Trabajo sucio

De pronto me he dado cuenta de que tengo más pasado que futuro. Y de que, además de una pata de madera, tengo más años que el Presidente del Gobierno y que los locutores de los telediarios. Y, ya puestos, me he dado cuenta también de que puedo recordar fenómenos cotidianos que para la mitad más activa de la población (la más interesante y con más cosas que decir) son tan pasado como los teatros de variedades, el ferrocarril de Mataró y la división territorial del Antiguo Régimen. Me refiero, por ejemplo, a cines de sesión continua, a calles adoquinadas, a censura o al carro de la basura (carro de caballos, quiero decir). Y ya que estamos con animales, hasta tortugas del diámetro de una mesa camilla puedo recordar nadando en el pasado entre las olas de las playas del Mediterráneo (como para asustarme con las medusas, yo que las pillaba con las manos).

También puedo recordar, como si acabaran de suceder, acontecimientos históricos que vi en los periódicos del pasado. La separación de Los The Beatles, la bomba de Palomares, la ‘fumata bianca’ de varios papas, la guerra del Vietnam o el Proyecto Apolo enterito (y no sólo el Undécimo Apolo, del que en unas semanas se cumplirán nada menos que cuarenta años, uno detrás de otro, que ya está bien).

Son demasiados años. En el pasado he visto a Carrero sobrevolando los tejados de Madrid, a Mick Jagger bajo los relámpagos del estadio del Manzanares y a ‘la tribu’ acampada frente al palacio de El Pardo. Tengo un almacén de viejerías que no vale ni para hacer fuego (una pena, ahora que llega San Juan) y que, aun así, hay que ordenar sin demora.

Un trabajo sucio, pero que alguien tiene que hacer.

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Una respuesta a Trabajo sucio

  1. E. dijo:

    Pues anda que yo. No tengo yo ya poco pasado (no sé cómo se enlaza un youtube de Yesterday) ni ná. Yo, hasta vi en persona a Kabir Bedi. Y lo vi cuando era Sandokán, en plena locura de aquella serie que nos volvió majaras a todas las adolescentes de entonces. Iba yo con una de mis hermanas, que es un año mayor que yo, a última hora de la tarde por la esquina de Pº de San Juan (entonces aún no era Passeig Sant Joan) esquina Consejo de Ciento, donde estaba aquél teatro-espectáculo que se llamó Scala, que pretendía hacer a Barcelona la ciudad más moderna y más cosmopolita de España, y que acabó en llamas, cuando delante de nosotras se baja un pedazo de hindú de casi dos metros, en esmokin y con unos ojazos azules que tiraban de espaldas. A mi hermana por poco le da un telele. Pegó un grito y se lanzó hacia él, como todas las chicas que pasaban por allí en ese momento. Le dio un beso y le firmó un autógrafo, menudo griterío se lió allí. Yo no le dije nada. No le di beso ni le pedí autógrafo ni nada. Me quedé pasmá. Que es que yo era muy comedida entonces, y muy pánfila. Mi hermana juró que no se iba a lavar la cara en la vida. Menos mal que se lo repensó, que si no, cual Isabel la católica la tenemos.

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