En el centro del turismo mundial

Paris se resume en lo que puede verse (y sentirse) desde el Pont Saint Michel, verdadero centro de París (y no los Campos Elíseos, el Louvre ni el Arco del Triunfo, qué cosa más boba).

En torno al Pont Saint Michel orbita la historia del mundo. El inspector Maigret, que nunca existió (como no sea en la imaginación de millones de chiflados de los cinco continentes) debió cruzarlo millones de veces entre 1930 y 1972. Aun hoy, cuando hace ya treinta y siete años que no se escribe ningún ‘maigret’ nuevo (y Simenon, el autor de las novelas y relatos que protagonizó Maigret, lleva veinte años muerto) millones de iniciados sabemos que Jules Maigret sigue aferrado a su ridícula estufa de carbón y que desde su puesto en la ventana de su oficina otea, sobre el Quai des Orfèvres, el tráfico de personas, caballos, carromatos, ganado, tranvías y automóviles que sigue cruzando el viejo puente aunque hoy ya sea sólo peatonal (o turistal, porque todo lo que hay en él son turistas) que ya existía cuando no había París ni Maigret ni Francia ni Nôtre Dame ni turistas ni ná.

El Pont Saint Michel lleva del barrio latino a la isla (que en realidad son dos) donde da en el Quai des Orfèvres (Muelle de los Orfebres), es decir, al pie del Palacio de Justicia y de las dependencias de la Policía Judicial, dirigida, como todo el mundo sabe, por el comisario Jules Maigret, siempre cuestionado por el burocrático, puntilloso y ordenancista juez Coméliau. Maigret, en consecuencia, ‘gromelle’, ‘grogne’ y otras acciones extraordinariamente desagradables a las que corresponden palabras también sugestivas aunque no tanto como ‘gromeller’ y ‘grogner’. Los traductores, pobres, se ven obligados a equiparar ‘gromeller’ y ‘grogner’, a falta de algo mejor, a ‘mascullar’, ‘gruñir’ y conceptos similares que no dan idea de la delicadeza de la situación cada vez que el comisario Maigret se pone a ‘gromeller’ y a ‘grogner’, es decir, a emitir ruidos como los que emite Clint Eastwood cuando su personaje de ‘Gran Torino’ no es del todo feliz.

Unos metros más allá del Quai, la fachada principal de Nôtre Dame reina sobre el río, sobre el puente, sobre París y sobre el mundo venerada por un mar de turistas multinacional, multicultural y multitodo. Nos encontramos en una de las tres grandes mecas del turismo mundial (junto con las plazas de San Marcos, en Venecia, y la del Vaticano, en Roma) y en el centro mismo de un gigantesco parque temático (equiparable a Venecia y Roma) que tiene una peculiaridad muy especial: en él todo es auténtico (como en Venecia y en Roma). Eso lo incluye a uno mismo, auténtico turista integrado en el toque de fantasía que los auténticos turistas otorgan a la ciudad más hermosa del mundo. Consciente de formar parte de un fastuoso despliegue de figuración que ni el más demenciado cineasta de Hollywood acertaría a concebir -un enloquecido homenaje a la globalización- uno se entrega al espectáculo del que forma parte, los turistas, un espectáculo más de los que ofrecen París, Venecia, Roma y, en general, los lugares santos del turismo (las Pirámides, la Estatua de la Libertad, el Tah Mahal y el cambio de guardia en Buckingham Palace). Hay negros con túnicas multicolores, hindús de turbante y barba (ellos) y saris multicolores con pequita en la frente (ellas), moros de chilaba, gringos con sombreros texanos y camisas imposibles que todo lo miran como si lo estuvieran tasando, sacerdotes ortoxos, monjes tibetanos, argentinas pitucas ostentando pañuelos de Chanel y señalando enloquecidas (‘¡ché ¿viiiste? ¡qué lindo!’), parejas de franceses provincianos que lo contemplan todo muy serios (‘ah, bon, qu´elle grande La France, n´est pas?’) mochileros rubios, sucios y peludos exhibiendo la banderita canadiense por todas partes, desfiles de hare-krisnas (pagados por la municipalidad parisina: hare krisna, hare rama, hare, hare) y, como no, hordas de japoneses haciendo ‘¡click!’ a todo lo que se menea. Pero los que gritan de verdad y corretean y montan una bulla fenomenal son los españoles que, sean de la comunidad autónoma que sean, siempre van disfrazados como de coronel tapioca y le dan al móvil sin parar. Son reconocibles hasta en el fin del mundo y su hablar histérico y atropellado escandaliza a los demás hispanoparlantes. ‘¡Chariiiii! ¿Vamos a los batómuches o al Perilachés? Mamáááá, estamos en Notredám, donde la sirenitaaaa. Que no, mamá, que esto no es el puerto de Copén-jagué. Bueno,mamá, pues he confundido la sirenita con el jorobado de Notredam. No, Pocajontas, no. Adiós, mamá. ¡Jesús, qué cruz!)’.

Bueno, y todo asín. Ya lo dijo don Francisco Martínez Soria: el turismo es un gran invento.

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5 respuestas a En el centro del turismo mundial

  1. Lenka dijo:

    Será una tremenda paletada, pero tengo esa misma foto (varias veces) con una luna llena del copón bendito sobre Notre Dame. Más o menos a esa distancia y en esa misma margen del Sena, el Trasto y yo cenamos pasta y unas crepes (lo más barato que había) en la terraza de un café lleno de estudiantes y atenido por un gabacho flaco, con bigotes, cincuentón, guapete y con una sorna que pa qué, que nos hacía guiños y canturreaba al traernos los platos. Y que desde detrás de la barra nos miraba con cara de: "oh, la, la. Criaturicas. En la vida lo han visto más gordo". Y resulta que ambos habíamos estado ya en París, pero se ve que cada vez mejora la cosa. Habrá que volver. Supongo que a París hay que volver siempre.

  2. Loreto dijo:

    Vale, me habeis convencido. Mi proximo viaje ya tiene destino. Besines, Don Bow.

  3. Siana dijo:

    Me están entrando unas ganas tremebundas de viajar a Paris. Pero vamos, como pillar el avión ya. Tengo muy poquitos recuerdos de esta ciudad, en la que sólo pasé dos días y era una cría. Siga, Comandante!!Pa ambientar: http://www.youtube.com/watch?v=w_8dafLxLcIhttp://www.youtube.com/watch?v=J07MoCdar2Ehttp://www.youtube.com/watch?v=cfxJCdBFuLk&feature=related

  4. Sonia dijo:

    París es una ciudad, no sé porqué, que nunca me ha llamado la atención. Hace tropecientos mil años estuve un mes entero en Reims, y no me acerqué a París. La verdad es que en ciertos momentos me arrepiento y me estoy empezando a plantear si no será una cabezonería mía y que resulta que, una vez que vaya, no querré salir de allí. Tal y como lo pinta todo el mundo, parece ser el lugar más maravilloso sobre la faz de la tierra, y a solo una hora y pico de aquí.Pues nada, la próxima encamisada ¡en Paris!

  5. Lenka dijo:

    A mí me pasaba lo mismo, Sonia. En mi caso era estupidez supina, porque me había hecho un retrato robot con el esquema imbécil de las pelis ñoñas yankees. O sea: oh, la, la, qué romántico, estoy en una suite y se ve la Torre Eiffel desde la ventana. Y nada más. En Francia se come queso y los tíos llevan todos una rosa en la mano para dársela a la americana rubia paleta. Menos mal otras muchas cosas me cambiaron el esquema. Víctor Hugo, por ejemplo, y la historia, y Pennac, y todos los que me contaron con letras, sonidos o imágenes que París era París. Y que había tantos París en París que había que verlos. Con todo y con eso, puse mi pie allí por primera vez cabreada con un eterno viaje en tren, refunfuñando, París, París, pos no es pa tanto, qué bobada, tanta coña con París. Me giré, vi la Torre a lo lejos y se me puso cara de gili. Vi Notre Dame y flipé en colorines. Me metí por las callejas, vi los puestos de libros en el Sena, Montmatre, los cementerios, Belleville, la gente… acabas volviendo siempre a por más. Nunca la ves entera. Nunca te cansas. A París siempre se vuelve.

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