¿Paella en la órbita de Júpiter?

Hoy he comido paella. Sí: "alguien" ha cocinado una paella -un plato que me encanta- en la rejilla de escape de neutrones. Y estaba buena. Le he ofrecido a Hal ("¿usted gusta?") pero no ha querido y me he puesto ciego. "David, por dios, yo sólo como bits de información", me ha contestado con cierto asco. "Ay, Hal, hijo, que raro eres". Ya lo decía mi abuelo: "David, hay que hacer por la vida", así que después de rebañar a conciencia el "socarrat" he caído como una boa. Lo malo es que entre sueños he empezado a preguntarme por el orígen de la paella. No por el origen del concepto -ni por el de "arroz a la valenciana" en general- sino por el origen de la paella concreta que acababa de zamparme. ¿A quién demonios se le ocurre guisar una paella en la rejilla de escape de neutrones? Dejando de lado el espinoso tema de que a bordo no hay ni un grano de arroz (ni mejillones, limón, azafrán, ajo o aceite de oliva, que es lo que hace falta para guisar una auténtica paella como la que yo me he zampado) pensar en guisar una paella sobre la rejilla de escape de neutrones es una insensatez. Y una barbaridad. Podría atascarse el oscilómetro, apagarse el confinador de carburante o irse al guano el acondicionador (de caerle la más mínima gota de grasilla). Pero, volviendo al cogollo del meollo ¿de donde rayos han salido los ingredientes? Ya no me cabe duda de que lo que pasa en esta nave es inconcebible. Lo malo es que pasa y, desde luego, no tiene nombre.
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