Manifiesto por la beatificación de Ramón Areces.

“El desprestigio de la profesionalidad (ante los embates de la gestión) conlleva la proletarización de los técnicos”, ha sentenciado Hal (que está muy sentencioso últimamente). Yo me he quedado de piedra. “¿Y a que viene eso?” Hal no lo sabe. “No sé. Se me ha ocurrido. Y también que el desprestigio de la profesionalidad conlleva la uniformización de la clase media”. Este robot ya no sabe que contarme para hacerse el interesante. “¿Se puede saber de qué estás hablando?” Hal suspira (está muy suspirón últimamente). “De que la clase media, compuesta hoy por una innúmera variedad de abogados, comerciantes, plateros, médicos, transportistas, profesores, industriales, ingenieros, etc, quedará reducida muy pronto a un soporífero y monótono puré de gestores”. Yo me echo a temblar: cuando Hal se pone así es que se aproxima una catástrofe. “¡Hal, por Dios!” Pero nada: como si oyera llover. “Un puto gestor vale tanto para fabricar calzado como para llevar una cadena de hamburgueserías. ¿Usted cree que puede salir algo bueno de ahí?” Yo me digo que más bien no, y así se lo comunico. Hal asiente. “Claro. Desde que la vieja y honesta prestación de servicios ha caído ante el avance de las agresivas fuerzas de choque de la economía de escala -la nueva religión capitalista- vamos de culo y sin frenos”. Hal chochea: si vamos de culo es porque no podemos abandonar la órbita de Júpiter. “Hal, por el amor de dios, no me marees”. Al robot se le escapa un prolongado silbido, a modo de suspiro. “El sensato cuidado del producto, de la calidad y de la satisfacción del cliente han muerto: la regla de oro ha muerto”. Yo huyo a la cocina y me preparo un huevo frito. Pero Hal, que tiene mil ojos diseminados por toda la Discovery, no me abandona. “¿Y sabe usted por qué ha muerto la regla de oro?” Yo no lo sé. “Porque han vuelto a la vida unos zombies fantasmales: los viejos trusts gangsteriles, ahora llamados conglomerados industriales”. Yo le digo que sí, que vale. “¿No sabrás donde está el ajo?” Hal se arranca a cantar. “Agrupémonos todos en la lucha final: el género humano es la internacional”. El ajo no aparece y me empiezo a poner de mal café: un huevo frito con puntillas debe freirse con medio diente de ajo. Hal deja de cantar y prosigue su discurso alucinado. “Creíamos que los gangsters estaban muertos y enterrados. Pues no: han vuelto a la vida y se están adueñando de toda la actividad económica: sanidad, editorial, hostelería, restauración, prensa, seguros, ocio, comercio (hoy “distribución”, juá, juá), textil, telefonía, banca…” Yo me digo que a mí, plín: no hay nada de eso en la órbita de Júpiter. Hal no se calla ni debajo del agua. “Piense, Dave, que en los años noventa, la llegada al transporte ferroviario británico de estos vampiros sedientos de sangre provocó una cascada de accidentes espantosos. Yo sé quien va a echar de menos a la entrañable y detestada RENFE”. Y yo pego un puñetazo en la encimera. “Coño, Hal, que no hay ferrocarriles en Júpiter”. Qué idea tan tonta: ferrocarriles en la órbita de Júpiter. Hal se tensa. “¡Estamos perdidos, Dave! Aquel delicado invento de la “guerra fría”, el llamado “Estado del Bienestar”, tiene las horas contadas. Con la muerte de la Unión Soviética y el hundimiento del Telón de Acero volvemos a los felices veinte. Saludemos entusiasmados la resurreción de Al Capone. Y que dios, querido amigo, nos coja confesados”. Yo mojo pan en los huevos. “¡Madre mía!” Hal, decididamente encendido y melodramático, pega un grito y se me cae la espumadera al suelo. “¡No! Pero ¿qué digo? ¿Qué veo con estos ojos arrasados por las lágrimas?” Hal se pone poético. Y épico. “¡No! Sobre la vieja piel de toro sobrevive, cual antigua, leal y heróica Numancia rediviva, un bastión hasta el momento inexpugnable. ¡Sonreid, porque aún queda un débil rayo de esperanza!” Este robot está más loco de lo que yo creía. “En España hay una ciudadela fortificada que resiste con valor, sabiduría y denodado empeño el arrollador avance del invasor. Se encuentra en el sector del comercio (y a la puta “distribución”, que la den bien por culo) y la pueblan sabios y honestos profesionales de los de antes”. Dios santo, de hoy no pasa: tengo que desconectarlo. Hal gime y cruje. El disco duro gira a una velocidad inverosímil. “Ése invicto reducto que digo sólo es un quiosco gigantesco. Mas ¡no temáis! Está lleno de hombres de honor, fieles a las viejas reglas, sabios en multitud de disciplinas (informática, telemarketing, comunicación, industria, construcción, diseño, banca, venta) que se apoyan unos a otros en base a una antigua religión, hoy despreciada por los nuevos bárbaros -el respeto, por encima de todo, a su bienamado público que tanto les quiere y al que tanto deben- y han levantado una tupida e intrincada red de defensas que, hasta el momento, viene mostrándose sólidamente eficaz frente al salvajismo impío e implacable del capitalismo desalmado”. Yo rebaño el plato preguntándome en que parará tan siniestra perorata. “¡Aún hay alma en el antañón y paternalista capitalismo hispano!” vocifera Hal enardecido. “Sonreid, compañeros-ciudadanos-consumidores-proletarios. Aún nos queda, y nos quedará siempre, El Corte Inglés”. Hal concluye con un surrealista grito de guerra. “¡Viva San Ramón Areces!” Jesús, María y José: estoy solo en mitad de la nada. ¿Solo? No: me acompaña un tarado. —————————————————

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2 respuestas a Manifiesto por la beatificación de Ramón Areces.

  1. Agualuna dijo:

    Yo estoy bien, mis pajaros dormitando y ¿los tuyos? . Un saludo desde mi atalaya.

  2. Agualuna dijo:

    No, no soy lalaith, soy Agualuna, la verdad es que cada día me prodigo menos por el foro de Alatriste, quizá ni te suene mi nick. Suelo entrar a leer lo que me interesa y a lo mejor dejo alguna poesia de las me gustan en el correspondiente post y poco más.
    Siento no ser la que tu esperabas. Saludos lunáticos.

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