Omeyas altivos

Que los españoles somos medio moros (si no moros del todo) o gente con algo de moro (sin saberlo) es un hecho. Sorprende que no se señale más (o que se niegue enfáticamente).
En el mapa, la Península Ibérica es un auténtico “puente” entre África y Europa. Sobre ese puente se ha forjado una identidad (España) que nace del recuerdo y la reivindicación de la vieja Hispania romana, del abrazo entusiasta a la Europa cristiana (de manera muy gráfica en el Camino de Santiago) y del rechazo (repudio casi histérico, más bien) de la huella musulmana que cruza la piel del toro (una huella tan profunda que, más que huella, es una cicatriz).
Un breve paseo por esa marca vergonzantemente oculta, testimonia una historia tan vivida como sistemáticamente silenciada (e incluso negada con una insistencia cómica: los noruegos no se molestan en negar una supuesta huella islámica en su sociedad, del mismo modo que nosotros no nos molestamos en negar unas hipotéticas huellas japonesas, siberianas o hawaianas en la nuestra).
Sería absurdo ponerse a afirmar ahora que somos moros. Pero igualmente absurdo es negar que lo hemos sido o, más justamente, que lo fueron nuestros antepasados. Y mucho, además. Y eso marca. Hablamos alguna forma de árabe -sin saberlo- cuándo decimos Zaragoza (y no Cesaraugusta), Alcalá, Gibraltar, Alcántara, Almansa, Benidorm, Medina, Albacete, Nerja, Algete, Madrid, Almadén, Almería, Cádiz (que no Gades), Sevilla, Alcudia, Guadalajara, Alhama (al-hammam: el baño), Algeciras, Guadalquivir, Guadarrama, Guadiana, Guadalupe, Arjona (y no Urgavo) Guadalhorce, alcayata, alcoba, albañil, azul, alfombra, alcalde (el cadí), atalaya, cifra, alquimia, ojalá (si Dios -Alá- quiere), almohada, tarea, alambique, latón, adalid, alhaja, fideo, algarroba, escabeche, alcantarilla, albañal, aceituna (que no oliva), almazara, taza, ajedrez, elixir, azúcar, Cid, álgebra, jazmín, Almanzor, albóndiga, azafrán, jarra, azulejo, noria, algarabía, azar, atún, almadraba, azahar, arroz, algodón, alforja, jarabe, alguacil… así hasta mil palabras (según unos) o cuatro mil (según otros, como Rafael Lapesa en su "Historia de la lengua española" de 1960): total, entre un tres y un veinte por ciento del vocabulario español (según la fuente que consultemos).
Pero la cosa no acaba aquí. Estaríamos “haciendo el moro” al lavarnos las manos antes de comer, al comer arroz, al cultivarlo, al cultivar limoneros y naranjos, al regarlos mediante acequias, al escribir números y usar el sistema decimal para contar (hábitos tan tremendamente prácticos que no sólo los heredamos nosotros), al dar jaque mate (sah mát: "el rey está muerto"), al alfombrar las casas, al hacerlas -cuando las hacíamos- de adobe, al ponerles estucos y molduras de yeso, al subir a tender a la azotea y al ofrecer nuestra casa a nuestros huéspedes (“está usted en su casa”). También al ser zalameros y al hacer zalemas (assalám ‘alík: “la paz sea contigo”), al hacer de la comida con amigos y parientes un acto social, al picar todos de una gran fuente central, al combinar ensaladas con carnes y pescados, al pelear por ser el primero en pagar (“a ése no le cobres que es de fuera”), al fabricar y comer turrón (y todo tipo de dulces elaborados con frutos secos, como los alfajores o el alajú), al hacer café, al recelar del número trece, al perfumarnos y desodorizarnos después del baño, al conceder antojos a las embarazadas y, supongo yo, al hacer otra buena porción de cosas que están esperando a los estudiosos de la historia, de la antropología y de los usos sociales. Vamos, que detrás de nosotros, junto al viejo celtíbero cazador, al culto hispanorromano y al cristiano devoto de Santiago vive también un orgulloso musulmán fiel -sin saberlo- a muchos preceptos de Alá. Ellos nos han hecho, con lo bueno y con lo malo, y conocerlos a todos podría ayudarnos a entendernos a nosotros mismos un poco mejor y, en consecuencia, a mejorar un poco más. Como individuos. Y, sobre todo, como sociedad. Vamos, digo yo.
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