La Parca abate un gigante

Es difícil ser fiel a uno mismo por encima de lo que uno está obligado a ser. El gran Vilallonga lo logró, o eso parece. Al fin y al cabo, todo en él era apariencia, personaje y ética mezclada con estética: un cóctel explosivo. Un toca pelotas imprevisible que se rió de todo y de todos (de sí mismo para empezar). Son impagables su propia caricatura en la película “Patrimonio Nacional” (guión de Azcona, realización de Berlanga) y su terrorífico libro “Fiesta”, prohibidísimo por el franquismo e imprescindible linterna para circular por los tenebrosos vericuetos de nuestra última guerra civil: a la luz de este “sencillo” testimonio los sucesos de 1936 adquieren su verdadero sentido y cualquier interpretación sobre aquello ocupa su sitio exacto, con perfiles claros y definidos y sin sombras equívocas. 

En fin, descansa en paz, querido maestro.

Maravilloso, por cierto, el “Obituario” que te dedica Villena en El Mundo de hoy.

….

José Luis de Vilallonga, un gentilhombre del todo incorrecto

El Mundo – lunes 10/09/2007 23:07 (CET)

LUIS ANTONIO DE VILLENA

MADRID.- Conocí a José Luis de Vilallonga cuando se vino a vivir a Madrid (pasados los años 80) y tenía en su despacho una foto dedicada de Felipe González, porque en ese entonces el aristócrata erguido, simpático, bon vivant y muy distinguido iba de socialista absoluto. Creo que me lo presentó Luis Racionero.
Ya con manos pecosas y aire indolente, fumaba puros y hablaba de todo con una lejana indolencia o pereza, como el dandi que se aburre y sólo contempla el bulevar que transcurre al lado… Aunque nacido en Madrid el 9 de enero de 1920, era hijo de aristócratas catalanes.

Su padre (con monóculo y una elegancia austrohúngara) era marqués de Castelvell —título que después heredó— con Grandeza de España. Su madre, la segunda hija del marqués de Portago; es decir, que por ningún lado le faltaron encopetados linajes.
Su educación, claro es, fue la que correspondía a tal mundo (aunque tenía 11 años cuando llegó la República), quizás ya con algo rebelde, pues se negó a seguir la carrera diplomática que le aconsejaba —o a la que le conminaba— su padre.

Peleó en la Guerra Civil, en el bando franquista, según ha contado él mismo también por orden de un padre severo y muy conservador, pero los horrores que vio en la contienda y que narró en sus iniciales novelas (‘Fiesta’ y ‘Allegro bárbaro’) debieron impresionarle hondamente, primero para no ser de derechas —como su familia— pero además, supongo, para pasárselo bien y juzgar que la vida hay que vivirla a tope y lo mejor posible. Si se puede derrochar, mejor hacerlo…

Al acabar la contienda fratricida y viviendo en Barcelona, su nombre, su afición literaria (compaginable con la buena vida) y su supuesta adscripción franquista, le hacen joven y distinguido colaborador de notable prensa del momento, desde periódicos —ya desaparecidos— como ‘El Noticiero Universal’ o ‘Diario de Barcelona’, a revistas semanales que representaron (y bien) la mejor intelectualidad de un tiempo trunco y convulso; hablo naturalmente de Destino.

Pero ésos no terminaban de ser los ideales de un muchacho distinguido, noble y algo golfante que precisaba y anhelaba mucha libertad. Usando las relaciones de su familia con la jet-set europea, que entonces se llamaba mejor café society, marcha a París y a Londres, se casa con una mujer distinguida, Priscilla Scott-Ellis, en 1945 (será oficialmente su esposa durante 27 años) y un año después tienen un hijo.

Nace John

John, que nace en alta mar, en un transatlántico, rumbo a Argentina, donde sus elegantes papás comprarán caballos y se dedicarán a los suculentos y refinados negocios del mundo equino, el polo y las carreras ecuestres.

De nuevo en París —donde se instala en 1951— José Luis de Vilallonga (“un tipazo”, decían las señoras) decide no volver a España, declararse antifranquista, tornar a ser escritor, y además —él jamás vio contradicción en estas cosas— hacerse un play-boy internacional, en español castizo, un señorito calavera. Dotes y títulos le sobraban.

Se puede decir, sin temor a exagerar, que Vilallonga conoció a todo el mundo que había que conocer, desde el gratín a la farándula, pasando por la intelectualidad más marchosa.

En España, naturalmente, más bien se le silenciaba. Desde personajes regios (Soraya, Grace Kelly, el rey Jorge de Grecia, los condes de París o los duques de Windsor, pasando por la propia casa real española en el exilio) hasta el artisteo más variado y glamouroso: Brigitte Bardot, Orson Welles, Federico Fellini, Audrey Hepburn, Charles Chaplin, Sophia Loren, Onassis o Catherine Deneuve, la nómina sería absolutamente apabullante…

Noel Coward, el dramaturgo británico, dio ya maduro una magnífica respuesta a un periodista que le preguntó: ¿Una vida excepcional? Coward respondió: “La mía”. José Luis podría haber dicho (y con mayor motivo) lo propio.

Al principio publicó libros en francés (que se tradujeron en España ya en la Democracia) y que como dije novelaban sus traumáticas experiencias durante la Guerra Civil o hacían gala de su mundanidad contra Franco: por ejemplo, ‘Cartas desde París a mis paisanos los íberos’; pero además hacía entrevistas para ‘Vogue’ o ‘Paris-Macht’ a sus famosísimos amigos, o trabajaba como actor en películas —a veces magníficas— donde solía hacer brevemente de sí mismo, desde ‘Los amantes’ de Louis Malle, en 1958, a ‘Patrimonio Nacional’ de Luis García Berlanga (1986), pasando por ‘Desayuno con diamantes’ de Blake Edwards —1961— o ‘Giulietta de los espíritus’ (1965), de Fellini…

Tampoco soy exhaustivo, ni mucho menos. La vida del joven y maduro Vilallonga parece un brillante desfile por una iluminada pasarela de mundanidad, lujo —tuviera o no mucho dinero, eso siempre se ha discutido, y al parecer mucho no tenía— con hombres brillantes y espléndidas mujeres, con alguna de las cuales se casó fugazmente, como con la bella Úrsula Dietrich.

Syliane, el amor de su vida

Sin embargo —y a pesar de la separación— de creer al propio José Luis en sus ‘Memorias no autorizadas’, el amor de su vida será Syliane Stella, con la que ha compartido más de 25 años, y quien le ha cuidado al final, con su hijo Fabricio, en su retiro último de Palma de Mallorca, enfermo ya.

En medio, el fugaz matrimonio (en 1999) con la periodista Begoña Aranguren —sobrina del fallecido filósofo— quien tras separarse del decaído y fabuloso aristócrata publicó en 2004 un libro en su contra: ‘Vilallonga, un diamante falso’.

Como suele ocurrir en estas vidas fascinantes, quizá ególatras y desde luego irregulares, no han faltado últimamente ese tipo de libros desmitificadores, como el reciente (2006) de su propio hijo John de Vilallonga, ‘Vilallonga, mi padre. Tal como lo conocí’, donde lo trata de alcohólico y casquivano.

Aunque al fin de la época de Franco, Barral logró publicar aquí un libro de Vilallonga, ‘Gold Gotha’ (1974), un brillante libro de sus entrevistas con famosos, nuestro personaje sólo sería conocido para los españoles cuando regresó al comienzo de la Transición.
Entonces siguió siendo el personaje que había sido (socialista y mundano) y comenzó a publicar, ya en español, multitud de libros que, de un modo u otro, rememoraban esa vida de lujo, trabajo, viajes y príncipes terrenos.

Citaré algunos: ‘La imprudente memoria’ (1985), ‘Mi vida es una fiesta’ (1988), ‘El gentilhombre europeo’ (1993) —novelada, antes apareció en francés— o los aludidos tres tomos de sus definitivas ‘Memorias no autorizadas’, publicadas ente 1999 y 2002… Naturalmente, muchas colaboraciones en prensa y su polémica biografía del Rey Juan Carlos —basada en conversaciones entre ambos— ‘El Rey’, de 1993.

Contradictorio, esteta, vividor, holgazán que trabajaba mucho, oveja negra que era dorada, José Luis de Vilallonga ha sido un buen escritor que nos deja, (más importante) un personaje soberbio y singular, quizá un último Guermantes, aún no bien dilucidado, en sus postreros años confusos.

http://www.elmundo.es/elmundo/2007/08/31/obituarios/1188539138.html?a=dbe0ea662a789dbcaa9bb269871bc38d&t=1188559968

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