A raíz de una entrada anterior en la que se mencionaba a ese personaje literario llamado Maigret, algunas personas mostraron interés por saber más sobre él. Me hicieron preguntas, incidieron en algún aspecto de su personalidad que allí se destacaba y, en fin, me urgieron amablemente a hablar más del asunto.
Bien, pues las vamos a complacer.
Jules Maigret, el comisario jefe de la policía judicial de París, es la criatura literaria de un joven reportero belga de ‘sucesos’ llamado Georges Simenon (Lieja, 1903 – Lausana, 1989).
Maigret protagoniza unas novelitas de entre cien y doscientas páginas que su autor escribió a lo largo de cuarenta años, entre 1930 y 1972. Según un cómputo generalmente aceptado, estas novelas suman ahora mismo 75 títulos a los que hay que añadir 28 relatos cortos.
Lo de que suman ‘ahora mismo’ 75 novelas y 28 relatos cortos viene a cuento de que estas cifras varían cuando, de pascuas a ramos, un título ‘olvidado’ (que, aunque parezca mentira, los hay) aparece flotando en la superficie del tiempo tras décadas sepultado en las páginas amarillentas de alguna de esas revistas que los americanos llaman ‘pulp’ y que en los años treinta y cuarenta, y aún cincuenta, constituyeron parte imprescindible de la ‘industria’ del ocio y del esparcimiento.
Esas esporádicas apariciones de nuevos ‘maigrets’ dan lugar a encendidos (y divertidos) debates entre aficionados mientras los especialistas más reconocidos del planeta se ponen de acuerdo en torno a los verdaderos valor y naturaleza del ‘hallazgo’.
Contraportada ‘tipo’ de la edición de la barcelonesa editorial Luis de Caralt entre los años sesenta y setenta.
Ahora la editorial Acantilado incorpora a su catálogo algunos ‘maigrets’ (pronúnciese ‘megrés’), junto con otras novelas de Simenon que NO tratan de Maigret. De pronto, el belga putero –Simenon- forma al lado de los severos autores centroeuropeos que constituyen la ‘marca de la casa’, como Joseph Roth, Schnitzler o Stefan Zweig, cosa nunca vista. ¡Horreur! ¡Anatema! Je, je. Viene esta boutade a cuento de que mucha gente considera, no sin razón, que la serie Maigret se compone de noveluchas alimenticias escritas ‘al peso’ y que ni siquiera son ‘Literatura’ (no en vano se adquirían originalmente en quioscos y, en general, puntos de venta ‘de baja estofa)’.
Un crítico tan prestigioso como Rafael Conte escribía en ‘El País’ en 2003 que ‘Georges Simenon fue un novelista a veces correcto, bastante hábil y que nunca supo escribir demasiado bien: nunca fue un gran escritor’. Para rematar su durísimo juicio, el prestigioso crítico aseguró también en aquel artículo que las ‘setenta y pico novelas de Maigret’, aparte de que están ‘escritas para comer,’ son ‘tan sencillitas que se leen con toda facilidad’. Es decir, que pertenecen a ‘esa peste que hoy llamamos “narratividad”, que domina los mercados más extensos e insignificantes’.
Bueno. A mí y a muchos, los ‘maigrets’ nos encantan precisamente por su limpia y expresiva narratividad. No vamos a estar todo el día con Benet, Goytisolo y la abstracción. Debemos pertenecer a alguno de esos ‘mercados’ que son a la vez ‘extensos’ e ‘insignificantes’, las dos cosas. La narratividad de los ‘maigrets’ tiene una curiosa cualidad y es la de que siendo, en principio, mero material de construcción, funcional y premeditado, termina por erigirse sin premeditación alguna en el alma de la fiesta. Se trata de un alma tan rica y bien pertrechada que la ‘narratividad’ no sólo liga y amarra el conjunto, sino que guarda, sobre todo, la clave que da sentido a la saga.
La ‘narratividad’ es su sustancia.
Como a mí, a Federico Fellini, por ejemplo, también le encantaban los ‘maigrets’. O al severo filósofo Julián Marías, que en 2000, poco antes de morir, escribió en ABC un artículo que reivindicaba a Simenon como ‘uno de los mayores escritores del siglo XX’ pese a que nunca ‘fue adecuadamente reconocido’. En aquel artículo, don Julián, padre del novelista Javier Marías, se quejaba sin ningún rubor de que Simenon, por entonces ya fallecido, nunca hubiese obtenido ‘el premio Nobel, a pesar de su evidente superioridad sobre más de la mitad de los que lo han recibido’.
Genio y figura los de don Julián, maestro de filósofos. Gabriel García Márquez, otro apasionado, ha hablado de las conversaciones interminables que mantuvo en torno a Maigret con los escritores Álvaro Mutis, el padre de Maqroll, el gaviero, o con Julio Cortázar, que decía los títulos franceses originales de los ‘maigrets’ con ‘su hermosa voz baritonal y sus erres arrastradas’, según recuerda el autor de ‘El amor en los tiempos del cólera’ en la presentación que escribió para la edición de los ‘maigrets’ que inició Tusquets en los años noventa. También ha recordado el colombiano como en los años setenta coincidió con Simenon en persona en un café de Ginebra, pero que no osó molestarlo. ‘Vi sentarse a un hombre de unos setenta años, de gabardina blanca y sombrero blando, y con un paraguas colgado en el brazo. El mesero que me servía me susurró una confidencia irresistible. “Es el escritor Simenon”. Miré por encima del periódico y lo vi leyendo el suyo mientras mordía una pipa apagada. No hubiera podido reconocerlo por las fotos, pues tenía la misma cara de belga desconocido que él le había puesto a Maigret’.
En fin, Simenon tendrá detractores pero no le faltan fans en medio mundo. Y todo gracias a Maigret y ‘su método’, consistente en ‘no creer’ nunca nada sobre los casos que se trae entre manos. Lo sabe o no lo sabe, y ya. Bueno, y en el otro medio mundo también tiene fans Jules Maigret gracias a las meriendas pantagruélicas que se hace subir a su despacho y que son uno de tantos elementos como integran la denostada (por Rafael Conte) ‘narratividad’ de las novelas y cuentos –o relatos cortos- del comisario. Esas meriendas, en todo caso, debieran figurar al lado de los riñones del ‘Ulises’ y de los huevos con tocino que los personajes de Hemingway se preparan en el campo. Lo mismo que esos literarios menús, las meriendas que la brasserie Dauphine sirve en el despacho de Maigret, bien regadas con cerveza, han despertado el apetito de varias generaciones de lectores.
Y ya que menciono el despacho de Maigret, justo delante de Notre Dame, recordaré que tiene una bonita ventana que se asoma al viejo pont St Michel, ‘Le Pont’, es decir, ‘El Puente’ por excelencia sobre el Sena, aquel que en las gloriosas jornadas del 68 surtió de adoquines a toda La Sorbona, a doscientos metros escasos. En la película ‘Arde París’ aparece convertido en un campo de batalla entre la resistence y los sherman americanos, por un lado, y los boches, por otro. Hoy lo cruzan a diario cientos de turistas que se mueven entre Notre Dame, el Quai des Orfebvres y la place St Michel creyendo ir alguna parte cuando, en realidad, no van más que al encuentro de un sueño. Y allá arriba, asomado a la privilegiada atalaya de nuestra imaginación que es la ventana de su despacho de la Policía Judicial, Maigret disecciona todo ese movimiento chupando su pipa y achuchando su anacrónica estufa de hierro.
Y es que, aunque sea un sueño, Maigret existe y aún hoy su pupila extraordinaria sigue recorriendo el París realista y creíble, pero inevitablemente imaginario, recreado al milímetro por Simenon. Cabe señalar, especialmente, el Paris que el belga puso en pie cuando estuvo ‘exiliado’ en Canadá y USA, entre 1947 y 1955. Borracho de nostalgia y camino de la vejez (en 1953 cumplía cincuenta años) el autor reconstruyó en los brillantísimos ‘maigret’ de entonces, apoyado por una memoria portentosa que se recrea en los detalles, un mundo ido y anterior a la guerra: el de su propia juventud.
En ‘La amiga de la señora Maigret’ (‘L’amie de Mme Maigret’ 1950), por ejemplo, el autor recorrió el metro, las calles y las esquinas de Paris con obsesiva fidelidad a los detalles incrustados en el recuerdo, una fidelidad sólo concebible en un emigrante o en un exiliado. Un año después fue más lejos. En ‘Maigret en la pensión’ (‘Maigret en meublé’, 1951) retrató un París íntimo y artesano poblado de objetos hechos a mano, un poco antiguos y decididamente usados, un catálogo casi entomológico del interior de las viviendas estándar de los años treinta y cuarenta. En él hay pormenorizadas enumeraciones, especialmente detalladas en la cocina, de objetos de uso cotidiano que si en los primeros años 50 no estaban ya en desuso, llevaban camino de estarlo.
Menos mal que sólo fue un escritor medianillo y un novelista meramente correcto.
Aquel ‘escritor medianillo’ puso en pie el ‘París de Maigret’, que ya es una parte más del inmenso imaginario parisino y uno de tantos ‘parises’ como pueden soñarse y visitarse siguiendo personales rutas imaginadas, locas, inverosímiles, mágicas y ayunas, sobre todo, de mapas turísticos, la perdición del turista. Dado que son imaginadas, esas rutas deben emprenderse como lo que son, aventuras de la imaginación, es decir, sin mapa y sin el concurso, siquiera, de un guía.
Como ciudad ideal, París, en el fondo, es un gran sueño. Yo lo tuve cuando, todavía con calzón corto, empecé a leer ‘maigrets’. Simenon surtía aún la serie con títulos nuevos, los últimos ya, y en mi casa había ‘maigrets’ a patadas. Eran ejemplares de la edición de Caralt de los sesenta, entre cuyos traductores figuraban nombres de tanto relumbrón hoy como Gonzalo Torrente Ballester (Maigret, Lognon y los gangsters, número 23 de la edición Caralt) o Fernando Sánchez Dragó (Maigret y las buenas personas, Maigret y la muchacha asesinada, números 13 y 14). Los ‘maigrets’ formaban parte entonces de la vida cotidiana y te lo encontrabas en todos lados. En los autobuses, en el cole y en la consulta del médico. En mi casa aparecían por los cajones de la cocina, en la pila de lavar la ropa o sobre la mesa de trabajo de mi padre, llena de muestras de maquinaria y ferretería, así que acabar leyendo alguno era inevitable. Y caer después en el vicio de leer más, también. Aunque donde había de verdad ‘maigrets’ era en casa de Jorge y Marga, amigos de casa. Tangerina y cosmopolita ella, llamaba a su marido ‘chéri’ y a sus hijos ‘Yann’ y ‘Charli, en vez de Juan y Carlos. Pero lo mejor eran sus ‘maigrets’ en ediciones originales de Presses de la Cité y de Fayard que a mí se me antojaban el colmo de la sofisticación y que hacían que apreciase de manera especial, como un reflejo de otro mundo que un día haría mío, los ejemplares en español que corrían por casa y que devoré en pocos meses. Desde mi primer ‘maigret’, tal vez ‘La casa del juez’ (La maison du juge, 1942) quedé enganchado, anonadado por la pasmosa ‘naturalidad’ cotidiana, digamos, que caracteriza la serie. En ella, las escaleras de los portales de París huelen, en las casas hay cocina y los personajes lavan los platos. A mí esto, cuando tenía doce años, me impresionaba como ninguna otra narración que hubiese leído nunca. Era como mirar la vida a través de una cerradura, la ‘trastienda’ de la heroicidad, y tanto me impresionó que durante años me convertí en ‘escritor’ aficionado. Sí, me tiré toda la adolescencia tratando de escribir mi mundo con esa fresca y rica naturalidad que había descubierto en los ‘maigrets’ y que, hoy lo sé, constituye la argamasa de su ‘narratividad’. Hay mucha verdad en las novelas de Maigret.
Conviene señalar, en todo caso, que por encima de la profundamente creíble ‘naturalidad’ ambiental, en esas novelas hay un personaje. Jules Maigret, un cincuentón lento, de aire pesado y mirar bovino que se precipita sin remedio en la sesentena y sueña con la jubilación. La edad justa, por cierto, para ser el padre del joven Georges Simenon de veintimuchos años que lo parió en 1931. A lo largo de los cuarenta años que duró la serie (de 1931 a 1972, lo que incluye toda la segunda guerra mundial, nada menos, un acontecimiento, por cierto, jamás nombrado en ningún ‘maigret’, lo mismo que tampoco lo fueron mayo del 68 ni la guerra de Argelia, pese a haberse vivido con intensidad en las calle de París), el buen comisario Maigret seguirá siendo ese mismo hombrón amargado y cascarrabias del principio. Un corpachón metido debajo de un grueso abrigo, “le pardessus”. Protegido por él, verá pasar la vida ante sus pupilas sin dejar de beber cerveza, coñac y calvados meramente literarios, todo hay que decirlo, en cantidades que habrían tumbado, de haber sido reales, a una manada de búfalos. En ese tiempo también echó una mano a un ministro, ayudó a desentrañar la muerte de la vieja jefa de su padre en ‘El caso de St Fiacre’ (L’affaire St-Fiacre, 1932) y discutió lo indecible con el juez de instrucción Comeliau. Entre tanto, devoró incontables bocadillos calientes, bravamente servidos a cualquier hora del día o de la noche por la incansable brasserie Dauphine, sin dejar de darle a la maquinaria de su coco mientras su método se depuraba y la realidad de la naturaleza humana y de sus relaciones con los demás se le hacía evidente.
En la vida de verdad, entretanto, su autor va madurando y envejeciendo duramente, primero a través de la crisis de los años 30, después a través de la IIWW y la incierta postguerra que siguió, y también a través de muchos matrimonios fracasados. Como en una transfusión gota a gota, todo esto fue proporcionando a Maigret hondura, lentitud, humanidad y reflexión.
Cuando Simenon abandonó definitivamente al comisario tenía ya setenta años, edad suficiente como para ser un viejo y experimentado amigo de su criatura en vez de su hijo, como cuando lo creó. Esto le daba una visión de Maigret muy diferente, mucho más adulta de la que tenía cuarenta años atrás.
‘No sabía que acabaría obsesionándome durante años y que cambiaría por completo mi vida’, confiesa Simenon en el quinto capítulo de sus ‘Memorias íntimas’ (Memoires intimes, 1981). Simenon odiaba a Maigret pese a que se lo había dado todo, seguridad económica, prestigio social, fama literaria y libertad para hacer otras cosas. Atado a Maigret por el mercado, no por deseo propio, levantó un monumento literario sin pretenderlo. Paradójicamente, fue el éxito de Maigret lo que le permitió, digamos, sentirse él, sentirse dueño de sí mismo, pero hasta los setenta años cumplidos nunca pudo, supo ni quiso abandonarlo del todo.
Una suerte para nosotros.
Reclamado sin descanso por editores y lectores del mundo entero, convivió con su odiada criatura cuarenta años, desde los años treinta a los primeros setenta, toda su vida, mientras en aquellas novelitas ‘alimenticias’ con las que pagaba las facturas iba dejando retazos de alma muy personales. Vivos. Verdaderos. Con toda probabilidad, sin querer, sin darse cuenta, incluso. Y con toda seguridad, por la urgencia con la que escribía. Sí. La escritura brutal, automática, interminable, a la que estaba acostumbrado desde joven -‘a las seis de la mañana en punto yo me sentaba ante la máquina de escribir para llenar mis ochenta páginas diarias’ – le forzaría -digo yo- a sacar percepciones, reacciones y sentimientos auténticos de algún sitio. Y el depósito que tenía más a mano era él. Dicho de otro modo: la curiosidad y el ‘voyeurismo’ que distinguen a Maigret, asi como su racismo de primera hora y la ‘aurea mediocritas’ de petit bourgeois a la que aspira, serían los de Georges Simenon, su padre putativo. Cuando Jules Maigret deja resbalar su pensamiento cuesta abajo y se hace reflexiones genéricas sobre los aspectos más diversos de la vida -desde los ‘cabaretes’ hasta las mañanas de domingo- es Simenon el que reflexiona.
Yo aventuro la posibilidad de que sea la ausencia de pretensión literaria, unida a la sabiduría técnica y humana de su autor, lo que nos ha entregado ese personaje para la eternidad, verdadero y deliciosamente humano, que duda, que sufre, que tiene hambre y sed, que disfruta en los ‘bistrots’ y paseando las aceras de París (y que bebe en un día lo que es físicamente imposible beber sin caer tumbado y morir en poco tiempo), un personaje mirón, obcecado y ‘fieramente humano’ que es el secreto del éxito de la serie.
Si Maigret sólo fuera un policía alcohólico -que lo es- y no un delicado fisgón, sus lectores (más que lectores, fanáticos apasionados) nunca habríamos reparado en él. Porque lo que vive en las historias de Maigret no son la intriga, la resolución final del enigma ni la violencia sino el macizo puesto de vigía que constituye el externamente apacible Maigret, sólido punto de observación que se desplaza a través del mundo y cuya mirada atraviesa la apariencia.
Maigret no piensa. Maigret no cree nada. Maigret no especula ni hace suposiciones. Maigret tampoco tiene teorías. Maigret sólo mira y observa atentamente todo, tenga que ver -o no- con el delito que se trae entre manos. Es un mirón compulsivo que no pierde detalle de lo que pasa. Y lo hace sin esperar nada. Sin presuponer nada. Él, el mismísimo jefe de la brigada judicial, se distrae con el vendedor de helados que cruza cuarenta metros más allá del lugar del crimen, se interesa por las gabarras que surcan el Sena, por la frecuencia con que lo hace determinado tipo de gabarra o por el color de los perros callejeros que suelen merodear por la zona. ¿Por qué? ¿Qué espera conseguir con eso? La respuesta es ‘nada’. Lo hace porque sí. O, bueno, tal vez porque el mundo parece estar bien y, en realidad, no lo está, ya que ha habido un crimen. Y Jules Maigret sabe que eso, antes o después, se tiene que notar
Y se nota: él lo nota.
A base de examinar la superficie limpia y pulida de las cosas que se ven, Maigret acaba descubriendo siempre un grano casi imperceptible en un rincón sombreado y poco visible de la realidad. Y tambien que alguien se pone absurdamente nervioso al saber que él, Maigret, el comisario jefe de la policía judicial, ha visto ese grano casi imperceptible.
Maigret, la creación literaria más extensa de Simenon (y la menos apreciada por él) es un voyeur, dos pupilas coronando un corpachón que no es más que el medio de transporte de un universo en ebullición: las emociones, aspiraciones y frustraciones del ciudadano Jules Maigret, que se limitan a una casita en el campo, al calor del hogar y a la amargura provocada por sus rotos estudios de medicina. Si Jules Maigret fuera persona y no personaje sería un “petit bourgeois” francés, un “middle-middle class”, clase media muy media, un funcionario, un policía alcohólico que en el curso de los interrogatorios suelta alguna que otra torta. Pero esta cualificación social del ciudadano Jules Maigret es una obviedad que no vale para dibujar al personaje Maigret. La persona real que sería Jules Maigret no interesa nada a los lectores del comisario Maigret. Sí: no son su cualificación social o profesional lo que lo ha hecho universal, sino otra más fina: la de observador agudo, perseverante e inteligente. Su capacidad para comprender sin la limitación de los estereotipos. Y es que Maigret está por encima de su condición de funcionario, de la de miembro de la clase media y de la de policía. Quedarse en eso sería lo mismo que dejar a don Quijote en hidalgo chiflado.
Maigret es el auténtico y verdadero hombre con rayos X en los ojos. En su deambular se alimenta esporádicamente con cerveza, bocadillos de bar y tragos de calvados que apura con las antenas siempre desplegadas, atento inconscientemente a cuanto sucede y sin dejar en ningún momento de recibir los estímulos que le envía el entorno y que sólo él es capaz de percibir. Mucho más que observador pasivo, es un mirón activo que sabe ver más allá de lo que nosotros vemos.
Más, incluso, que sus propios críticos.
Georges Simenon, un escritor, en palabras de García Márquez, con ‘ la misma cara de belga desconocido que él le había puesto a Maigret’.