El 23F en la taberna de don Ángel Sierra


El ‘Sierra’ y la Plaza de Chueca, hoy. Otros tiempos.

La noche del 23F la pasé en la taberna de don Ángel Sierra, en Chueca, a 50 metros del café de Belén, entonces recién abierto. Es decir, que la pasé en compañía del propio don Ángel y de sus dos subalternos.

Para los no-madrileños aclararé que ‘el Sierra’, la ‘Taberna de Sierra’, o ‘de Ángel Sierra’, en la esquina de Gravina con San Gregorio (c´est à dire: en la plaza de Chueca), es uno de los pocos lugares de Madrid dignos de visitarse (aparte el Triángulo de las Bermudas, el Palacio Real y la Sala de Trofeos del Estadio Chamartín) y uno de esos escasos abrevaderos de absoluta confianza en los que la caña se ha tirado siempre comme il faut. O sea, como Dios manda.

Don Ángel Sierra (brindo por él donde quiera que se encuentre en estos momentos) era toda una autoridad en el Chueca de la época. Grande, atildado, de maneras suaves y gafas de montura fina, más parecía un médico o un sabio catedrático que un próspero y respetado empresario del sector de la restauración. Buen conocedor del negocio, entendía la taberna como una segunda residencia de los señores clientes, algo así como un segundo hogar, fueran cuales fuesen sus status, sexo, oficio, nacionalidad, creencias, lugar de residencia o filiación política.

Fiel a esta fe, don Ángel y sus dos fieles subalternos se esforzaban por hacer de su jurisdicción tabernáculo -más que taberna- en el que la educación, las formas relajadas y el trato de usted fuesen tan norma como el canónico aperitivo que se servía con cada bebida: uva + anchoa ensartadas ambas con un mondadientes. Una taberna en la que estaban proscritos el trato confianzudo, alzar la voz y no saber beber –‘un caballero puede beberse la producción de un año de la firma Miró, de Reus, siempre y cuando no pierda la compostura’. ‘El Sierra’ de la época, en fin, era ‘La’ taberna: lugar de encuentro, espacio de confraternización y templo del saber estar. ‘El Sierra’ de la época era una taberna con fundamento.


Interior eterno. Han cambiado Chueca y la parroquia, se han ido don Ángel y sus banderilleros y han llegado la
máquina de tabaco, Cruzcampo y el grifo de la
Guiness pero permanecen
el espacio, la atmósfera y los
fantasmas inasequibles
al desaliento.

¿Dónde, pues, íbamos a ir el 23 de febrero de 1981 a las diez de la noche? ‘Si todo se va a la mierda, que al menos podamos recordar El Sierra’. Así que después de una tarde de incertidumbre, zozobras y teléfono, de destruir posibles documentos comprometedores y de apretar bien el culo, mi colega Hal y un servidor se echaron a la calle, que parecía dormida (y eso que nos encontrábamos a no más de dos mil metros, en línea recta, del Congreso de los Disputados) dispuestos a catar el ambiente. Primera parada: el establecimiento de don Ángel. Creo que es la única vez en mi vida que lo he encontrado vacío de parroquianos.

Aquello parecía un desierto, igual que la misma plaza de Chueca. A través de las cristaleras se veía el magnífico mostrador de latón (acodado en el cual bien pudo en su día pillarse una curda razonable don Ramón María) y tras él, perfectamente formados de a tres en línea, don Ángel (con la mano en el grifo del vermú) flanqueado por sus dos camaradas Santiago y Paco, firmes los tres en su puesto de combate aguardando acontecimientos. ‘Si ha de hundirse el mundo’, parecían proclamar con silencioso orgullo, ‘que nos pille a pie de obra y en uniforme de faena’.

‘Gente cabal’, comentó mi compañero. Y entramos.



Un monumento a don Ángel, a su época y a su gente. Un monumento a un estilo, a una manera de ser… y de estar.

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Una respuesta a El 23F en la taberna de don Ángel Sierra

  1. Siana dijo:

    Gente de hígados la de la Taberna de Ángel. Hay lugares y personas que son atemporales. Usted estuvo allí en ese momento en que todo podía haber cambiado.Yo recuerdo cosas de aquel día. La tensión, el nerviosismo de los vecinos de la escalera, las llamadas telefónicas. Que no hubo colegio. Y que en la tele pusieron “Los 10 mandamientos”. Gracias de nuevo por seguir compartiendo estas vivencias. He disfrutado leyendo este episodio.

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