La primavera ha venido del brazo de un capitán. Cantad, niñas, en corro: ¡Viva Fermín Galán!

Lo que más echo de menos de casa son las primaveras. Aquellos primeros días de sol, los geranios en los balcones y los domingos por la mañana. Cuando me pongo así y me entra la murria, HAL, que no sé como nota cada uno de mis estados de ánimo, me canta canciones tiernas de las cinco partes del mundo. ¡El HAL tiene un disco duro del tamaño de una bandeja! Canciones ucranias, checas, baladas japonesas y melodías griegas a ritmo de sirtaki llenan los altavoces del puesto de mando y lo convierten en una ONU sentimental y bebida. A veces el condenado ordenador entona como un susurro ugandés de las antiguas selvas del centro de África que me pone la piel de gallina y que, definitivamente, me hace beber. Evoco la sombra de la selva, el amanecer sobre el Valle de las Mil Colinas y el rumor de los afluentes del Congo tal como era antes de la machada de Stanley; entonces bailo como un caníbal enloquecido esperando la llegada del capitán Marlow al corazón de las tinieblas en busca de Kurtz. Es fácil que me esté volviendo loco… si es que no lo estoy ya.
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