Nada

Domingo. Nada que contar. La soledad del espacio es infinita. La amargura, inmensa. Y el recuerdo, destructor. ¡Quién pudiera eliminar los recuerdos! Las tardes de verano a la fresca. El botijo cerca. Nostalgia de mi pueblo, hoy tan lejano. Y los bailes en la plaza durante las noches de verbena… Pero lo que más añoro son los bocadillos de mi madre, adornados con un beso que entonces detestaba y hoy valdría oro. Madre ¿dónde paras? Nunca volveré, nunca debí venir.
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