Sous (o sea, ‘debajo de’) la tour de Monsieur Eiffel

 

Decía Bernardo Shaw -que era un británico cabrón, revirado y divertido- que Napoleon inventó París para dar cuerpo a la Grandeur y quehacer a la Wagons Lits.

Para albergar turistas, vamos.

Antes de existir París, la gente no viajaba (como no fuera para vender, para comprar, para conquistar militarmente o para escapar de mil cosas) pero a finales del siglo XIX la gente empezó a moverse con un solo objetivo: ver París (dos noches, incluído vuelo, tournée en los bateaux-mouches y subida -a pie- a la Tour de Mr Eiffel: 163 euros con cincuenta).

La extraña torre de Mr Eiffel es el primer ‘edificio emblemático’ de la historia de la humanidad (con perdón del coliseo, de las Pirámides y del empire state). Mucho antes de la horterada ésa de las ‘torres del real madrid’, del ‘gungenjain bilbo’ y mucho antes de que la Alhambra dejara de ser un barrio marginal de Granada (Washington Irwing mediante), el gabacho discurrió ‘la horterada más grande de la historia de la humanidad’. Una torre de hierro alta de cojones que dejara patidifusos a cuantos la contemplaran.

Semejante monstruo, capaz de hacer las delicias de un ejercito de chatarreros, se levantó en 1889 con ocasión de la Expo para demostrar la resistencia y fiabilidad de las nuevas técnicas de construcción de estructuras. El mamotreto de 300 metros altura se veía desde toda la ciudad y fue un ‘suceso’ (un succés, o  sea, un éxito). Los viajeros más encopetados y con más posibles del Universo mundo que viajaron a la Expo de París del 89 y vieron el desmesurado supositorio de acero regresaron a sus respectivos pueblos haciéndose lenguas. Una nación capaz de poner en pie semejante inutilidad, dar a luz a Monsieur Rimbaud y tener ‘El origen del mundo’, de Monsieur Courbet, por una obra de arte era una nación capaz de cualquier cosa. Habían nacido la publicidad institucional y la cultura por la cultura (cuyos réditos en materia de imagen son incalculables). También había nacido el mito de París.


La tour de Monsieur Eiffel, a punto de engullirse algunos pocos edificios del viejo Paris.

El mito de París se consolidó unos años después, durante la Gran Guerra, cuando los alemanes, envidiosos de suyo, plantaron una serie de cañonarros descomunales en los bosques de Saint Gobain, Corbie, Château-Thierry y Beaumont, a unos cien kilómetros al noroeste de París. Con ellos amenizaron la vida de los parisinos a lo largo de la primavera y el verano de 1918. Mataron a varios, pero no lograron hacer trizas la ciudad ni tan siquiera apagar las luces del Moulin Rouge, a los pies de Montmartre. Ni, por supuesto, hundir el artilugio de hierro de Monsieur Eiffel, que salió de la guerra y entró en los felices veinte con su estructura intacta y su prestigio más que intacto, acrecentado.

Hoy este mamotreto es una postal, un icono, un ídolo que compite en la veneración de los fieles con Ghizah, Liberty Island (en el puerto de Nueva-York), Santa Sofía (en Estambul), el Partenón, Pisa, el Taj Mahal (en el estado de Uttar Pradesh, en la India), el Machu Pichu (en el Cuzco), el Big Ben, el Coliseo romano y, por meter algo español, con la Alhambra (vista, eso sí, un soleado día de invierno y al atardecer desde el mirador de San Nicolás).

Al salir de la cinemateca, tras la proyección de ‘Sacco y Vanzetti’, el viejo cacharro de Monsieur Eiffel se alzaba eterno y callado a los pies de la explanada de Trocadero aguardando a que el amanecer le trajese una nueva remesa de turistas. Yo estaba en París, sí, pero estaba a otra cosa y me dije -despectivo- que jamás subiría allí arriba como un japonés más, como un turista frenético que no se entera y que lo mismo se come una ración de Louvre que un ‘croque-monsieur’ en los Campos Elíseos o una tetica fugaz en un ‘music-hall’ de Pigalle. Yo era un hijo de mayo del 68, un hermano pequeño de los héroes del adoquín y de la pintada, un novicio de la fe anunciada por Dany ‘El Rojo’ (otro icono mundial parisino)  que, en la oscuridad iniciática de la caverna de la cinemathèque, había sido consagrado ‘Culto entre los Cultos’ y ‘Libre entre los Libres’, libre ‘for ever’ de las convenciones y de las tontadas ‘petit-bourgeoises’. Y para colmo me estaba meando vivo. Así que, rebeldito y alocado, concebí allí mismo una ‘boutade’ dadaísta que expresase mi desprecio al turismo, al pijoterismo, a la middle class y a la convención.

Callandito y solateras, arrastrándome en la oscuridad como una sombra, bajé las escaleras de Trocadero en silencio, bordeé las fuentes apagadas y crucé el puente sobre el Sena (dejado de la mano de dios a aquellas horas). Debajo, los bateaux-mouches dormían en la oscuridad y enfrente, el artefacto de Monsieur Eiffel se elevaba a los cielos en mitad del frescor  del Campo de Marte. No poco sobrecogido por tanta grandeur, me bajé la bragueta y al pie de la montaña de acero me alivié la vejiga. ‘¡Yo soy libre y jamás te rendiré pleitesía, monstre d´acier!’ grité enfervorecido en lo más hondo de mi corazón.

Un acto absurdo y ridículo que hoy sería imposible. Desde entonces han pasado masas de agua bajo los puentes de París, una eternidad de tiempo sobre el mundo y una porción de cosas muy serias. Hoy, aquella expansión gamberra e infantil sería imposible. Hoy no habría manera de acercarse a menos de cien metros de los pilares de piedra sin que una legión de gendarmes se abalanzase sobre uno buscando una bomba.

En fin, que tras expresarme de tan sucia y grosera manera me alejé Campo de Marte abajo silbando y contoneándome como un auténtico ‘boulevaredier’, ‘comme un mec’ ¡como Gilbert Becaud! Todo me daba igual. ‘L´important c´est la rose, mon vieux, crois-moi’, grité convencido, iluso y, eso sí, absolutamente feliz.

Toi qui marches dans le vent,
seul dans la trop grande ville
avec le cafard tranquille
du passant….

C´est la rose l´important
c´est la rose l´important
c´est la rose,
crois-moi.

 

 

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Una respuesta a Sous (o sea, ‘debajo de’) la tour de Monsieur Eiffel

  1. Lenka dijo:

    La primera vez yo me juré que no subiría, mirando con suficiencia a los cienes y cienes de guiris que hacían cola. La segunda vez, sencillamente, subí. Y mi única excusa es que había menos guiris.

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