Hay que ver lo que cunde este chico.

Hoy le ha dado charlatana a Jack. “Cuando mi familia se enfada conmigo me dice que me parezco a mi tía Nedi”. Semejante confesión me ha dejado patidifuso. “Era hermana de mi abuela y, contra todo pronóstico, salió rubia y de ojos azules. Y descarada, inteligente y artista, ¿sabe Bowman?” Yo asiento. “También salió muy hijaputa". Jack se ríe, pícaro, por lo bajo. "Mi abuelo, el maestro, la enseñó a leer, a escribir y también las cuatro reglas. Con eso tiró hasta hoy y, oiga, le sacó bastante partido”. Es sorprendente oir a Jack, normalmente poco dado a la confesión íntima. “Y eso ¿dónde fue?”, pregunto. Jack suspira y me mira muy serio. En vez de doce años parece que tenga veinticinco. “Debería usted ver el pueblo, un pueblo de montaña cerrada lleno de pomaradas, más verde que el amazonas y más jodido que las gallinas. Abajo están las minas de carbón. Mi familia materna es toda de allí. Ahora es un pueblo hermoso que se está recuperando para el turismo rural, pero en los cuarenta debió ser un infiernito de frío, hambre y rojerío”. Se me hace difícil imaginar a Jack oriundo del agro semiindutrializado de la minería. “Se conoce que la querías”, comento. Jack sonríe. “Cuando estaba de buenas contaba que ella bailaba con todos y que no le daba la puta gana de casarse, literalmente. Y que si soy un poco listo, haga lo mismo. Una visionaria. También me contaba que su madre venía todas las noches a verla con el vestido de boda puesto (un vestido negro, como se casaban antes las chicas en los pueblos) y que la piropeaba y le decía que estaba muy guapa”. Jack se para un momento, se bebe un vaso de agua como un cubo de grande y sigue. “Tía Nedi se casó a los sesenta con un tipo con la sangre de horchata que tenía un hijo esquizofrénico. Entonces empezó a pintar. Al marido lo atropelló un camión, así que se quedó sola en la casa de él, un casón de tres plantas al lado del mar, con sus cuadros y con el loco, que la perseguía con un hacha por las noches, le mataba los gatos y los colgaba de una higuera. Yo creo que ella le provocaba, porque desde la infancia era insufrible y malvada”. La historia es tan demencial que no termino de creérmela. “Pero, Jack ¿de dónde sacas todo eso, por Dios?” Y él. “De ningún lado, David: es la historia de la hermana de mi abuela, que me quería mucho. Hubo una época en la que sólo yo era digno de su verbo florido. Así fue como me enteré de lo envenenada y egomaníaca que era, y de que si hubiese vivido en Madrid habría sido una artista de esas que iban en pantalón en los años cuarenta, con los labios muy pintaos y follando (mucho y bien) con actrices y escultores, indistintamente. Pero no, le tocó el pueblo y el esquizoide que mataba gatos, así que una vez suicidado el hijastro, se quedó sola en la casa, desconfiando de todos, dando por culo a todos y pintando sin parar. Y sola, ya le digo, que es lo que había querido siempre. Le incomodaban las visitas, la gente en general y la familia en particular. Menos yo”. Jack sonríe satisfecho al decir esto. “Tía Nedi -Enedina- era una vieja muy guapa, muy muy chica, y con energía para matarnos a todos en una carrera. Y sus cuadros, tan raros, eran algo que había que ver. Aún quedan más de dos mil en esa casa inmensa en la que vivía. Y poemas, y canciones, y cuerda para rato. Últimamente, como ya me veía mayorcito, me tiraba los tejos y me soltaba versitos guarros. Y yo, claro, encantao. Pero un día que la llamé para ir a verla, me soltó que me podía ir yendo mucho a la mierda. Se había vuelto loca de remate, así de repente, y casi vuelve locas también a tres enfermeras que intentaron vivir con ella y que se piraron jurando que no había dinero que pagase aguantarla". La luz fría de la `Discovery´ confiere al rostro de Jack la consistencia de una escultura. "Un día se emborrachó más de lo normal, se pegó una hostia en la cabeza y la sacaron los bomberos. Ya no volvió a casa. Ahora está en una residencia. Hay que hacer un gran esfuerzo para no salir llorando cuando vas a verla, porque parece uno de esos tigres ciegos de los circos pobres. Habla muy bajo y me pide que la mate de una santa vez, que no está hecha pa vivir en un sitio como ése. Razón lleva. Si hay alguien hecho pa un sitio como ése, no es Enedina desde ningún punto de vista. Pero no creo que haya nadie hecho pa esos sitios, la verdad. Sus sobrinas van a verla todos los días, por turnos. A ver, si es la única que queda de su generación. Y eso que a mi madre y a sus primas las odia desde que eran niñas, pero las pobres tampoco pueden dejar de ir. Ahora tía Nedi tiene alzheimer, así que no le queda más remedio que estar ahí. Nunca pensé que pudieran quitarte lo bailao, pero parece que sí. Hace tiempo que no se acuerda de nadie, pero mi vieja me ha dicho que ayer mismo afirmó que yo había ido a verla por la mañana. Es curioso porque ayer mismo, buscando otra cosa, encontré un cuadro suyo y lo volví a poner donde estaba. Para no pensar, mayormente. Para no pensar, sobre todo, en qué va a pasar con sus cuadros, en la rabia que me da no haberle hablado más cuando todavía era ella o en lo jodido que es no tener más remedio que estar vivo. Cuando era ella, era una genia (además de hijaputa, malvada, intratable y egomaníaca). Se dejaba ver en todas las verbenas, y cantaba y bailaba y ligaba a diestro y siniestro. Pequeña, rubia, mala y hermosa". Jack suspira un momento y prosigue. "Yo creo que, a su manera, me quería, pero no estoy muy seguro. Si me lo permite, voy a colgar por aquí unos cuadros suyos. Ya verá lo raros que son y la cantidad de oscuridad que había en su cabeza. ¿A qué es chocante que le diera por ahí? Un día vinieron a estudiar los cuadros unos japoneses que no llegaron a ninguna conclusión. Ella, en cambio, escribió una canción que se llamaba `Los chinos de la china, qué cerraos llevan los ojos´. O algo así. Una genia mardita, Bowman”. Jack termina y calla. Tiene los ojos brillantes y sueña.
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