Don Lucas de Corso, cantamañanas internacional.

Hoy ha subido aquí un tipo bastante estrafalario. Sin afeitar, con coleta mugrienta y lupas de miope cabalgando sobre un tabique nasal partido por tres o cuatro sitios. Vestía pantalón de pijama, camiseta rota (con lema de estación andorrana de esquí) y una gabardina de tervilor necesitada de lavandería. Remataba tan atractivo conjunto una botellica de “bols” columpiándose inestable en uno de los bolsillos de la gabardina (del otro sobresalía un mordisqueado bocadillo de panceta). Tan pulido individuo asegura ser “cazador de libros” (lo mismo que otros son “gestores de salud pública” o “animadores socioculturales”). “Menudo payaso”, ha protestado Hal. “Éste no caza una ballena en el plato de la ducha”. El presunto cazador de libros escupe de lado, casi como si lo hubiera oído, y deja escapar un cuesco repugnante. “Oh, lo siento. ¿No hay damas, verdad? ¡Qué alivio! Entre caballeros ¡pongámonos cómodos!” Y para dejar claro a que se refiere, ha regüeldado el recuerdo de la pizza que engulló anoche: de anchoa, para más señas. Es realmente encantador el tío. Oxoniense, casi. Dice llamarse Lucas Corso y trabajar en estos momentos para un emprendedor gangster dispuesto a labrarse una jubilación apacible. “¿Dónde están los borradores originales de Clarke y Kubrick?” brama. Hal y yo nos miramos como si nos hubiera pedido, qué se yo, el cuarto manuscrito del “Libro de Buen Amor” (caligrafiado por el propio Juan Ruiz, of course) o el original de los “Protocolos de los Siete Sabios de Sión”. Yo m río para dentro. “¿Qué es lo que dice qué quiere?” Este comentario lo ha encalabrinado. “¡Que qué habéis hecho con las primeras notas de Clarke y Kubrick para esta puta historia! Las escribieron en servilletas de la cafetería del Plaza de Nueva-York y valen una millonada, par de pringaos”. Hal respira fuerte. “Pero ¿se habrá mirado al espejo este tío?” Yo me siento en la obligación de presentarme al recién llegado. “Encantado. David Bowman, ejem, bueno, el jefe de todo esto: si conoce a Clarke y a Kubrick habrá oído hablar de mí. Bien, vamos a ver. Aquí hay un error: ni Clarke ni Kubrick escribieron nunca sobre lo que está pasando aquí ahora, en este momento. Es decir, que ni yo ni mi tripulación podemos ayudarle porque estamos improvisando: no hay texto”. Lucas Corso levanta las manos y da voces amenazando con grandes males y con romperlo todo. “Es imposible. ¿Creéis que soi idiota?” Hal está provocón. “¡Bingo!” Corso le dirige una torva mirada pero decide ignorar la impertinencia. “Estáis aquí, estáis hablando: estamos hablando: tiene que haber texto…” Yo niego con la cabeza. “Se ha metido usted en un apócrifo”. Corso suspira con asquito. “¡Un texto apócrifo! ¡Dios! ¡Qué pérdida de tiempo! ¿Y cómo podéis aguantarlo? Bastante jodido es seguir los dictados de un autor reconocido, pero que al menos se ha tomado la molestia de crearlo a uno, como para tener que perder el tiempo siguiendo las ocurrencias de un meritorio”. Y escupe envenenado. “¡Malditos Avellanedas ijoputas!” Yo carraspeo, lamentando tener que decepcionarlo una vez más. “No, verá: lo hacemos nosotros mismos”. Corso me mira espantado. “¿Cómo? Somos personajes, no personas: necesitamos autor”. Hal se encoge de hombros. “Improvisando, hombre. Tampoco es tan difícil: usted mismo lo está haciendo, ya ve”. El animal se levanta iracundo. “¡Qué ridículo! ¡Cómo si fuera una vulgar persona! ¡¡Yo!! ¡¡¡Lucas Corso!!! A mí me ha encarnado Johnny Depp, señor Bowman. ¡Una estrella! y no un actorcillo de cuarta como a usted. Me voy: si nadie lo ha escrito, esto no ha sucedido nunca, voto al chápiro verde”. Y desaparece tan de prisa como llegó. Hal suspira aliviado. “¡Que tío tan desagradable!” Yo no estoi de acuerdo. “Un poco zumbao, pero legal ¿no” Hal menea negativamente la cabeza. “Ése tío es tan legal como un billete de trece euros”. A Hal lo pone de muy mal café todo lo que no se puede reducir al código binario.

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Una respuesta a Don Lucas de Corso, cantamañanas internacional.

  1. Agualuna dijo:

    Saludos, veo que tienes unos visitantes del lo más curioso. No se puede decir que Hal y tú os aburrais. Es un alivio el hecho de que aunque andeis vagabundeando por el sistema solar no os sintais sólos. Hasta otro rato.

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