El paracaidista

“Hal ¿qué tenemos para comer?” El robot canta a voz en cuello. “Grrranaaaadaaaaa, tierrrrra soniada por míííí…” Se detiene y como un ‘maitre’ bien enseñado, desgrana un apetitoso rosario de variedades. “Estofado en píldoras, chucrú desaliñado, sopa de sobre y extracto de mandarina (o de pera, a elegir)”. Y prosigue su canto descerebrado. “Mi cantaaaaaar hecho de melancolíííííí y aaaaaah…” Yo, abrumado por la espantosa perspectiva del menú y del canto deslavazado del robot, suspiro y alzo los ojos al cielo (al techo del puente de mando, vamos) y lo que veo me hiela la sangre: de los altos techos de la ‘Discovery’ viene directamente hacia mí un paracaidista. “¡La madre que nos parió a todos! ¡Haaaaaal! ¡Invasión!” chillo fuera de mí. Y Hal, a lo suyo. “Grrranaaaadaaaaa, tierrrrra ensangrrrrrentada en taaaaarrrrrdeeee de toooorrrrrooooosssss…. Para-bam-pan-pan. Pan Pan”. Yo me levanto y me aparto de la trayectoria del paracaidista. “¡A las armas, Hal! ¡Hora es de defender lo que nos pertenece!” Pero al robot se la suda (con perdón). “No tengoooootra cosa que daaaarteeee”, canta, “que el raaaamo de rosas de suave fragancia que diera marcoooo a la Viiiiiirgeeeen Moreeeeeeeenaaaaaa”. El paracaidista aterriza violentamente sobre la mesa de mapas, que se hace trizas. De paso, se arrea un formidable coscorrón contra el suelo. Por encima de nosotros, entretanto, se desploma suavemente la seda del paracaídas que se tiñe de sangre. “¡Se ha matado!” exclamo esperanzado. Pero no. El paracaidista se incorpora tambaleándose, se suelta el paracaídas y yo agarro una pata de la mesa desarbolada dispuesto a defenderme y rematarlo si falta hiciera. Pero él no parece agresivo sino cansado, más bien. Desolado, el paracaidista se quita el casco y las gafas con cierta torpeza y ante mí comparece la mirada única y arrebatadora de la Princesa. Hal, que no se calla ni debajo del agua, arrecia. “Mujeeeer que conseeeerva el embrujo de los oooojoooos moooorooooos”, entona galantemente. La cara de la Princesa está cubierta de sangre. “¡Hemos vencido, Bowman!” exclama. Los ojos le brillan de felicidad y el pelo, esponjoso de sangre, se aplasta apelmazado contra el cráneo. Tiene una sonrisa bobalicona y da tres pasos de borracho. Un agudo sentimiento explota en mi interior. “¡Princesa!” La cría se desploma pero llego a sostenerla y a evitar que se descuerne contra el suelo. “¡¡¡¡¡Haaaaaal!!!! Emergencia médica”. Ella me mira con los ojos verdes entornados. “Por el dios de las batallas”, murmura quedo. “Tú me quieres”.

Yo m pongo como un tomate y la Princesa se desmaya a tiempo de no verlo. Afortunadamente.

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7 respuestas a El paracaidista

  1. Agualuna dijo:

    Ains que romántico. Y Hall yo también amo Granada, no la canción, la cuidad.

  2. Jack dijo:

    ¿cría?

  3. Ambrosio dijo:

    ¿Qué si cría qué? ¿Ladillas? ¿Piojos? ¿Pulgas? ¿Quién? Perdón, estoy un poco espeso.

  4. Jack dijo:

    Criar ladillas es algo de lo que las señoritas no solemos tener conocimiento. Y menos las princesas, amos, por el amor de dios. Yo ni siquiera sé lo que es una ladilla (aunque me malicio que nada bueno). Mi pregunta era sobre el "cría" de "la cría se desplomó". En fin. Repito. ¿Cría?Por cierto, ardo en deseos de leer el próximo capítulo. Esto de andar en ascuas sobre el propio futuro tiene su aquel. Necesito saber si muero o sobrevivo. Por un lado no es un mal final caer en acto de servicio combatiendo a las tropas nazis. Por el otro, me parece una putada morirme en lo mejor. Con perdón. Así que la incertidumbre me corroe, lo mismito que al final de las buenas telenovelas.Hágase cargo. Y dele a la tecla.

  5. Ambrosio dijo:

    Ah, "cría" de "criatura", no de "criar" cosas. Pues sí, una "cría" es. Una guaja. Una nenita. Adorable, ciertamente. Una princesita de cuento, en resumidas cuentas. De cuento de terror, pero de cuento al fin y al cabo. ¿Qué es mi vida, sino puro cuento de principio al fin? ¿O no es así?

  6. Jack dijo:

    Ah. Bueno. Aclarado entós.Ha de saber que la última vez que un hombre osó llamarme nenita no tuve más remedio que partirle la cara.Una tiene su reputación, y hay cosas que no.Afortunadamente (tras tanto desvelo y tanta hospitalidad) hay confianza, así que supongo que se ha ganado el derecho a llamarme como le plazca sin tener que estar tres días escupiendo dientes.Nótese el supongo. No prometo nada. Salud, comandante.

  7. Ambrosio dijo:

    Jodó¿No es un encanto?

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