Yo nunca fumé

 

 

 

 

Yo nunca fumé hasta que cumplí veinticinco años.

En esos veinticinco años me mudé de casa seis veces, corrí en San Fermín, fui soldado, conocí a Hélène, despedí a Franco, recibí a SM El Rey, me matriculé en dos facultades, no acabé ninguna carrera y, entre unas cosas y otras, conspiré un poco.

La verdad es que no me aburrí.

Y eso que en mi casa no se bebía ni se fumaba.

Casi.

A mi madre, por ejemplo, le gustaba fumar un rubio americano después de comer.

Uno y ya.

Lo hacía en rigurosa soledad y aislamiento, ensimismada, con las persianas bajas y las piernas extendidas en el sofá. Completaba el riguroso ritual con una tacita de café que humeaba igual que el cigarrillo. A mí me fascinaba verla mientras en el tocadiscos sonaba el saxofón de Coltrane.

Coltrane era un músico. Un instrumentista a quien se debe, en gran medida, el saxofón. Más que tocarlo, lo acariciaba con mimo, lo cual tiene bastante mérito, teniendo en cuenta lo basto que es ese instrumento.

El saxofonista John Coltrane grabó mucho y, en general, con una calidad fonográfica excepcional, incluso por encima de la media de su época (finales de los cincuenta y primeros sesenta). Si a eso se añade una música que ha terminado marcando la música que se ha hecho desde entonces en el mundo entero se comprende que sus discos lleven cincuenta años reeditándose.

La música, el baloncesto y mi madre eran la pasión de mi padre, que nunca fumó ni bebió, fuera de un vaso de vino en las comidas, vino que siempre fue malo en las épocas malas y bueno en las buenas.

Lo que nunca faltó en cualquier época fueron los discos de John Coltrane.

Esto de que mi padre no bebiera (prácticamente nada) casa mal con su afición al jazz. Me refiero a que desmiente la leyenda del jazz-aficionado dipsómano, que es una leyenda un poco extraña. Célebres aficionados, como los cineastas Fernando Trueba, Clint Eastwood, Bertrand Tavernier y Woody Allen, o los escritores Julio Cortázar y Guillermo Cabrera Infante, no han destacado, precisamente, por su entrega a los rigores de la ingesta alcohólica. Y mira que los respectivos gremios de estos caballeros han dado alcohólicos memorables.

Mi madre tampoco bebió nunca, ni siquiera ese vaso terciado con la comida del mediodía que su marido no perdonó jamás. Ahora mi padre se bate en retirada. Ella, en cambio, mantiene la tradición del pitillito y no pierde ocasión de echar una caladita a un buen Marlboro de contrabando de vez en cuando.

Vamos, que no fuma ni ha fumado (casi) nunca el rubio de Tabacalera.

Su padre, por su parte, fue fiel a la cajetilla azul de ‘Ducados’. Nunca la abandonó, desde que tengo memoria, y así fue siempre hasta que lo alcanzó la señora Parca y yo tuve que llevar su ataúd.

Después de una noche sin dormir, del velorio y de las infinitas visitas, bajé las escaleras del cementerio en dirección al mar llevando con otras seis personas la caja al hombro. Enfrente, el fosco y levantisco horizonte oceánico y, justo en mi oído, la cabeza que tantas veces me había besado golpeaba rítmicamente la madera dentro de la caja.

Fue excesivo.

Por la noche bebí todo lo que encontré hasta que me caí en mitad de la calle. Entonces aún no fumaba y ahora ya no fumo.

Hace tiempo que me rendí y di fin a veinte años con el tabaco.

Juntos hemos bebido, hemos ido a los toros y tambén hemos viajado a Siberia, donde mis ‘ocho-nueve-ochos’ abrieron alguna puerta cerrada.

 

 

 

 

 

 

Si renuncié a todo eso fue por evitar un tortuoso (y lento) camino para llegar a la Parca. Sólo uno, pero bien concreto. Y no es que eluda los caminos tortuosos, ni siquiera los que desembocan en la Muerte, pero cuando pensé en el calvario que supondría aquel trayecto para los que me rodean (y para mí soportarlos a ellos) me obligué a perder de vista el querido y traidor al humo del tabaco que me acompañaba desde que era joven, simpático y atractivo.

Así que hace un par de inviernos, después de una bronquitis salvaje, empecé a traicionarme y enfilé la aburridísima senda de la virtud.

La decisión me sacó de la bronquitis pero me hundió en la melancolía.

Fue cosa de la doctora del ambulatorio, una señora callada que escucha mirándote por encima de las gafas y que no se anda con ostias. Se valió de una tanda inmisericorde de antibióticos y me avisó de que en sólo tres días mejoraría espectacularmente, pero que anduviera con ojo porque me quedaría hecho una zapatilla.

Y así fue.

Me desprendí de las toses y de las noches angustiosas sin dormir, luchando por respirar, pero durante más de un mes estuve hecho unos zorros, sin fuerzas ni para levantarme de la cama. Recuerdo que para levantarme tenía que derrochar voluntad y que, sentado en el borde, con los pies ya en el suelo, me echaba a llorar sin causa ni razón, consciente de la inutilidad del esfuerzo, de todo esfuerzo, empezando por el de levantarme y siguiendo por cualquier otro.

Nunca he sido más lúcido en mi vida.

Bueno, y pocas tan desgraciado.

Yo sabía, en cualquier caso, que eso de la depre me iba a pasar. La doctora me había avisado, así que no podía llamarme a engaño. Pero, aún sabiéndolo, fue inevitable. Durante semanas, mundo se extendió  ante mí como el páramo que realmente es. Pero con semejante punto de vista no hay quien viva, así que me armé de valor y aguanté hasta que en pocas semanas fui recuperando las fuerzas, los filtros y los engaños y volví a ser yo con todas mis trampas.

Un imbécil.

La recuperación tuvo sus compensaciones. De hecho, supe que empezaba a ser yo porque volví a sentir el deseo, la añoranza del humo azulado y sabroso de las tagarninas canarias que servían en mi estanco y que me traían a veces los amigos que volaban. En las dutifrís se encuentran marcas y productos procedentes de Canarias que no se expenden en ningún otro lado, aparte las mismas Canarias.

Ah, esos mazos de cigarros frescos y apretados, atados con un lazo y nada más. Esos mazos de piezas elaboradas a la antigua, igual a como hacían los indios tahínos en las Antillas cuando inventaron el fumeque. Cuando los indios antillanos inventaron el fumeque se limitaron a liar sin más las hojas, bien secas y prietas, formando un tubo que se llevaron después a la boca por un extremo para prender fuego en el otro. ¡Qué gusto! Aún recuerdo como la calidad del tabaco canarión se podía catar sin necesidad de desliar el haz de cigarros ni, mucho menos, de llegar a encender uno de los prodigios que conformaban el haz. Llenar el pulmón con el aroma a hoja recién cosechada que desprendía cada manojo bastaba para sentir el estimulante deseo de vivir.

Y es que lo más malo de fumar no es fumar, sino fumar mal. Sin respeto a las señoras, a la clerigalla, a las criaturas y a los ancianos. El maldito cigarrillo ya liado, el cómodo (y ridículo) invento del infame señor Reynolds, ha hecho mucho daño. El cigarrillo, por dios, tiene que liárselo uno.

Fumar, además, exige pararse.

Pararase a fumar, quiero decir.

Es un error fumar sin conciencia ni sensualidad mientras se hace otra cosa, la que sea -la más tonta. Fumar mata, así que uno fuma sólo porque experimenta un placer cercano al delirio sexual. Disfrutarlo exige cuidar, primero, lo que se fuma y, despues, poner en ello los cinco sentidos.

Fumar es una tarea seria.

Y la quintaesencia de fumar, fumar un habano.

Aparte los cigarrillos (liados por uno mismo) y la pipa (de brezo, por favor), ante el verdadero fumador se extiende el fascinante universo de los cigarros puros habanos. Cosechados y elaborados en la Perla de las Antillas son, como su nombre indica, cigarros cien por cien cubanos. Algo más que densos, aromáticos y sabrosos.

Un milagro.

Más de treinta marcas, centenares de modelos, maneras de elaboración y variedades de tabaco admirable y frutal.

Tal vez millones de combinaciones.

Desde que el mundo es mundo, esos cigarros se erigen en la cima del fumar y sueño con un mes entero recorriendo Cuba sin prisa ni más obligación que la de catar todas las posibles variedades de tabaco mientras bebo ron y, con un poco de suerte, le caigo en gracia  a alguna mulata sabrosona.

Quien nunca se ha fumado un habano en condiciones se ha perdido una parte importante de lo que significa el paso de cualquier ser humano sobre la superficie de la Tierra. Fumarse algunos habanos en el transcurso de este soplo que es la existencia justifica todos los sinsabores que comporta el breve paseo, batido por la artillería enemiga, que nos concede Dios entre la cuna y la tumba.

Fumar en condiciones quiere decir tratando bien el bicho, que es una cosa viva y enormemente delicada. Ojo, pues, con los habanos que expenden algunos inconscientes malnacidos. El habano debe mantener, aún lejos de la cálida átmósfera caribeña, un determinado grado de humedad ambiente que le impida secarse y resquebrajarse como paja, como ese matojo castellano amarillo y quebradizo que en cuanto pasa mayo se agosta. La atmósfera castellana es ideal para curar reúmas pero es destructora para el tabaco y, paradójicamente, para las vías respiratorias.

¡Ah, esos sagrados Montecristo del uno, del dos, del tres y de más, gama creada -y numerada- por dios para el placer de los hombres!
¡Ah, eso severos Partagás, concebidos para inconformistas!
¡Ah, esos Cohiba destinados a la afortunada combinación de un paladar exigente con un bolsillo saneado!

 

 

 

 

 

 

Y esos Fonseca, y también esos Romeo y Julieta eternos que canta Federico en su ‘Son de negros en Cuba’, el fascinante poema que cierra la elegía ’Poeta en Nueva York’.

Iré a Santiago. Iré a Santiago con la rubia cabeza de Fonseca y con el rosa de ‘Romeo y Julieta’. Yo iré a Santiago de Cuba’.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por ti, Federico, brindo hoy con un genuino churchill de Romeo y Julieta.

Con el cigarro que, muerto tú, ganó la Segunda Guerra Mundial.

Sí. Con el cigarro que venció las mentiras, delirios y mixtificaciones del fascio criminal.

Sí. Con el cigarro que eludió el cerco de los cabrones zorros del oceáno nazis, empeñados en dejar a sir Winston sin su ración del calibre 178 x 47, de Romeo y Julieta.

 

Una marca mítica que lo es más aún desde que Churchill terminó por dar nombre a su calibre 178 x 47.

Inventado originalmente por Romeo y Julieta, hoy muchas marcas han incorporado ese poderoso calibre, el  178 x 47, a sus diferentes gamas, vitolas y productos. Son ‘los churchills’ de Partagás y de Hoyo de Monterrey, así como los ‘espléndidos’ de Cohíba y los imperiales ‘sir-winston’ de H. Upmann. Cigarros que vienen a costar, según marca y mercado, unos veinticinco euros pieza. Que es dinero (sobre todo cuando un estanquero capullo te coloca un muertazo seco como la momia de Tutankamon) pero que también anuncian que es posible tocar el cielo en la Tierra de vez en cuando.

Por 25 euros bien empleados.

 

 

 

 

Fumemos, pues, compañeros, una leyenda.

Fumemos y venzamos, apoyados en el espíritu severo, impertinente y duro, pero optimista y, sobre todo, indomable de sir Winston Churchill, la negra adversidad que pretende anegarnos, deprimirnos y esclavizarnos.

Va por nosotros.

¡Viva el humo azulado del buen fumar!
¡Viva la rubia cabeza de ‘Fonseca!’
¡Viva el rosa de ‘Romeo y Julieta!’

Porque vamos a ir todos a Santiago De Cuba.

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3 respuestas a Yo nunca fumé

  1. Siana dijo:

    Tiene sabor esta entrada, Comandant. Renunciar a algo así tuvo que costar. Pero debió ser necesario…

    Yo empecé a los 18 y lo dejé, sin saber que iba a ser el último cigarrilo, a los 33. Me fumé mi último cigarro contemplando el busto de una especie de buey y un retrato de no sé quién, en un habitación de fantasmagórico hotel de Escocia. Con un vaso de whisky. Aún guardo el paquete inacabado de aquella noche.

    Empecé con negro, seguí con rubio y de liar. También había fumado puros y en pipa: me enseñó mi padre, que tenía varias pasiones y dos de ellas eran casualmente fumar en pipa y escuchar jazz. Me encantaba el olor de la pipa, y todos los rituales que se efectuaban para encenderla. Creo que aún conservamos aquella colección de pipas, cada una era especial. Mi madre también era de las de cigarrillo después de comer, con un café.

    Me sorprende no haber tenido ni un solo síntoma de abstinencia, pero así fue. No lo echo de menos, y eso que me gustaba. Lo dejé como comencé. En cuanto la alergia se me complicó con episodios de asma bastante importantes, ya ni planteé el volver.

    Me ha gustado mucho esta entrada, con música de fondo.

    Un abrazote grande!!

  2. bowmanpoole dijo:

    Fumar es importante y los que lo prohíben, unos inquisidores (y unos hijos de puta). Otra cosa es que el personal no sepa fumar ni quiera aprender, pero con la tontera y los zotes hay que vivir, que remedio, no los vamos a matar.

    Hasta para dejar de fumar hay que saber fumar.

    Por mi parte, sólo espero que la vida me de motivos y medios para celebrar un día con una caja de ocho nueve ochos y un peinado cien.

    Gracias por estar ahí

  3. Siana dijo:

    Así lo espero y deseo yo también. Que le de muchos motivos. Y que nos invite a fumarnos con Usted alguno de esos nueve ochos y a brindar con el peinado.

    Aguarde, Comandant, que todo eso llegará.

    Otro abrazote

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