El secreto de la Princesa

“¿Y dónde dejas la seducción, eh?” proclamo romántico. “Un mundo soviético y andrógino como el que predicas carece de encanto”. La Princesa sonríe malévola. “Si pretendiera seducirte, hace tiempo que no sabrías donde tienes la derecha ni la izquierda”. Semejante seguridad me deja perplejo y no puedo menos que aceptar que tiene razón. Ella prosigue su discurso alucinado. “En ese mundo andrógino (y que tanta gracia te hace) podemos asumir la personalidad, el personaje o la actitud que convenga en cada momento: no hay estereotipos ni, por tanto, tareas ni destinos preasignados para nadie. Nadie espera nada de nadie. Ni que responda o se comporte así o asá (más allá de la mera ‘buena educación’: en eso somos extremadamente formales). Ni, mucho menos, que nadie tenga que ser esto o aquello o lo de más allá en base a algo tan poco importante como su naturaleza, su procedencia, su envoltorio, su aspecto o como lo quieras llamar: ‘macho’, ‘hembra’, ‘negro’ o ‘pecoso’. O natural de Cuenca”. Yo tengo que pararme a pensar cinco minutos porque una idea se abre paso en mi cerebro. “¿De verdad vienes del siglo XXVI?” Ella me acaricia el pelo como si yo fuera un niño de seis años. “Pobrecito Bowman”. Me estremezco y asiente.

Y, claro, me estremezco aún más.
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