Una pistola apuntando a la cabeza (1)

Una vez mi amigo Rafa me contó la noche más larga de su vida. ‘Yo tenía una pistola apuntándome’, confesó. ‘Unas veces, a la cabeza. Otras, simplemente, no apuntaba… pero allí seguía’.

Yo escuchaba estupefacto. ‘¿Allí? ¿Dónde?’ Eran las tres de la mañana, nos habíamos bebido una botella de Peinado 20 años. ’Coño, en la mano del fulano’. Y prosiguió. ‘Yo era comunista’.

No hubo más remedio que pedir otras dos copas. La noche y ciertos antros propician la confidencia (confidencia espectacular, si tenemos en cuenta que Rafita es imaginable de muchas maneras, salvo de rojo y, menos aun, entre pistolas).

Rafa tiene una mujer con pedigrí, un perro sin él, tres hijos que usan la pala de pescado y una modesta (en tamaño) empresa de asesoría tecnológica. Rafa lee el ‘ABC’, ‘El Mundo’ y ‘A la sombra de las muchachas en flor’ (en francés), y asegura que en esta vida no es todo tener. ‘Lo de tener una pistola apuntándote a la cabeza, por ejemplo, se lleva fatal’.

Yo, que no he tenido ninguna (afortunadamente), me pregunto por el largo viaje que ha tenido que hacer desde el comunismo a las posiciones –digamos- conservadoras que sostiene ahora. Para Rafa, el subsidio de paro es un crimen; la renuncia a la energía nuclear, un error histórico y José Luis Rodriguez Zapatero, una maldición bíblica. ‘En España, descontados Iglesias y Vera, los rojos siempre han sido unos gilipollas’, afirma. ‘Y los fachas, hideputas condecorados’. Y se queda tan pancho. ‘Desde antes de Cánovas ¿eh?’, aclara. Dado que nos encontramos en ese amplio espacio de Madrid cuyos límites son imprecisos y que viene llamándose, con metafórico eufemismo, ‘zona nacional’, le sugiero que baje la voz. Como si le pido un millón de euros. ‘Pero el notario éste de Sangenjo bate los records históricos de hiputez, soplapollismo y mariconería establecidos por la derecha española’. Rafa perora con la copa en alto. ‘Que mira que es difícil’. Cuando desvaría, desvaría pero bien.

‘Señor, he tenido ocasión de oírle y le ruego que retire sus palabras’. No estoy soñando, por desgracia. Ante nosotros se alza un joven treintañero altivo, corte de pelo recio y un fredperrys tan azulmarino como impecable. ‘Oficial de la Armada’, me digo sin despegar los labios. Y sonrío. ‘Mi amigo está un poco bebido, señor. Vamos a dejarlo ¿no le parece?. Es hombre de edad…’  Pero la sonrisa se me hiela cuando a mi espalda oigo a Rafita. ‘¿Me estás llamando viejo, gordo gilipollas? Échate a un lado, si tienes miedo, y deja que un hombre le explique cuatro cosas al señor alférez de navío’.

No tengo tiempo a decidirme porque justo entonces se desata un huracán (un huracán con nombre de mujer, eso sí). Como en una zarzuela, una joven se acerca al marino. ‘¡Jorje! ¡¡Jooorje!!’ Es rubia y parece muy decidida. Las madres, novias, esposas e hijas de la Armada Española es lo que tienen. Dos narices. ‘¡De veras te lo digo: otra bronca y hemos terminado, o sea!’ La señorita, veinticinco años –así, a ojo- y una hermosa piel brillante como el azabache, resultado de cinco generaciones (por lo menos) comiendo caliente y a diario, impone entre el gallardo marino español y la lúcida melopea de Rafa una belleza desconsiderada, frígida e irreal. La joven, a que negarlo, parece diseñada, no creada. Salvo por los brazos en jarras y los tiernos golpecitos que da con el pie en el suelo, se diría que es una elucubración del Telva, no una persona. En el pie luce un zapatito delicioso y que ha debido costar una pasta. ‘¡Ya me has oído, Jorrrr-jjje! Y los Marrrrtínez de Estremera sólo hablamos una vez’. Yo casi me cuadro. ‘¡Sus órdenes, señorita!’ Y no es para menos: los Martínez de Estremera llevan doscientos años hablando sólo una vez, sea como jueces, cátedros, diputados, ministros, generales y hasta almirantes. Entre las víctimas de Paracuellos hubo un Martínez de Estremera y entre los liberadores de Morella, en 1840, también. Así que Jorrrr-jjjje (cariño) asiente, baja los ojos y ante Rafa extiende una mano sólida, caliente y española que mi amigo estrecha a duras penas porque necesita las suyas para sostenerse contra la elegante barra de caoba inglesa.

La joven Martínez de Estremera se retira arrastrando al gallardo marino y yo le pido al camarero que, por favor, nos deje el Peinado a mano. ‘Ya nos servimos nosotros mismos’. Pero se niega. ‘Por favor, yo serviré a los señores todas las veces que haga falta’.

Un profesional.

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