El tiempo me va matando

A Adolfo Suárez no lo eligió nadie, sino SM El Rey.

El día que SM El Rey nombró Presidente del Gobierno a Adolfo Suárez yo me rascaba el huevo izquierdo a la sombra de un cascajal perdido.

Por aquel entonces Joan Manuel Serrat ya era un ídolo de multitudes y acababa de sacar ‘Para piel de manzana’ que hoy me encanta pero que entonces se me antojaba de una cursilería insufrible. Aun así yo canturriaba tontamente aquello de

y quién me hace entender

que la entretuve ayer
temblándome en las manos.

Maldigo el no poder
volvernos a esconder
en el último rellano…

Y mientras Juan Manel canturriaba, yo veía pasar las nubes, trataba de meter mano a Mari Pili, de eludir a Cata (que me la quería meter a mí) y de entender que sería de mi vida y de mí mismamente en aquel país incierto que dios me había dado y que entonces se veía inmerso -o sea, sumergido hasta el corvejón y sin poder respirar- en una crisis institucional y económica de padre y muy señor mío. Estábamos a principios del verano -el primer verano español sin Franco en cuarenta años exactamente- y costaba hacerse a la idea de que la lucecita de El Pardo se había extinguido y de que el vigía de occidente, por tanto, ya no nos vigilaba (como no fuese allá arriba, de guardia sobre los luceros). ‘¡Eh! ¡Eh!’ -oí gritar a mis colegas- ‘¡Es Fer que viene!’

Fer, que era moreno, enjuto e irresistible (para las chicas), llegaba conduciendo una ‘cirila’ impresentable y traía pilas, tabaco y una noticia. ‘Han cesado a Arias Navarro’. O sea, a dios mismo. Creo recordar que Fer traía también un periódico con las caras de los nuevos ministros y que lo estudiamos atentamente buscando una señal: la señal de que empezábamos a formar parte de un país medio normal. Pero ¡qué va! Todo era màs de lo mismo. La brisa fresca que corría por el valle -el valle de un río torrencial y alegre de montaña- invitaba a ser feliz y a creer en el futuro, pero no había manera. Los rostros sobrios, grises, tristes de aquellos marmóreos caballeros católicos sin fisuras, españoles de bien, técnicos egregios sin ideología y miembros señeros de las tiesas familias españolas de siempre, no permitían ilusionarse lo más mínimo. Pita da Veiga, Marcelino Oreja, De la Mata… Más de lo mismo. Y, sin embargo, algo todavía inaprensible (al menos desde la distancia de los bosques de las serranías españolas) había empezado a moverse.

Los cinco años siguientes, de hecho, iban a ser como un viaje en la montaña rusa y bastaron para colmatar mi sed de aventura.



Enjuto grupo de entrañables caballeros en lulio de 1976. Replanchados y repulidos, entre ellos anidan tres
militares de bigote estricto. En realidad, todo es estricto en esta foto. Estrictas y rigurosas son hasta las gafonas
del tío materno de don Jaime Mayor Oreja (a la derecha -el tío, no el sobrinillo- de don Adolfo Suárez González).
¡Y pensar que el  solemne y campanudo sobrino formará en el Parlamento Europeo junto al salvaje chisgarabís
de Silvio!  Ya es que ni las viejas familias, tan como de toda la vida, se salvan de juntarse con cualquiera.

Sueño del alma que a veces muere sin florecer

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Una respuesta a El tiempo me va matando

  1. Siana dijo:

    Le ha dado Usted un giro muy interesante a su blog. Muy bueno. Gracias por compartir esos recuerdos, Comandante.

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