaginaba en mi delirio al maestro Luchino (Visconti) aplicando el ojo al visor de aquella misma cámara (para mí que una moderna -entonces- Panavision PSR) mientras daba órdenes a Dirk Bogarde y a Silvana Mangano. Entonces se ponían los ventiladores en marcha, ondeaban pañuelos y gasas en el Lido -igual que en la Malvarrosa de los cuadros de Sorolla- y ante aquella misma cámara volvía a sonar el exquisito lied de La Quinta (sinfonía) de Gustav Mahler.

Ustedes se reirán, pero aquella cámara era para mí como el piano de Chopin que se conserva en Mallorca (o, quizá, como la dichosa magadalena -o madalena- de Proust, yo qué sé).

Entretanto -cataplic, cataploc- me decía que no podía volver a España exactamente igual que había venido. Y por los recibidores de la Université examinaba fascinado la hirviente fauna de chavalas de las cinco partes del mundo que, como yo, brujuleaban por París. ‘No te queda nada por aprender, Davidín’.

Cataplic, cataploc.

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2 respuestas a Cataplic, cataploc

  1. Siana dijo:

    Estoy deseando escuchar la segunda parte. Adelante Comandante!!

  2. Lenka dijo:

    No sé si el mito habrá decaído con el despiporre actual y la ola de erotismo que nos invade, pero recuerdo de que pequeñaja quería ser francesa. Me sonaba como muy chic. Era como que siendo francesa eras más guapa y más divina. Aunque a mí me faltaban cualidades. No llegué nunca a la exhuberancia de algunas y me pasaba siempre de la languidez de otras. Es lo que tienen los mitos, que son complicaos!!!!

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