Los caminos del tiempo

Hal y yo avanzamos como sombras por la penumbra del pasillo de la casa de James Hewitt. Sobre una mesita con viejas fotografías reconozco -en una imagen enmarcada con gusto- al joven capitán Hewitt que conocí hace sólo unos días en la órbita de Júpiter. Posa en algún puerto de los años cuarenta, tal vez el de Anchorage, en Alaska, ante el ‘Emperor of the Sea’ al lado de un tripulante. La foto tuvo que tomarse, digo yo, en la misma época en que el submarino y su tripulación recalaron en el baño de la ‘Discovery’. “Mira, Hal”. El rubito inquietante ni se inmuta. Un gesto de su mano inexistente me indica que siga. “No se me distraiga, Dave: Hewitt nos está esperando”. Y como respondiendo a las misteriosas palabras del robot transmutado en efebo, una voz bronca retumba con autoridad al fondo del pasillo. “¡Pase! Pase, Bowman. ¡Llevo sesenta años esperándole, por el Cuerpo y la Sangre de Cristo!”

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