Jacques

Con la llamada del tatarabuelo me han invadido los recuerdos. La imagen de una playa azul -azul el cielo y azul el mar- que ya no existe se ha adueñado de mi retina, de la Discovery y del Universo entero. Incrustados en ella, mis padres toman el sol mientras el rumor del pinar y el cri-cri de las chicharras suenan en stereofonic sound. El triciclo del heladero, que era mi obsesión, rasga de pronto el aire abotargado al grito de “aaal rrrico bombónhelaaado”. La playa estaba desierta (el sol bañaba tu piel cantando con mi guitarra para ti María Isabel, chiribiribí pon pon) salvo una pareja de extranjeros que se ponía treinta metros más alla con un crío de mi edad que se llamaba de un modo extraño. “Yacs”. Serían franceses (Jacques). Jacques y yo hablábamos mucho y nos escuchábamos con mucha atención pero no entendíamos nada. Afortunadamente éramos maestros en obras públicas y aún sin entendernos llenábamos la orilla de castillos, diques, presas y túneles. La madre de Jacques tenía un arsenal de galletas -chocolate, mermelada, fruits de la foret, nata- que desplegaba sobre la toalla en bolsas y cajas de colores irresistibles. Yo me ponía como el quico, para desesperación de mi madre, y después no quería macarrones ni tortilla ni nada. Por eso mi madre se acercaba de vez en cuando a los franceses y les echaba un discurso rogándoles que no me dieran nada porque, aunque éramos españoles, comíamos caliente tres veces al día. Los franceses sonreían con amabilidad mientras escuchaban atentamente sin dejar de asentir y cuando mi madre acababa le ofrecían una galleta rellena de crema que ella era incapaz de rechazar porque era una chica muy educada y muy golosa. Por aquel entonces debía tener veintitantos años y volvía a sentarse en su toalla al lado de mi padre, sin dejar de golusmear la crema, que se le derretía delicadamente en la boca. “La verdad es que están bien buenas”. Mi padre levantaba la cabeza del libro (un maigret, o tal vez “Viento del este, viento del oeste”, de Pearl S. Buck) para recriminarle. “Lourdes, cariño, si vas a decirle a esos señores que no lo den galletas a David y te pones morada, no van a entender nada”. Y era cierto: no entendían nada, pero daba igual. Un día llegó una barca a la orilla y los pescadores sacaron del mar una tortuga descomunal. Debía ser como una mesa de billar, por lo menos. Estaba muerta y la enterraron en la arena en un hoyo muy hondo. Después liaron pitillos, los encendieron con chisqueros y fumaron en silencio. Jacques les preguntó algo y uno de ellos, para mi sorpresa, le respondió. Cuando se fueron, Jacques me explicó con todo detalle lo que le había dicho el hombre pero, claro, no entendí ni patata. Aún así le agradecí lo indecible su interés en que yo comprendiera toda la historia de la tortuga y me dí cuenta de que tenía un amigo. Hoy la playa ya no existe, el pinar tampoco y sabe dios que habrá sido de Jacques, de sus padres y de las galletas pero por encima del tiempo y de los desmanes urbanísticos me queda el recuerdo de cuando aprendí el profundo sentido de la palabra amigo. Una palabra que si no fuera por ti, que visitas esta página y te acuerdas de mí, ya no tendría ninguno.
¡Adios. Hasta pronto, amigos!
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