La Transición está en entredicho

La viuda del ex-presidente Azaña, saludada por los Reyes
La viuda del ex-presidente Azaña, saludada por los Reyes

‘La Transición’ es una cosa que muchas personas cuestionan airadamente. En este sentido, hace bien poco se anunciaba un libro con el siguiente (y provocativo) eslogan ‘Y a ti ¿cómo te contaron la Transición?’ Una malintencionada pregunta ante la que me dije, sorprendido, que a mí no me la tenía que contar nadie porque soy yo quien la cuenta, transformado en abuelo Cebolleta, cada vez que alguien quiere escucharme. ‘La Transición’ es ‘mi’ propia historia y en ella la muerte de Franco, las elecciones de junio del 77, la llegada de la Constitución y el intento de golpe del general Armada tuvieron lugar ayer. Puedo decir donde estaba y qué hacía cuando me enteré de que acababan de ejecutar a Salvador Puig Antich y, sin consultar el Google, quién era Mari Luz Nájera, hoy sólo el nombre de un parque. Puedo decir también la edad que tendría, -treinta y ocho años-, el hijo de Loli González y de José María Mohedano, víctima no nacida del atentado de Atocha, del atentado de la calle Atocha, no el reciente de la estación. Soy tan espantosamente viejo que a veces en el fondo de mi cabeza suena aún, como un aviso, la voz de Luis Pastor cantando ‘abrígate bien, no vayas a pillar una bala en los pulmones, que no está el tiempo bueno todavía’. Cuando pasa eso, me subo instintivamente el cuello del abrigo y experimento de nuevo el sabor frío del miedo.

ABC-25.01.1977-pagina 025 copiaABC del 25 de enero de 1977. Un día informativamente denso.

Luis Eduardo Aute, que también cantaba, cantaba por aquel lejano entonces una canción ensimismada y surrealista que ha acabado por convertirse en himno porque expresa bien la ausencia de esperanza con la que, aún así, empujábamos, no sabíamos bien qué.

Los hijos que no tuvimos 


se esconden en las cloacas…

Presiento que, tras la noche, 


vendrá la noche más larga:

no
quiero que me abandones, 


amor mío, al alba. 


Portada del diario vespertino 'Informaciones' correspondiente al 27 de septiembre de 1975Portada del diario vespertino ‘Informaciones’ correspondiente al 27 de septiembre de 1975. Mes y medio después murió Franco.

Los himnos se quieren épicos, pero hay poca épica en el día a día. La épica es una forma de recordar y este humilde ‘himno’ que cantaba Aute al alba expresa bien el miedo silencioso e inconfesable que constituyó el medio ambiente, el caldo de cultivo de ‘La Transición’. Un miedo insoslayable que no se podía orillar y con el que había que vivir, eso sí, sin confesarlo ni reconocerlo: había que hacer lo que había que hacer pese a un pánico que te podía paralizar. Y como nadie se quería parar, lo que se hizo fue tirar palante y esa tontería, mira tú, ha terminado llamándose ‘La Transición’.

El miedo enseña mucho: quien ha pasado miedo, se lo ha comido y después ha sobrevivido es poco dado a entusiasmos puritanos. Quien ha pasado miedo sabe lo que hay. Quizá sea eso, la experiencia del miedo, lo que levanta una barrera, una raya, una frontera invisible entre los urbanitas españoles de clase media –o aspirantes- educados durante el franquismo y los educados a lo largo de la democracia, una democracia que denuestan. ‘Lo llaman democracia y no lo es’, claman enarbolando ‘la tricolor’, la fugaz bandera de España durante la idealizada II República. Del mismo modo denuestan a SM El Rey porque ‘no nos representa’ y a su augusto padre, don Juan Carlos I, porque ‘caza elefantes’ y porque ‘lo puso Franco’.

Uno, que sabe lo que costó la denostada, no comparte el denuesto: demasiado fácil y demasiado simple.

Franco marca sin piedad el siglo XX español. Un nombre mágico, pero sobre todo trágico, que vale tanto para un roto como para un descosido. ‘Franco’ es un mantra. Sabrán los nacidos después qué significa tan denso palabro. Para cuantos nos hicimos a su sombra bien puede significar ‘victoria’. O ‘miedo’. Y también ‘Nodo, noticias y documentales’. O ‘Franco, ese hombre’, un delirante documental, ya que estamos, de carácter propagandístico que hoy puede verse en el tu-tubo y que en la provincia donde yo vivía hace más de cincuenta años se estrenó en el mejor teatro, como no, de la capital. ‘Franco’, de manera indiscutible, significa ‘culto a la personalidad’. Me río yo del Kim Jong Un. Una mañana hubo proyección especial de ‘Franco, ese hombre’ para todo el instituto masculino. Un instituto que con su otra mitad, el correspondiente instituto femenino, constituía el único centro docente público de la provincia, una provincia que en los últimos treinta y cinco años ha visto multiplicarse por nada menos que ciento cuarenta los centros públicos dedicados a enseñanzas primaria y secundaria, todos de carácter mixto, hasta totalizar cerca de trescientos. Y eso que la tal provincia sólo ha multiplicado su población por dos.

A la vieja y remendada España no la conoce hoy ‘ni la madre que la parió’. Lo profetizó en 1982 uno que poco después llegaba a vicepresidente del gobierno. Bien sabía ‘don Arfonzo’ de qué hablaba. En 1977 había formado entre los muñidores de los llamados ‘Pactos de La Moncloa’, laboriosa negociación entre poderosos (y muy representativos) caballeros con intereses encontrados que, metidos de hoz y coz en una situación delicada, estaban dispuestos a todo salvo a llegar a las manos: cosas de la democracia (aunque se la llame así sin serlo). La delicadeza del momento, por si faltara algo, incluía una economía patas arriba por culpa de la crisis mundial del petróleo del 73. No llegar a las manos era importante y los ‘Pactos de La Moncloa’ contribuyeron decisivamente a que así fuera. Se firmaron en el palacete de la antigua finca madrileña de los Alba, La Moncloa, entonces recién convertido en sede de Presidencia, y recogen las condiciones necesarias para un pacto de no agresión entre los rojos, los fachas y la ‘casta’ social (y económica), incluidos catalanes y vascos, la ‘otra’ casta social y económica española. Sustancialmente fue un acuerdo entre los entonces nuevos depositarios de la voluntad popular y los eternos dueños del cotarro, dicho sea deprisa y de manera gráfica.

En el apartado IV, titulado Política educativa, consta la explicación a la contundente multiplicación de centros públicos de enseñanza habida en España a partir de los años ochenta. En el ámbito de los centros estatales se acometerá la expansión efectiva de la gratuidad de la enseñanza mediante la construcción, equipamiento y atención a los gastos de funcionamiento y de profesorado de los puestos escolares que se incluyan en el Plan Extraordinario de Escolarización’, etc etc. Y unas líneas más abajo. ‘La política de inversiones habrá de complementarse con una eficaz acción en materia de obtención de suelo’, patatín, patatán, ‘y las medidas legislativas necesarias que permitan la urgente disponibilidad del suelo. Asimismo se considera necesario adoptar las medidas para reducir los actuales plazos en las construcciones y agilizar al máximo la actuación administrativa’.

En menos de una década, IES y escuelas primarias de titularidad pública florecieron como hongos con sus aulas, sus bibliotecas y sus campos de deporte. Y sus profesores. Nunca en la Historia de España se había visto tal cosa. Un hecho nada casual ni inevitable: premeditado. Una marea de entusiastas licenciados universitarios de veintipocos años, hoy a punto de jubilarse, se desparramó por las nuevas instalaciones llevando la luz de la ciencia, el arte y la cultura hasta el último rincón de barriadas, pueblos y aldeas tradicionalmente abandonados a su suerte. Por primera vez, una generación entera de españoles de ambos sexos tuvo la educación gratis a su disposición en la puerta de casa.

Hoy, la ‘generación mejor preparada de la Historia de España’ habla mucho de ‘La Transición’, pero sólo de su cáscara: esa generación esmeradamente educada en la libertad ignora su sustancia. También pasa por alto un hecho: que la política es el arte sutil de hacer posible lo necesario, sólo lo estrictamente necesario, y no todas las ensoñaciones, todas las que cada uno, en ejercicio de su soberana libertad, pueda concebir. Discernir cuando una ensoñación es oportuna y hasta necesaria constituye un arte. Hacerla posible, una obra de arte. Una sutil obra de arte fue, por ejemplo, cierto viaje que al año justo de firmarse los Pactos de La Moncloa, y sólo unas semanas antes de votarse la Constitución, emprendió SM el Rey con destino a México, aunque en realidad fuese mucho más lejos: la bandera de México aún no ondeaba en la ladera de la madrileña ‘Colina de los Chopos’, calle María de Molina esquina con Pinar, a cien metros del edificio que había cobijado la mítica Residencia de Estudiantes.

Federico,

voy por la calle del Pinar

para verte en la Residencia.

Llamo a la puerta de tu cuarto.

Tú no estás.

No, Federico no estaba. Federico García Lorca, evocado por Rafael Alberti en sus pesadillas de exiliado, es la víctima que resume el espanto de la Guerra Civil. Y México, el país que había acogido a miles de supervivientes de aquel espanto y el único que, contra viento y marea, nunca había reconocido a la España de Franco. Sólo con la denostada Democracia ambos países, España y México, restablecieron relaciones, pese a que México seguía cobijando una numerosa e influyente colonia de defensores de la República. Y allí, en México, esa colonia fue recibida por el Rey en los salones de la nueva embajada con la pompa ceremonial necesaria para dar al encuentro el valor, el lustre y la importancia que tenía: expresar fehacientemente que dejaban de ser exiliados, que aquélla era también su embajada y que las ‘Dos Españas’ dejaban de existir oficialmente. En lugar destacado de la trascendental recepción, tras cuarenta años de odio, se encontraba una anciana.

Vale la pena detenerse en su figura. Se trataba de doña María Dolores Rivas Cherif , la viuda de don Manuel Azaña, último presidente de la II República Española. Veinte años más joven que su marido, había sido una más entre los españoles ignorados mientras España estuvo sometida a los dictados del Caudillo. Pero no era una más y Juan Carlos I lo sabía tan bien que uno de los principales objetivos de aquel viaje era saludarla, interés que nunca se molestó en disimular, hasta el punto de que él mismo en persona, vía telefónica, se lo había solicitado. Ella aseguró después, preguntada por esa histórica conversación telefónica privada, no querer trato especial y, cortesía por cortesía, que no se hace subir un rey a casa, salvo que sea el rey Melchor, sino que es una quien baja a verlo cuando él la llama. Y allí estaba, una más entre la prominente colonia republicana española de México, porque aquel Rey era otro Rey. A España, en efecto, empezaba a no conocerla ‘ni la madre que la parió’.

Hay muchas versiones, todas emotivas, de lo sucedido en aquel encuentro en la recién inaugurada embajada española en México. Un sobrino de doña Dolores ha contado que su tía quiso saludar a Juan Carlos I por respeto a la memoria de su marido, el Jefe de Estado que, como ahora éste, se había empeñado en curar las brutales heridas de la guerra. Es una pena que se mire tanto la cáscara de La Transición y se ignore su sustancia. Como me dijo una vez un viejo combatiente que había estado en la batalla de la Carretera de La Coruña con los anarquistas de Cipriano Mera, ‘era esto por lo que luchábamos’.

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Y eso ¿quién lo dice?


radio y dama

El otro día me trajo la radio el recuerdo de la señora Francis, un programa de la Sociedad Española de Radiodifusión que se llamaba así, ‘Señora Francis’. Consistía en aconsejar a supuestas radioyentes que enviaban cartas contando sus penas y pesares. Durante décadas fue una emisión muy popular y murió en los primeros ochenta, con la Transición y la Movida. Lo mejor de su ‘autora’ y presentadora, doña Elena Francis, es que nunca existió. Existió, como no, el programa, pero no Elena Francis.

¿O sí que existió?

Veamos la trastienda que el público del programa desconocía. Uno o varios guionistas redactaban punto por punto los guiones del ‘espontáneo’ programa, incluyendo las apasionadas cartas ‘seleccionadas’ para leer en antena y que, supuestamente, escribían las oyentes pidiendo ideas para afrontar con éxito circunstancias vitales de lo más variado, todas muy folletinescas. Una chica había conocido a un señor mayor muy atento que no la disgustaba, otra tenía una hermana suelta de cascos y para la de más allá, el casquivano era su marido. Todo así. Los guionistas también escribían, por supuesto, las ponderadas respuestas que daba la tal señora Francis, personaje interpretado por una locutora severa, muy engolada y de voz campanuda. Es decir, Elena Francis existió: fue creada artificialmente y nunca nació de madre mortal, pero es difícil negar su existencia.

En la radio, de hecho, el otro día hablaron de Elena Francis y de ‘su’ programa como si hubiera habido realmente una dama con ese nombre, Elena Francis, y un DNI expedido a ese nombre por la DGS. Después del éxito de semejante impostura me pregunto cómo es que todavía hay quién se atreva a hablar de ‘realidad’. Y también si ante un relato, ante el relato de lo que sea, puede hablarse de ‘realidad’ sin dejar claras las circunstancias en las que se elaboró el tal relato, sin duda ‘fiel relación de los hechos acaecidos’, hechos que, por otra parte, importan bien poco.

Lo que cuenta siempre es el origen del relato. Porque en cualquier relato ‘real’ -o que, simplemente, lo pueda parecer- sólo hay un hecho seguro e indudable: tiene un autor.

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Tirando de ‘La Señora Elena Francis’ se me ocurren otros célebres relatos, también rigurosamente falsos, de la más ‘fiel y auténtica realidad’, como la dramatización radiofónica de La Guerra de los Mundos, de HG Wells, que hizo Orson Welles en los años treinta y que si nunca pretendió ser ‘real’, fue en todo caso tan real que por tal fue tomada por muchos ilusos desinformados que pillaron la emisión empezada. Y el relato, mucho más reciente y perverso, de las armas de destrucción masiva (‘creánme, por Dios, créanme’) que hizo en el congreso de los Diputados el entonces presidente del gobierno español, don José María Aznar. O el de la ya celebérrima ‘mochila de Vallecas’ que mantuvo durante meses el diario ‘El Mundo’ a raíz del terrible atentado del 11 de marzo de 2004 en Madrid.

Seguramente hay muchos más relatos falsos de la realidad pero me bastan los tres expuestos para ilustrar gráficamente la afirmación de que no hay nada más fantástico, subjetivo ni menos ‘real’ que la propia realidad, dado que siempre consiste en un relato, eso sí, ‘fidedigno de los hechos acaecidos’. Y un relato lo tiene que construir alguien. Como el fabuloso relato, cambiante día a día, que el ministro de economía, Luis de Guindos, estuvo tejiendo sobre la crisis griega hace bien poco. ¿Nos mintió? Por supuesto que no. Pero seguro que sobre el mismo tema, y sin mentir tampoco, podría hacerse otro relato completamente distinto e igualmente fabuloso.

¿Quién cuenta qué a quién, cuándo y por qué? ¿Quién es el creador de la realidad? ¿Quién crea esta o aquella realidad? Estas son las preguntas que conviene tener presente ante cualquier relato. Y es que aprender a preguntarse por el autor del relato, es aprender a preguntarse por el autor de la ‘realidad’.

Uno mismo, no pocas veces. Un ‘autor’ del que conviene, por cierto, dudar siempre porque no hay nadie que le mienta más a uno mismo que uno mismo.

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Recomiendo a los fieles, antes de terminar, la lectura del capítulo veinte del Santo Evangelio según San Juan. En él, Santo Tomás Apóstol se niega a creer en la ‘imposible’ resurrección de Jesús, martirizado, muerto y sepultado días antes. Y eso que quienes exponen el portentoso acontecimiento son unos testigos dignos de todo crédito que han coincidido en el camino de Emaús con el resucitado en persona y que han elaborado un maravilloso y emocionado relato de lo acaecido. Pero el bueno de Tomás no se deja impresionar. ‘Si no veo en sus manos los agujeros de los clavos’, sostiene, frío como un témpano, el incrédulo discípulo, ‘y no meto los dedos en los agujeros de los clavos ni la mano en la herida del pecho, no me lo creeré’. A mi juicio, debiera haber añadido ‘ni estaré capacitado para elaborar mi propio relato del suceso’.

Porque, a mi juicio, ese es el tema.

Que ese relato sea inteligente, ponderado como las respuestas de Elena Francis, informado y digno de consideración y crédito, otro bien distinto.

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Después de un año dando tumbos

En su primer año, Juana La Maliciosa ha encontrado dos clases de lectores. Los que aman apasionadamente la novela, tal vez por inconcreta, y otros a los que no gusta porque no entienden a la protagonista.

Dos caras de la misma moneda. Lo que para unos es un aliciente, un supuesto desdibujamiento del personaje central, para otros es un inconveniente: Juana les resulta imprecisa. No dejan de chocarme ambos casos, pues la novela aporta gran cantidad de datos sobre esa chica, salvo su nombre real. Sí, el ciudadano del Estado Español que en realidad fue Juana nunca se llamó Juana ni Petra. Nadie sabe como se llamaba en realidad la protagonista de la extraña historia que Tagomago me contó. Ni siquiera el propio Tagomago, que fue su amante siete largos años, llegó a conocerla bien nunca, cosa que creo queda clarísima en la novela.

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La sorprendente contradicción de que el personaje central resulte borroso, pese a la cantidad de datos que se aportan sobre él, salvo su verdadero nombre, pienso yo que podría deberse a la extendida convicción de que los personajes nacen dentro de sí mismos y a la de que, sin otra herramienta que su voluntad, son capaces de dominar y construir el mundo a su imagen y semejanza, igual que Dios: a imagen y semejanza del satisfecho lector. Lo logran o fracasan, pero todo empieza siempre con un impulso motor que nace dentro de ellos, en lo más recóndito de su alma, en un momento bien preciso. Y por razones misteriosas, el narrador conoce invariablemente semejante circunstancia con pasmoso detalle.

Eso para mí resulta chocante.

Tengo además la convicción de que son las circunstancias externas las que hacen al personaje y que son ellas las que, desde fuera, modelan su alma. No creo en la Libertad, al menos en la libertad individual. Pero no voy a insistir en eso, confuso fangal en el que podría encenagarme y no salir ni el Día del Juicio. El hecho cierto e indiscutible, en todo caso, es que soy un ignorante que desconoce lo que piensa Juana. Mal podría conocerlo teniendo en cuenta quién me contó la historia de esa joven misteriosa y fascinante y en qué estado se encontraba cuando lo hizo. Así nacen los relatos, por otra parte: indagando azarosos, confusos y a trompicones en el recuerdo de lo que pasó. Recordando penosamente. ¿Pasó realmente así o esto que creo recordar pasó sólo en mi imaginación? ¿No será que la única verdad es que ignoro que fue lo que pasó de verdad pese a estar yo allí… con mis prejuicios, ignorancias, convicciones y anteojeras a cuestas? En otras palabras: una cosa es lo que pasó, otra lo que Tagomago vió y otra más lo que yo entendí, que es lo que cuento, con absoluta franqueza y sin inventarme nada, en Juana La Maliciosa.

Añadiré, a propósito de esto, que tengo la impresión de que el verdadero protagonista de cualquier relato no es otro que su narrador, mientras que lo narrado sólo es una excusa. La pregunta es ¿una excusa para qué? La pregunta, yendo más lejos, es ¿para qué contamos nada? ¿Para qué cuenta nada nadie a alguien? Sí ¿para qué y porqué en ese momento preciso? Ningún relato es inocente pero, si fuera al menos sincero y honesto, debiera contener las claves de su porqué. Unas claves sencillas que impidan al lector perderse en la maraña del contexto en el que nació el relato que está leyendo. Y comprender cabalmente que el relato es una cosa y su contenido, los hechos narrados, otra distinta.

Una cosa son los hechos y otra, el relato de los hechos. Dejar eso claro es lo que intenté hacer, y creo que hice, en Juana La Maliciosa.

Juana es un misterio y con esa intención, la de mantener el misterio, fue con la que escribí. Lo que quería contar realmente es la historia de la fascinación que un pobre borracho solitario con una historia a cuestas fue capaz de ejercer sobre mí durante una larga noche de doce horas. ¿Hice mal? ¿Debí haber investigado más sobre la historia que aquel pobre diablo me contó? ¿Debí haberme molestado en hallar una íntima motivación subyacente en el alma de Juana, pese a que semejante cosa me importara un rábano?

Hoy sé que no. Hoy sé que es imprescindible vivir con el misterio, con lo desconocido, con lo que es imposible saber. Y también que el mayor misterio son los demás. ‘¿Qué sabe nadie?’, nos interroga un viejo dicho.

Hoy, cuando ya no creemos los dogmas de la religión, nos hacemos la ilusión de saberlo todo. Y en puridad no sabemos nada. En puridad confundimos creencias que seguimos teniendo, aunque no sean dogmas religiosos, con saberes. El narrador omnisciente es la falacia más grande de la Literatura Universal, la envanecida creación de la burguesía europea del siglo XIX, convencida de su poder omnímodo y de su dominio absoluto sobre los mares, los continentes y las fuerzas que rigen el Alma Humana. Es decir, que rigen el alma del buen burgués.

En Juana La Maliciosa, David Bowman –yo- se limita a narrar su propio desconcierto ante una historia cuyos bordes desdibujados constituyen una puerta abierta al alma de una joven atormentada. Una puerta abierta a un misterio que no osé atravesar porque hubiera sido una desmedida exhibición de soberbia e impudicia. Que cada cual se asome, si quiere, a mirar el misterio y, si tiene lo que hay que tener, que entienda. En el camino en compañía de Bowman y Tagomago habrá encontrado los datos que necesita. Otra cosa es que le guste lo que sea que acabe entendiendo.

Pudiera ser que la visión del alma de Juana después de haber atravesado el Infierno no confirme sus convicciones sobre lo que debe ser un alma que ha atravesado el Infierno.

Aquí, todo sobre Juana La Maliciosa.

Y aquí, un PDF con las primeras páginas de Juana La Maliciosa.

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‘Juana La Maliciosa’ en la revista ‘Prótesis’

‘Lo bello no es sino el comienzo de lo terrible’, asegura David G. Panadero, de la revista Prótesis, en su honda y sentida crítica de Juana La Maliciosa. ‘David Bowman consigue que los acontecimientos nos afecten en una doble dimensión: por ser testimonio de lo que sucedió y también por transformar a quien cuenta y a quien escucha’. En dos palabras, ‘la fuerza del relato oral, explorada con total acierto’.

Sólo nos queda agradecer al señor Panadero que lo entienda así: como nosotros. Estamos convencidos de que un buen relato nunca es inocente. Y no lo es porque un buen relato nunca pasa sin herir, sin dejar huella en quien lo expone ni en quien lo recibe. ¿Para qué contamos las cosas a alguien si no es por eso? Para despertar su simpatía, para moverlo hacia determinada acción, para que ‘se entere’, al fin al cabo, de una puñetera vez.

Y, como no, para aclararnos nosotros mismos. Sólo contando lo que sucedió acertamos a ordenarlo y a darle algún sentido.

A un servidor le tranquiliza que al menos un lector haya percibido esta idea central: el nervio que mueve la acción de la novela Juana La Maliciosa.

Aquí, el comentario de David G. Panadero en Prótesis
aquí, Juana en la web de Ediciones del Serbal,                                                                                 aquí, en facebook. Síguenos.

Y aqui, la página friki. Únete.

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‘Juana La Maliciosa’, de moda.

Nos recomiendan en la web de Elle, esa institución que, más que una revista, es una referencia mundial en moda y estilos de vida. ‘Pequeña joya’, nos llaman. Si Juanita siempre fue muy fashion, ahora más que nunca.

Elle

http://www.elle.es/pareja-sexo/sex-shopping/lecturas-hot-para-el-otono/juana-la-maliciosa

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Parece que navegamos y sin embargo…

Y sin embargo no logro quitarme de la cabeza una extraña sensación de derrumbe generalizado. Claro que sólo es una sensación sin aparente motivo. Los editores de ‘Juana La Maliciosa’ se han liado la manta a la cabeza y han sacado una segunda edición que debe estar distribuyéndose ya. Esta chica no para de darme alegrías y sin embargo…

Y sin embargo no soy feliz. Y debiera: he escrito una novela, unos insensatos la han publicado y otros la han comprado, la han leído y a algunos, incluso, les ha gustado. Mucho. No me conoce nadie y aún así, con una promoción artesanal y voluntariosa, en los últimos seis u ocho meses se ha despachado la primera edición a razón, parece, de unos dos o tres ejemplares diarios, como media. Un ejemplar ha llegado incluso al míitico teatro Colón, de Buenos Aires, y ha asistido a una representación operística, que ya es el colmo. La única explicación es que funcionan el boca a boca y la mensajería. Parece que a la gente le gusta ‘Juana La Maliciosa’ y la recomienda, lo que me proporciona la única inyección de entusiasmo que recibo, imprescindible para seguir empujando pese al feroz invierno que se avecina. Y sin embargo…

Y sin embargo, ese feroz invierno que, sin poderlo evitar, veo venir me deprime. Nunca me he hecho demasiadas ilusiones, como la propia Juana. Siempre he sabido, como Peter, que cuando algo puede ir mal, va mal. Y sin embargo…

Y sin embargo me he equivocado no pocas veces, aunque no todas ¿eh? Ojito. Esperemos en todo caso que ésta sea de las primeras, prevalezcan la lucidez y el talento sobre el prejuicio, la bobería y el lugar común, y el invierno pase, por duro que sea, sin más consecuencias. Y sin embargo.

Teatro Colon (B Aires)

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Texto fluido, seductor, lleno de páginas galvánicas: la malicia gana adeptos.

‘David Bowman ha logrado en esta novela un texto fluido, seductor, lleno de páginas galvánicas, donde encontrará alimento el buscador de emociones fuertes (…), pero donde también disfrutará bastante el degustador de buena literatura, porque se maneja con soltura en la narración y logra que camines de su mano por los meandros de su historia, ambientada en lugares tan cambiantes como Ibiza, Valladolid, Jordania o Madrid. Realmente entretenida’

http://rubencastillo.blogspot.com.es/2014/11/juana-la-maliciosa.html

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