Tabaco

Hewitt , que evidentemente sabe más de lo que dice, señala un escritorio. “Encima hay un libro gordo. Acérquemelo, por favor”. Yo intento hacer lo que me dice, pero entonces sucede algo increíble: mi mano pasa a través del libro, y también de la mesa, y se cierra en el vacío. Al principio no entiendo bien lo que sucede y repito la operación en vano. Es inútil: no puedo agarrar el libro ni tocar la mesa o apoyarme en ella. Es como si me encontrase en un sueño y nada de lo que me rodea existiese realmente. Pero no es un sueño y me vuelvo aterrorizado hacia mi anfitrión. “¡Dios! ¿Qué sucede ahora?” James Hewitt no me contesta y sus ojos de siempre me miran socarrones por encima del tiempo. Entonces aparta la manta que le cubre las piernas, le hace una carantoña al perro y se levanta pesadamente apoyándose en un bastón. “Bowman, hoy es un gran día. Llevo sesenta años esperándolo y voy a hacer algo que no debo”. Yo estoy más desconcertado que asustado. “¿Ah, sí?” El anciano se dirige a un mueble que hay junto al escritorio. “Sí”. Muy lentamente, se da la vuelta y me guiña un ojo. “Voy a fumar”.

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