Laurel

“Oígame, usted, señorita”. La Princesa, que canturría en la cocina un aire del Mika P. Hinton, se quita los cascos. “¡Dime, Bowman!”. Yo, recién levantado, voy por el pasillo de la ‘Discovery’ -cuya estética post industrial despierta pesadillas- y en la mano sostengo el extraño porrón que dice ‘Recuerdo de Figueras’. “¿De dónde sacó usted este artefacto?” la digo. Y me paro en la puerta de la cocina ostentando el porrón. La Princesa, en deshabillé, desventra los armarios. Parece poseída por alguna especie de fiebre extraña y esparce el contenido -latas, botellas, vajilla, bolsas, cajas, comida, manteles, de todo- por el suelo. Pero el suelo no le basta y usa también las encimeras y -en fin- cualquier espacio libre que pilla a mano. La cocina -MI cocina- parece una leonera y aún así, en vez de disculparse, la Princesa se revuelve contra mí. “Eres un desastre, Bowman”, me espeta la muy lianta sin contestarme. Y prosigue pizpireta. “De física cuántica sabrás un huevo, pero tienes la cocina hecha un erial. Ni siquiera hay laurel”. Esta chiquilla conseguirá sacarme de quicio y acabaremos teniendo un episodio de violencia de género. Estoy medio dormido, en una mano sostengo el porrón y con la otra, antes de contestarle, me rasco groseramente salva sea la parte. “Me permito informarle, joven, de que nos encontramos en la órbita del planeta Júpiter, a ochocientos millones de kilómetros de la Tierra. Ochocientos millones”, recalco. “Y en ‘MI’ cocina” -recalco también- “no hay laurel, en efecto, como acaba usted de comprobar”. Me paro un momento a tomar aire y añado molesto. “Pero es probable que haya comino”. A ella parece no importarle el dato. “Bowman: marcho a por laurel”. Yo, con el porrón en la mano, la contemplo estupefacto. “¡No puede usted salir con esa pinta, coño!” La princesa viste un ajado y escueto pantaloncillo, apto sólo para hacer el ‘menage’ (y eso si no hay gente delante) pero le da igual. “Estamos en la órbita de Júpiter, Bowman. ¿Quién me va a ver por estos andurriales?” A los cinco minutos, el motor renqueante del ‘spitfire’ me anuncia que se marcha. A por laurel.

Lo raro es que lo va a encontrar.

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