Con las bragas por bandera.

“¡Bowman! ¡Bowman! ¿Ya lo ha visto?” La voz de Hal anunciando desgracias tiene la virtud de ponerme los nervios como escarpias. “¿Se puede saber qué pasa?” Desde que Jack se nos ha metamorfoseado -y en vez del chiquillo travieso que jugaba a los piratas es una princesa- va todo manga por hombro: ayer el ojo de Hal descubrió una colada femenina tendida en la sala de prospección de rutas. “Pero no es eso lo peor: también he visto a la princesa lavarla y tenderla”. Lo ha dicho como si hubiera visto algo excepcional. “¿Ah? ¿Y has visto algo raro?” Y Hal. “TODO: puedo certificar que Jack NO es un chiquillo. Ni una chiquilla”. Bueno, acabáramos. Lo que yo puedo certificar es que parece avecinarse una paranoia como la que en 2001 costó la vida a mis compañeros y obligó a abortar la Misión Júpiter. “Vale, Hal: ya veo que NO es la colada de un futbolista”. Yo, en vista de las circunstancias, preferiría que Jack hubiese seguido siendo el crío que trasteaba con el balón. Se conoce que el programador de Hal no previó ciertas cotidianeidades bien frecuentes en cualquier hogar de clase media un poco concurrido. Por si no estuviera claro, el muy imbécil ha apostillado con voz chillona. “¡Desnudica como un corderillo, David!” Ahora he carraspeado yo. “Muy bien, Hal. Gracias. Y mantén las formas: no te me pongas en Modo Maño”. Muy serio, he tomado el micro del sistema de intercomunicación interna. “Señorita Jack, le habla el comandante de la Discovery”, he anunciado en el tono más institucional de que soy capaz. “En lo sucesivo ¿sería usted tan amable de entregar su colada al servicio automatizado de lavandería? Al ordenador central le sube la temperatura con las libertades que usted se toma y ya tenemos bastantes problemas. Gracias”. La voz angelical de la princesa invitada, resonando en todos los altavoces de a bordo, me ha helado la sangre. “Vete al guano con tu ordenador, Bowman. A ti sí que te sube la temperatura. ¿Sabes que formáis una buena pareja de guarros? El servicio de lavandería que gestiona el rijoso de Hal está muy bien para tus abanderados, pero de mi lencería me ocupo yo. Así que no me toques más las pelotas”. La voz metálica del ordenador me ha sacado de mi estupefacción. “Es una princesa del siglo XXI. Y usted y yo, dos productos del XX… con fecha de caducidad. ¿Hace un cafelito?”
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