Lágrimas sobre Júpiter

“Caí aquí”, exclama. Y con el dedo índice señala con insistencia el suelo. “Cuando me derribaron caí aquí, Bowman: en tu ‘Discovery”. La Princesa baja la cara deformada por la herida para ocultarme una lágrima. “No me preguntes como lo hice ¡pero es que me derribaron sobre Dresde! Te lo juro: en mitad de la noche vi arder la ciudad bajo mis pies”. Y hace un gesto con las manos tratando de representar la monstruosa luminaria que debió ser la ciudad en la madrugada del 13 de febrero de 1945. Ayer para la Princesa. “¿Creerás que mientras descendía no tuve frío? Al contrario: sentí como se me calentaban las botas y pensé que moriría”. Yo intento imaginar la dantesca imagen. La Princesa, con los ojos húmedos, sigue desgranando su historia. “Arrojamos cientos de toneladas de bombas y matamos a miles de personas en una sola noche”. Se calla un momento y continúa. “He participado en un espanto, Bowman”. Entonces intento consololarla. “Lo has soñado, Princesa. Estamos en 2008 y el bombardeo de Dresde fue hace más de setenta años. Ni siquiera tu padre había nacido aún”. Pero a ella le dan igual mis razones. “Esto ya no es una guerra, es un crimen”. Está afectada y yo cambio de tercio. “Lo siento por tu bonito ‘spifire’…” Ella sonríe por primera vez desde su increíble advenimiento sobre la mesa de los mapas. “Mi pequeño ‘spifire’ me aguarda a salvo en Essex… en 1945. Sobre Dresde yo mandaba un ‘lancaster’ que llevaba a bordo otros seis tripulantes, además de mí. Pienso en ellos y me entran ganas de llorar”. Se hace un silencio incómodo. Yo carraspeo. “Bueno, pueden estar prisioneros…” La Princesa, melancólica, me acaricia una mejilla. “Gracias, Bowman”. Poco acostumbrado, me estremezco. Ella vuelve una y otra vez a su historia. “El ‘lancaster’ es una bestia artillada que no necesita protección de aviones-caza. Imagina más de mil caballos con su cargamento a cuestas sobrevolando el sueño de los niños… Y ahora, multiplica los mil caballos de cada avión por quinientos aviones. ¡Bien caras pagó Alemania sus atrocidades!” La Princesa se me echa a llorar francamente y yo le canto una nana. Allá lejos, muy lejos en el espacio y en el tiempo, arde Dresde. Arden los perros de Dresde. Arden los niños, las mujeres y los soldados. Les arde el pelo, se les queman los ojos y mueren solos, centenares, miles, todos a la vez. Pero solos. Y en la vastedad del espacio de Júpiter, el espanto nos acompaña.

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