Así que pasen 40 años

Con ocasión de cumplirse hace unos días el cuadragésimo aniversario del primer alunizaje tripulado se han hecho, dicho y escrito numerosas tonterías. La más notable de todas la protagonizó un lamentable Jesús Hermida que, secundado por una entregada legión de figurantes, transformó la nostalgia en lamentable ejercicio de adoración nocturna y el ridículo en cima señera.

La tontada se perpetró en público (y me malicio que en directo) en la primera cadena de TVE la noche del pasado lunes 20 de julio y se resume en ‘hay que ver qué guapos éramos’, ‘cuán dulce resultaba la caspa’ y, en fin, ‘pero qué contentos estamos de habernos conocido’.

No cometeré el crimen -tranquilos- de contar qué estaba haciendo yo aquella noche (por lo demás, inolvidable) del 20 al 21 de julio de 1969, como tampoco he contado mi extraña experiencia de mayo del 68 (y mira que he estado a punto) ni como me enteré del fallecimiento de SE El Jefe del Estado, Jefe Nacional del Movimiento y Generalísimo de todos los Ejércitos Don Francisco Franco Bahamonde.

Si finalmente hablo del Apollo XI -desliz por el que pido perdón al pueblo- es para ofrecer a su consideración de ustedes estas dos expresivas fotografías separadas ‘sólo’ por cuarenta (mil) años. Y no piense nadie que pretendo una amarga y tierna (y boba) reflexión (otra) sobre aquello de que ‘cualquiera tiempo passado fue mejor’, sobre el ‘tempus fugit’ y sobre flatulencias similares. No.



Los astronautas del Apollo XI con el presidente de los USA (1969).
Negativo original en película Kodak BN 35 mm (TriX?)



Los astronautas del Apollo XI con el presidente de los USA (2009).
Original en formato digital multipixel.

El caballero que en la segunda foto aparece a la derecha era de siete u ocho años de edad cuando se tomó la primera. Nada permitía especular entonces, ni imaginar siquiera, que podría llegar a ocupar el sitio que ocupa en la segunda. Para eso no sólo han hecho falta buenas dosis de empeño y de trabajo por su parte (además de suerte) sino que entre la primera y la segunda ha tenido que pasar también una cantidad de cosas de tan grueso calibre que no sé como coño los tres caballeros que aparecen a la izquierda en ambas imágenes se ven en la segunda tan panchos (dentro de lo que cabe y, eso sí, ‘ligeramente trabajados’ al menos).

Y es que estos cuarenta años -los transcurridos entre la primera foto y la segunda- han sido densos. Cargaditos de aconteceres (entre otras cosas, han visto nacer y hacerse personas adultas a los lectores de este blogs: cuando se hizo la primera foto, simplemente, no existían).

En consecuencia, de lo que me hablan estas dos fotos es de la capacidad del tiempo. Sí, de su inmenso volumen como contenedor. Y de que lo tremendo de los años no es el fenómeno que Salomón llamó ‘caída del imperio romano’ sino el vértigo que provocan, la imposibilidad -y la inutilidad- de cerrar los ojos ante ellos y, sobre todo, como evidencian lo escaso y limitado de la ROM del cerebro humano.

En fin, que la inmortalidad, de ser posible, sería ligeramente insoportable y de algo de eso habló Borges, qué dios tenga en santa gloria, en su relato ‘El inmortal’ de su libro ‘El Aleph’. También nuestro boticario rojo, el zamorano desaforado (o sea, Leon Felipe Camino Galicia) habló del tema en su poema ‘¡Qué pena!’

¡Qué pena si esta vida tuviera
-esta vida nuestra-
mil años de existencia!
¿Quién la haría hasta el fin llevadera?
¿Quién la soportaría toda sin protesta?

Pues nadie, absolutamente nadie: sería imposible cargar con los recuerdos personales de una vida de mil años. Estoy convencido, aun así, de que lo que nos ha hecho como especie es la capacidad de recordar y, aun más, de comunicar. De comunicar, especialmente, la experiencia del recuerdo. La escasa y limitada ROM del cerebro humano permite, al menos, tan curiosa habilidad.

Estas dos fotos son una expresiva muestra de ello.


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3 respuestas a Así que pasen 40 años

  1. Lenka dijo:

    Pues fíjese que a mí me encantaría saber en qué andaba usted tal día como aquel, y durante el mayo francés, y cómo le pilló la muerte del Caudillo. No por nada, sino porque me barrunto historias interesantes que, en ningún caso, merecerían disculpa alguna. Así que, si gusta y sólo si gusta, no se corte. Se le leerá con atención.

  2. Siana dijo:

    Me gusta esa foto, por la buena pinta que mantienen los tres astronautas (que tengo entendido que no lo pasaron demasiado bien tras la gesta) y por el caballero que les acompaña en la seguna foto. El tiempo después de todo arregla algunas cosas. Muy interesantes sus reflexiones, por cierto. "Estoy convencido, de cualquier modo, de que lo que nos ha hecho como especie es la capacidad de recordar y, aun más, de comunicar. De comunicar, especialmente, la experiencia del recuerdo".De eso se trata, Comandante. Adelante entonces. Cuéntenos más. Me uno a la petición de Lenka Laleti, si gusta Usted.

  3. Ambrosio dijo:

    Me he permitido la libertad de editar ligeramente el texto a fin de precisar alguna idea que, creo, quedaba oscura (eso a pesar de que los comentarios me indican que igual no estaban tan oscuras).La facilidad natural que tenemos las personas para comunicar nuestros propios recuerdos, experiencias o conocimientos es llamativa, vista, sobre todo, la incapacidad congénita que tenemos para gestionarlos. (especialmente cuando superan cierta cantidad, diferente para cada persona).Y supongo que lo que llamamos cultura es la posibilidad de usar y aprovechar experiencias y aprendizajes que no han sido creados por uno: que no son de uno. Es decir, llamamos cultura a la posibilidad de usar y aprovechar experiencias y aprendizajes transmitidos: experiencias, aprendizajes y descubrimientos realizados por otros y que debidamente codificados, pueden comunicarse.Me sorprende como las comunidades humanas acumulan con avidez, procesan, reciclan y reutilizan los conocimientos adquiridos por sus miembros a lo largo del tiempo mientras los individuos que las componen se ven desbordados por los suyos propios, por sus propios conocimientos, experiencias, recuerdos y aprendizajes, y llega un momento en que, simplemente, no pueden gestionarlos, sacarles partido ni aprovecharlos. Y como, sencillamente, se refugian en el olvido para no reventar y seguir viviendo en paz.

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